Este 20 de noviembre se cumplen cincuenta años de la muerte de dictador Francisco Franco. Ese día, Televisión Española daba la noticia con un mensaje pronunciado por el presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, con las siguientes palabras: “Españoles… Franco ha muerto”. Aquel mensaje no solo estaba informando de la muerte, sino que encuadraba el acontecimiento dentro de un mensaje continuista de la dictadura, con Juan Carlos I como sucesor.

La carga afectiva del mensaje, reforzada por la visible emotividad de Arias Navarro, contribuyó a fijar en el imaginario popular una de las imágenes más duraderas y significativas del final del franquismo, transformando la intervención televisiva en un auténtico hito audiovisual de transición simbólica.

La muerte del dictador supuso un acontecimiento de enorme carga simbólica y emocional. Durante casi cuatro décadas, el régimen franquista había articulado una narrativa de poder sustentada en la centralidad carismática del líder, en la identificación del Estado con su figura y en la legitimación del orden dictatorial.

Así, su muerte suponía el fin del eje personal de liderazgo sobre el que se sostenía la dictadura. Para una parte de la población, la desaparición de Franco fue percibida como una pérdida simbólica, asociada al temor frente a la incertidumbre y al desmoronamiento del régimen.

Sin embargo, para amplios sectores sociales, especialmente los más jóvenes y urbanos, y las clases medias emergentes, su desaparición fue percibida como el fin de una etapa caracterizada por la represión y la falta de libertades, y la apertura de un horizonte marcado por la expectativa de democratización y modernización institucional.

Esta coexistencia de emociones opuestas, nostalgia y esperanza, temor y entusiasmo, revela la dualidad emocional y política que caracterizó a la sociedad española en el umbral de la Transición.

La incertidumbre era evidente, por lo que desde el Instituto de la Opinión Pública (IOP), el día 21 de noviembre se realizó la encuesta 1800: “Fallecimiento de su excelencia el jefe del Estado Francisco Franco”. Una encuesta que constituye un documento de notable valor histórico y analítico, que fue realizada en Madrid, Barcelona y Sevilla, con una muestra total de 1.249 personas, pertenecientes a ambos sexos y mayores de 15 años.

Dicho estudio, cuyos resultados no fueron difundidos públicamente, incluía únicamente tres preguntas. En concreto, se preguntaba cómo se enteró el encuestado de la noticia del fallecimiento de Franco, qué sentimientos le había generado dicha información y cuál era su valoración sobre el futuro político del país.

Pese a su brevedad, permite comprender las primeras reacciones sociales ante el final de la dictadura y las expectativas iniciales respecto a la inminente transición institucional.

La primera de las preguntas sondeaba sobre cómo se habían enterado los españoles sobre la muerte de Franco: por la televisión; la radio; los periódicos; a través de algún familiar, amigo, vecino o en la calle; es la primera noticia que tiene; y otros.

La radio fue el medio de comunicación social principal a través del cual se enteró la mayoría de los españoles. Concretamente, el 55,4 por ciento de la población. A través de la Televisión, el 5,44 por ciento. En tercer lugar, por la prensa, un 5,28 por ciento. Todos estos medios controlados por la dictadura transmitieron un mensaje de continuidad institucional y de preservación del orden establecido con el anuncio de la proclamación de Juan Carlos I.

Al margen de los medios de comunicación social, resulta especialmente significativo que, tras la radio, la forma más común de enterarse de la muerte de Franco fue a través de algún familiar, amigo, vecino o en la calle, con un porcentaje del 32,19 por ciento. Lo que pone de manifiesto la importancia que en el año 1975 tenían las redes interpersonales a la hora de trasladar información.

La segunda pregunta abordaba el plano emocional de la muerte del dictador Franco de forma explícita: ¿Qué sentimiento le produjo a usted esta noticia?:Ninguno en particular; le pareció normal por la edad; sintió algo parecido a la muerte de un ser querido; sintió miedo ante el futuro; y otros.

Antes de hablar de los resultados es importante destacar que existió una versión original de la encuesta, que fue modificada antes de realizar la misma. El cambio afectó a la tercera opción de respuesta de esta segunda pregunta. Concretamente, en su redacción original la opción decía: “Sintió algo parecido a la muerte de un padre.” Y posteriormente, el IOP sustituyó dicha formulación por “ser querido”, quedando redactada de la siguiente forma: “Sintió algo parecido a la muerte de un ser querido”.

Esta modificación, no fue meramente terminológica, ya que se puede afirmar que tenía un significado político y simbólico, ya que, durante casi cuarenta años, la propaganda del régimen franquista había construido una mitología política en torno a la figura del Caudillo, presentándolo como el “Padre de la Patria” o el “Salvador de España”.

Los resultados de la encuesta revelan una configuración emocional altamente estructurada en torno a dos polos interpretativos que concentran, en conjunto, el 84 por ciento de las respuestas. El primero, corresponde a la categoría asociada al duelo personal (“sintió algo parecido a la muerte de un ser querido”) que fue la respuesta del 49 por ciento de los encuestados. El segundo polo está constituido por la categoría de normalización biográfica (“le pareció normal, por la edad”) que fue la respuesta dada por el 35 por ciento.

Las categorías restantes: “ninguno en particular”, “sintió miedo al futuro” y “otros” agruparon un 5 por ciento de las opiniones cada una de ellas.  Estos datos muestran que en ese momento existe bajo temor ante el futuro en la opinión declarada, ya sea por confianza en la previsión institucional con un sucesor designado, por considerar la situación estable al menos en su dimensión superficial o por autocensura ante el temor a expresar lo que verdaderamente se piensa.

La tercera pregunta si creen que las Leyes Fundamentales, y demás normas constitucionales harán posible el tránsito al futuro, con tres alternativas: sin preocupaciones; con las reformas que el tiempo y las circunstancias aconsejen; no sabe dónde iremos y un cajón de otras y N.S./N.C., que no aparecía en el cuestionario. Esta pregunta reflejaba el dilema entre continuidad, reforma o ruptura.

La categoría de incertidumbre (“no sabe dónde iremos”) concentra un 32 por ciento. La opción “sin preocupaciones” agrupa un 31 por ciento. En tercer lugar, la disposición a aceptar “las reformas que el tiempo y las circunstancias aconsejen” alcanza un 26 por ciento. Por último, “otras” alcanza un 11 por ciento y “N.S./N.C.” un 1 por ciento.

Si se consideran conjuntamente las dos posiciones más afines al marco legal del franquismo, “sin preocupaciones” y “con las reformas que el tiempo y las circunstancias aconsejen “, se obtiene un 57 por ciento de respaldo declarativo a la continuidad del orden normativo. Sin embargo, esta mayoría convive con un volumen significativo de división estructural respecto al marco legal del que se había dotado el franquismo. Si se agregan las categorías “no sabe dónde iremos”, “otras” y “N.S./N.C.”, el porcentaje alcanza al 44 por ciento, lo que indica un espacio amplio de indecisión, ambigüedad o reticencia expresiva.

En conjunto, la distribución de respuestas revela un paisaje político-emocional complejo, caracterizado por la coexistencia de una adhesión al marco franquista, una disposición moderada al cambio controlado y una incertidumbre profunda sobre el rumbo político del país. Este patrón muestra el agotamiento del orden autoritario y, al mismo tiempo, las tensiones latentes que configuraron las condiciones iniciales de la transición democrática.

La encuesta realizada por el Instituto de la Opinión Pública (IOP), el 21 de noviembre de 1975, constituye un documento histórico relevante para comprender la dimensión emocional y simbólica del final del franquismo. Su valor excede la mera recopilación de actitudes inmediatas ante la muerte del dictador, al permitir captar la reconfiguración de los marcos interpretativos mediante los cuales la sociedad española comenzaba a distanciarse del imaginario político que había sustentado la dictadura durante casi cuatro décadas.

Cincuenta años después, España es una de las 25 democracias plenas del mundo. Existe un consenso mayoritario, donde el 79,2 por ciento de los españoles prefieren la democracia como sistema político. Pero hay una zona de ambigüedad y nostalgia autoritaria, minoritaria pero significativa, un 8,6 por ciento en algunos casos prefiere un régimen autoritario como una dictadura, y un 9,9 por ciento les da igual una democracia o una dictadura

Por todo ello, es necesario fortalecer las políticas públicas de memoria democrática y promover una educación cívica plural que fomente la reflexión crítica sobre el pasado dictatorial.