En 1945, Karl Popper, tras la tragedia de la Segunda Guerra Mundial señaló dos cuestiones que nunca han perdido su vigencia, pero que ahora cobran −si cabe− más relevancia:
“Si queremos que nuestra civilización sobreviva, debemos romper con el hábito de reverenciar a los grandes hombres. Los grandes hombres pueden cometer grandes errores… algunos de los más grandes líderes del pasado apoyaron el ataque perenne a la libertad y la razón”.
“La pregunta no es quién debe gobernar, sino cómo podemos organizar las instituciones políticas de tal manera que los gobernantes malos o incompetentes no puedan causar demasiado daño”.
Distintas instituciones realizan periódicamente estudios sobre el estado de la democracia en el mundo. En ellos, suele existir un apartado donde se establece un ranking de cómo está la democracia por países y regiones, en relación con parámetros que tienen que ver con las libertades, los derechos humanos, la igualdad, la corrupción, el funcionamiento de sus instituciones y la participación de los ciudadanos, entre otros.
A pesar del desgaste que supone la estrategia de crispación y polarización que las derechas políticas, económicas, mediáticas y judiciales practican desde el año 2018, para tumbar al gobierno de España y volver al poder, podemos decir con orgullo, porque es una construcción colectiva, que España se encuentra entre las democracias más avanzadas del mundo, en un momento donde la democracia corre más peligro que nunca frente a una ola reaccionaria que avanza a nivel planetario.
Según el Índice de democracia 2024, que realiza The Economist (Economist Intelligence Unit), España está entre las 25 democracias plenas del mundo, con una puntuación global de 8,13, lo que significa una mejora en comparación con el año 2023, y subir dos puestos en el ranking.
Para que se observe mejor, España está por delante de países como Portugal y Grecia, también consideradas democracias plenas. Pero también de Francia, Estados Unidos, Bélgica, Italia, Polonia e Israel, entre otros muchos, y que tienen la calificación de democracias defectuosas.
Por tanto, acusar al gobierno de España de “deriva autoritaria” como hace Feijoo; o decir que estamos ante el Ejecutivo “más autoritario” de la historia de la democracia, como afirma Ayuso, es un despropósito que no viene bien a la convivencia. Y que además no es real. Es mentira.
Que España esté considerada como una democracia plena, lejos de llevarnos a la autocomplacencia, tiene que servir para mejorar y profundizar nuestra democracia en todos los ámbitos de la vida de los ciudadanos y de las instituciones. Porque la democracia es un camino de libertad e igualdad que hay que recorrer constantemente. Y en España, hay cuestiones relacionadas con la convivencia, la crispación y la desigualdad que es urgente corregir, recuperando el diálogo y el acuerdo.
Vivimos en una de las mejores democracias del mundo. Algo que hay que valorar y conservar en un escenario global donde hay una tendencia general de retroceso y estancamiento de la democracia. Un deterioro y malestar democrático que cuando se produce tiene dos caminos: o se amplían los espacios de la democracia, o la democracia puede llegar al colapso por su inacción.
El Índice de democracia 2024, que realiza The Economist (Economist Intelligence Unit) ofrece una imagen del estado de la democracia en 167 estados independientes y dos territorios, que cubre a casi toda la población del mundo y la gran mayoría de los estados del mundo incluidos los microestados.
Calificado en una escala de 0 a 10, se basa en cinco categorías: proceso electoral y pluralismo, funcionamiento de gobierno, participación política, cultura política y libertades civiles. Según sus puntuaciones en un rango de indicadores dentro de estas categorías, cada país se clasifica como uno de cuatro tipos de régimen: “democracia plena”, “democracia defectuosa”, “régimen híbrido” o “régimen autoritario”.
Por países, 71 de los 167 países y territorios son democracias de algún tipo, es decir, el 42,5 por ciento del total, tres países menos que en 2023 y un 1,8 por ciento menos de población mundial.
Las denominadas “democracias plenas” (aquellas con una puntuación superior a 8 de 10) llegaron a 25 en 2024, una más que en 2023, lo que supone el 15 por ciento de países analizados y un 0,6 por ciento más que en 2023. El número de “democracias defectuosas” bajó a 46 en 2024 desde las 50 en 2023.
De los 96 países restantes en el índice, 36, dos más que en 2023, están clasificados como “regímenes híbridos”, que combinan elementos de democracia formal y autoritarismo, y 60, una más que en 2023, están clasificados como “regímenes autoritarios”.
Por población, en el año 2024, un 45 por ciento de la población mundial, vive en una democracia de algún tipo, cuando en el año 2020 era el 49,1 por ciento. Y los que viven en una democracia plena han pasado del 8,4 por ciento en el año 2020, al 6,6 por ciento en 2024.
También es significativo el aumento del número de personas que viven bajo un gobierno autoritario. Si en 2020, el porcentaje era del 35,6 por ciento, en el año 2024 se sitúa en el 39,2 por ciento. Lo que significa que cuatro de cada diez personas en el mundo viven en regímenes autoritarios.
La democracia es muy frágil y todos tenemos el deber protegerla y ampliarla, porque está retrocediendo en el mundo. El descontento, la desconfianza y la frustración con la democracia, con sus instituciones y sus gobiernos está provocando que un número cada vez más importante de ciudadanos no se sientan representados, y den su apoyo de manera cada vez más significativa a lideres y partidos populistas que pretenden acabar con la democracia desde dentro adoptando políticas no democráticas.
Las estrategias de crispación que se desarrollan en muchos países, incluido el nuestro, por parte de las derechas, tiene que reconducirse hacia el diálogo y el acuerdo. Hacia una agenda política que trate de dar respuestas a las incertidumbres que tienen amplias capas de la población.
Hay que superar la polarización, la crispación, la falta de impulso, porque el mero hecho de contar con instituciones democráticas ya no es suficiente para que perdure la democracia. Se necesita desarrollar la democracia en más espacios de nuestras sociedades para que pueda sobrevivir e incrementar la equidad. Y aquí, el derecho a una información veraz es fundamental para que los ciudadanos puedan decidir en libertad. De no existir o ir mermando como ocurre ahora es y será una de las mayores amenazas de la democracia.
Pero estamos a tiempo a nivel global y también en España, porque hay base para el diálogo y el acuerdo. Base para desterrar una confrontación artificial para llegar al poder, que puede destrozar la democracia y destrozarnos a todos.
Esa base, que hay que conservar y ampliar, es que vivimos en una de las mejores democracias del mundo, como señala el Índice de democracia 2024, al situar un año más a España entre las democracias plenas del planeta, gracias sobre todo a la calidad del sistema electoral, el nivel de pluralismo y el ejercicio de las libertades civiles.
Es decir, los españoles vivimos en uno de los 25 países con democracias plenas. Un hecho, que solo pueden disfrutar el 6,6 por ciento de la población mundial, y un 15 por ciento de países.
España ha logrado una puntuación media de 8,13. Con un 9,58 de nota para el sistema electoral y el pluralismo democrático; un 8,82, en la calidad de las libertades civiles; un 7,50 en cultura política y funcionamiento del gobierno; y la peor nota con un 7,22 en participación política.
Juntos tenemos que mejorar nuestra democracia y nuestro bienestar colectivo, para construir una España mejor, donde no quepan ni la crispación ni la polarización extrema para llegar al poder a cualquier precio.
La democracia es muy frágil y todos tenemos el deber protegerla y ampliarla.


