En el artículo anterior nos referíamos a cuatro grandes grupos de crisis/catástrofes potenciales que sobresalen en el horizonte cercano mundial, europeo y español:
- La pérdida de la democracia y vuelta a un autoritarismo racista, xenófobo y misógino que trataría a las personas como súbditos alienados por el control de la cultura, la información y comunicación por parte de las tecnológicas ligadas a sus principales propietarios (fondos y agentes financieros especulativos) sustentadores de una nueva oligarquía mundial. Trump, en EEUU, Milei en Argentina, los cambios en Chile, la consolidación de la extrema derecha en la UE, o los resultados de Extremadura son elementos representativos y resultado de esta preocupante dinámica que avanza elección a elección, aunque con resultados no siempre catastróficos (por ejemplo, New York) que señalan que hay posibilidad de resistencia y victoria.
- La militar, asociada a la industria y potenciales conflictos o accidentes nucleares. La industria de la guerra vuelve a ser una de las principales fuentes de acumulación capitalista mundial que debería obligar a un renacimiento popular radical de los movimientos por la paz y al imperio de la diplomacia. Habría que reivindicar y potenciar el papel de Naciones Unidas frente al imperialismo y preeminencia de la guerra como forma de dominio y de resolución de conflictos. Y parar todo acto que atente contra el imperio de las normas y tratados internacionales.
- La ligada a los efectos catastróficos de los fenómenos extremos derivados del calentamiento global. A lo que se une su incidencia sobre la insostenibilidad ambiental del planeta. Aspecto al que dedicamos este artículo.
- Una nueva crisis del proceso de acumulación capitalista financiero-especulativo que podría sobrepasar, con mucho, los efectos socioeconómicos de la del 2008, tema al que dedicaremos el próximo artículo.
Con respecto a los dos primeros riesgos, en el artículo anterior ya hacíamos referencia a los mismos. Señalábamos cómo el actual potencial de tratamiento de datos (minería de datos), ligado a unos “Big Data” con “firmas/huellas digitales”[1] de cada persona en poder de las principales empresas ligadas al complejo militar estadounidense y controladoras del comercio y de las redes sociales (Google/Alphabet, Amazón, Meta/Facebook, Apple, Microsoft, X, …), implican riesgos crecientes para la democracia y para posibilitar unas relaciones sociales libres ante la capacidad de control y supervisión de esas multinacionales y de los Estados que cuenten con su apoyo y colaboración. Capacidad de control, manipulación de la información y de alienación social que se está viendo incrementada muy sustancialmente con el dominio –por las mismas multinacionales- de la inteligencia artificial generativa, y, próximamente, de la computación cuántica, con una capacidad de tratamiento de datos, de manipulación cultural y de control personal y social asociado realmente alarmante, que les permitirán, y en gran medida permiten en la actualidad, de forma instantánea, controlar personas, políticas y crear o resolver conflictos de todo tipo.
En la actualidad las campañas en redes dirigidas por “bots”[2], las películas, series o publicaciones de distinto tipo están introduciendo la progresiva aceptación a comportamientos como que la censura masiva a cierto tipos de informaciones e ideas (supuesto comunismo, anti-judaísmo, terrorismo real o definido ad hoc, etc.) es necesaria; que la vigilancia constante por cámaras y huellas digitales almacenadas en Big Data es imprescindible para garantizar la seguridad; que las detenciones extrajudiciales, e incluso el asesinato con drones o bombardeo de lanchas o territorios específicos para combatir delitos demostrados –o supuestos- están justificados, incluso con posibles daños colaterales, vulnerando la presunción de inocencia y el derecho de toda persona a un juicio antes de la sentencia.
El problema es que lo que se considera la “izquierda” democrática poco a poco va entrando en la asunción parcial –e incluso total- de estas pautas culturales que están alejando al conjunto de la población de principios básicos como los Derechos Humanos, el humanismo occidental o los principios fundamentales de la creación y funcionamiento de las Naciones Unidas, desde los Objetivos de Desarrollo Sostenible al Derecho a la Paz.
Además, los efectos devastadores de las crisis financiero-especulativa de 2008 sobre el bienestar de la población, los efectos de la pandemia de 2020 y una globalización subordinada a los intereses de las multinacionales y del capital financiero-especulativo imperante desde finales del siglo XX han llevado a una incapacidad de los estados occidentales para resolver los problemas cotidianos de la población, satisfacer sus necesidades básicas de bienestar, o de cubrir las aspiraciones de una clase media cada vez más deteriorada. Todo lo cual, junto al dirigismo anterior, han coadyuvado a un ambiente político polarizado y manipulado que llevan a resultados desesperanzadores. La extrema derecha y la derecha aprovechan este malestar para enfrentar a la población con sus vecinos desiguales y para alimentar comportamientos xenófobos, misóginos y militaristas.
En el artículo de 9 de diciembre señalábamos, citando a Giulano da Empoli[3], que si la campaña y victoria electoral de Obama de 2008 se basó en el uso de internet como herramienta de comunicación política, informando a su través a los potenciales votantes, de las políticas defendidas por Obama, la campaña de 2012 fue la de internet como herramienta de “información dirigida”, logrando una estrecha victoria esencialmente técnica, en 2012, en la que a cada ciudadano dudoso se le “había vendido” la coincidencia de sus intereses, gustos y prioridades con los objetivos de Obama para su próximo mandato. Podemos decir que había sido una campaña y una victoria técnico-comercial dirigida.
Mostrábamos –y queremos reiterar por su relevancia en relación con lo anterior- el cambio radical en las pautas de poder y dominio entre sectores productivos registrado en lo que va de siglo, con una dinámica en la que la manufactura y la energía fósil, dominadoras en el pasado de la capitalización global, se han visto sustituidas de manera radical por las tecnológicas; que, a su vez, están absorbiendo y controlando las empresas asociadas a los medios de comunicación, unificando la información y el discurso público y cultural occidental a sus intereses. Lo que se acompaña de la dinámica de procesos financieros-especulativos asociados a los gestores de activos, constituidos como principales accionistas y soporte financiero de las grandes tecnológicas (caso de Vanguard o BlackRock, presentes en todas ellas), manufactureras y energéticas, que conducen a una espiral de inversión/capitalización/acumulación que preside la inestabilidad e incertidumbre que caracteriza a la sociedad global actual, a la que nos referiremos en el próximo artículo.
No obstante, como allí señalaremos, ese paulatino proceso de pérdida de poder de las multinacionales de las energías fósiles y de la manufactura tradicional se está viendo frenado con el claro apoyo de un Donald Trump que está haciendo de nexo conciliador de los intereses de la oligarquía mundial entre las multinacionales de la energía y manufactura tradicionales y las ligadas a las nuevas tecnologías, consolidando un proceso de acumulación que solo encuentra en su camino productivo-especulativo lo que puede ser una nueva crisis global (punto 4º anterior).
Con respecto al apartado de la militarización, uso de la guerra y de la violencia como mecanismo de dominación, queda claro que esta dinámica, presente siempre en nuestra sociedad capitalista/imperialista, se ha visto reimpulsada con la llegada a la Presidencia de EEUU de un Donald Trump dispuesto a sacrificar los estatus y regulaciones globales en aras de un programa que impone la diplomacia del poder militar y de la fuerza bélica como mecanismo de relación internacional. Todo ello, en beneficio de su industria militar y del control y papel de las tecnológicas estadounidenses en las misma. Y con el inevitable decremento de otros gastos en bienes y servicios públicos, favoreciendo un involucionismo antidemocrático, tanto en EEUU como en la UE.
Obviamente, las guerras tienen una capacidad de deterioro de la naturaleza y de la salud y bienestar de las personas que podría adquirir características apocalípticas en el caso de escalar a conflicto nuclear. Pero sin llegar a estos extremos colabora de forma eficiente a los procesos presentes de deterioro de los ecosistemas y de la propia naturaleza, con riesgos acumulados para el bienestar de las personas y del propio planeta.
¿Hasta dónde es compatible el deterioro de la naturaleza con el bienestar de la población?
Desde octubre en esta Sección de Políticas de la Tierra hemos ido publicando una serie de artículos, desde el 5 de octubre al 23 de noviembre, que consideraban, respectivamente, el progresivo deterioro de la seguridad ante las catástrofes derivadas del calentamiento global, la pérdida de sostenibilidad ambiental en la UE y en España, con una Transición Ecológica Justa en cuestión, y el fracaso de la COP30, de Brasil, para lograr frenar el proceso de calentamiento global.
La conclusión general de estos documentos no era optimista desde el punto de vista de la sostenibilidad ambiental. Llevaba a un resultado decepcionante y a un futuro preocupante. En el caso de la COP30, de cambio climático, nos encontrábamos con un documento final centrado en propuestas que habrá que desarrollar en el futuro, y con consideraciones formales y generales de escasa capacidad de avance en los objetivos que hasta ahora habían venido siendo su razón de ser, desde la Agenda de París de 2015. Aunque se mantienen elementos que muestran la posibilidad y necesidad de acuerdos multilaterales, el casi imposible agrupamiento mundial para frenar la dinámica y el chantaje a la contra de EEUU, bajo la presidencia de Donald Trump, y sus crecientes aliados autoritarios dependientes, hace muy difícil contemplar positivamente el avance hacia el logro de los objetivos de la Agenda de París. Sin olvidar que el clima de desestabilización global comentado en el epígrafe anterior, el ascenso de la ultraderecha -y su arrastre sobre la derecha- están llevando, incluso en la UE, al revisionismo en los objetivos y regulaciones ligadas a materias ambientales y no solo a la lucha contra el calentamiento global.
La consecuencia es que es inevitable la continuación del calentamiento global que la ONU ahora situaría -si se cumplen los NDC presentados antes de la COP30- en una media de 2,5ºC para fin de siglo, pero con una altísima variabilidad en su margen de incertidumbre que hace que no sea descartable que ese calentamiento medio, ya para el año 2030, pueda situarse por encima de los 2ºC para países como España. De hecho, la ausencia de mayores compromisos en las políticas reales mundiales y, en particular, el nefasto ejemplo de EEUU, que es el máximo responsable histórico de la actual concentración de gases de efecto invernadero (GEI) en la atmósfera, da como resultado que las previsiones sobre el incremento medio del calentamiento no puedan ser optimistas.
En ese sentido, es oportuno tener en cuenta los nuevos análisis de la situación mundial, tendencias y propuestas proporcionados por el informe GEO-7[4], presentado a la VII Asamblea de la ONU para el Medio Ambiente (UNEA-7), celebrada en diciembre de este año 2025, en Nairobi, cuya función es la toma de decisiones consensuadas por parte de los 193 estados integrados en su seno, en materias ambientales.
El GEO7, tal y como apreciamos en la Figura siguiente, parte del análisis tradicional de las interrelaciones entre los factores (drivers: demografía, gobernanza, shocks, formas de vida, urbanización, desarrollo económico y tecnología y desarrollo) que inciden, a través de la demanda de materiales, energía y alimentos, en la generación de presiones derivadas de la emisión de gases de efecto invernadero (GEI), incremento de la contaminación, cambios en los usos del suelo, explotación por uso de los recursos disponibles, e introducción de especies exóticas invasoras. Presiones que abocan a la actual crisis ambiental global, caracterizada por el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la degradación del suelo, la contaminación y la generación de basuras.
El Informe GEO-7 se estructura en una primera consideración del estado y tendencias ambientales concretas en materia de aire, tierra y suelos, océanos y costas, y agua, considerando las interrelaciones señaladas en la Figura anterior desde la perspectiva de la interrelación de la crisis ambiental con las dimensiones socioeconómicas del desarrollo sostenible y su incidencia diferencial por regiones y subregiones del planeta.
Como elementos relevantes de los factores más significativos que se pueden considerar en el análisis cabría señalar, en primer lugar, la dinámica de consumo de recursos naturales producida entre los años 2000 y 2023, donde la dinámica poblacional y las transformaciones socioeconómicas que configuran cada gran región del planeta explican las distintas tasas registradas, destacando, en el caso de Europa y Norteamérica el descenso en el consumo de combustibles fósiles en el período. Pese a lo cual, la tasa global de materiales se sitúa entre el 3% y el 11% de media anual, según regiones, lo que explica la fuerte presión que, año a año, se va generando sobre el planeta, destacando, en particular, las fuertes tasas que inciden sobre minerales y madera.

En este marco, una de las primeras conclusiones del GEO-7 es que el cambio climático, la pérdida de especies, la desertificación y la contaminación ambiental provocan alrededor de nueve millones de muertes prematuras cada año y generan pérdidas económicas equivalentes a más del 6% del PIB mundial. Entre el 20% y el 40% de las tierras cultivables están degradadas, afectando a más de 3.000 millones de personas, y un millón de especies -de los ocho millones estimadas- ya están amenazadas de extinción.
Como es conclusión reiterada de todos los análisis ambientales que se realizan, el calentamiento global asociado a las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), es uno de los factores considerados en el análisis del GEO-7, registrando la evolución contrastable de las emisiones sectoriales de dichos gases y la evolución de las emisiones per cápita de los mismos entre 1970 y 2023.
Las conclusiones, sobre uno de los factores cuyo riesgo de incidencia socioeconómica negativa es más grave, corroboran los de análisis ya recogidos en esta sección: la generación eléctrica con combustibles fósiles es la mayor contribuyente a la generación de GEI y, por lo tanto, al calentamiento global y sus efectos. Los procesos industriales son el segundo capítulo, aunque han estabilizado, relativamente, su volumen de emisiones desde la2012, siendo la generación de basuras la fuente más significativa en volumen y en crecimiento del conjunto.
Pero, en todo caso, destacan la interrelación de factores, presiones y efectos ambientales, haciendo referencia a la complejidad de esas interrelaciones y a la existencia de retroalimentaciones entre los distintos elementos, destacando, en particular, la potencial incidencia de “tipping points”[5], a los que nos hemos referido reiteradamente en esa Sección por su potencial incidencia catastrófica en el devenir del calentamiento global.
El GEO-7 recoge que los últimos datos parecen mostrar que algunos de estos “puntos de inflexión” pueden alcanzarse más pronto de lo considerado, con efectos, en algunos casos no conocidos exactamente en lo que atañe a la potencial catástrofe asociada, pero, en todo caso, no beneficiosos para el bienestar social ni para el equilibrio del planeta.
La Figura siguiente recoge el Cuadro que incorpora el GEO-7, donde se señala el incremento medio de temperatura registrado respecto a la temperatura media acumulada de los últimos decenios en relación a la temperatura media global entre 1850 y 1900, que se sitúa en 1,3ºC, si bien en los últimos años ya se han sobrepasado los 1,5ºC de media. En segundo lugar, se recoge el incremento de temperatura objetivo de la Agenda de París (1,5-2ºC) y el alcanzable con los Compromisos (NDCs) presentados a la COP30 por los distintos países si se cumplen (2,4ºC) o se siguen las tendencias actuales (3,9ºC).
Para cada uno de estos horizontes se señalan los “puntos de inflexión” ya en riesgo de sobrepasarse, los que se sobrepasarían con el incremento de temperatura asociado a la Agenda de París, y los correspondientes a el incremento entre 2,4 y3,9ªC.
No vamos a reiterar las gravísimas consecuencias que pueden derivarse de la superación de estos “puntos de inflexión”, que ya hemos comentado en otros artículos de esta Sección y pueden leerse en las señaladas páginas de este GEO-7, si bien sí conviene destacar la excesiva tranquilidad de los Gobiernos ante estos riesgos respecto a los que, por otra parte, su capacidad de actuación, junto en la colaboración a reducir en la mayor medida posible las emisiones de GEI globales, queda limitada a la puesta en marcha de políticas de adaptación y resiliencia frente a potenciales catástrofes.
Y, en ese sentido, cabe destacar la importancia que el GEO-7 señala para políticas de resiliencia de las infraestructuras críticas para el desarrollo socioeconómico y el bienestar de la población frente a fenómenos climáticos extremos, tal y como se aprecia en la Figura siguiente.
Reflexiones finales
El GEO-7 recoge los indudables avances que se están produciendo en materia medioambiental, desde acuerdos globales sobre cambio climático, naturaleza, tierras y biodiversidad, hasta cambios en el mundo real como la eliminación de casi todas las sustancias que agotan la capa de ozono, la expansión de áreas protegidas, la mejora en la calidad del aire en algunas regiones, la creciente industria de energías renovables, o la eliminación progresiva de algunos químicos tóxicos.
Sin embargo, estos logros son insuficientes frente a la magnitud de la crisis ambiental, ya que, la dinámica del modelo actual de desarrollo de una sociedad de consumo capitalista, aumenta tanto el calentamiento global y el cambio climático asociado, como los factores interrelacionados con el mismo: incremento del consumo de recursos naturales por encima de su capacidad de regeneración; incremento del volumen de desperdicios contaminantes; o degradación de la biodiversidad y de los ecosistemas que sirven de soporte a las necesidades de la población. Todo lo cual, según el GEO-7, podría reducir el PIB mundial hasta en un 20% a finales de siglo. De hecho, estima que mantener el rumbo actual en el calentamiento global podría reducir el PIB mundial anual en un 4 % para 2050, incrementaría sensiblemente la mortalidad y aumentaría la migración forzada desde las regiones y países más desfavorecidos. La contaminación causaría cuatro millones de muertes prematuras al año y el incremento de residuos sólidos, que ya superan los 2.000 millones de toneladas anuales, se duplicaría y transformaría el planeta en un «vertedero tóxico».
Por otro lado, la dinámica actual en las tendencias señaladas implica negras perspectivas para muchos países en desarrollo que –aunque no son los únicos- están soportando las graves consecuencias de sequías, monzones, huracanes o incendios cada vez más relacionados en su intensidad y frecuencia con el calentamiento registrado. Países que reclaman ayudas para la descarbonización y la adaptación a las consecuencias de este calentamiento global, atendiendo a cuál ha sido la historia y situación de las emisiones de GEI, en las que su participación ha sido mínima, pero de las que se derivan sus consecuencias.
Las rutas para transformar la dinámica catastrófica que se prevé de no tomar decisiones radicales se recogen en los capítulos 14 a 18[6] del GEO-7, que afectan, respectivamente, a la transformación necesaria en los sistemas económicos y financieros, a las transformaciones hacia la circularidad, a las transformaciones en el sistema energético, a las transformaciones en el sistema alimentario y a las transformaciones para conseguir un medio ambiente sostenible y resiliente.
El GEO-7 muestra cómo proteger el medio ambiente puede y debe considerarse una inversión estratégica, que debe ser urgente y coordinada, involucrando a gobiernos, empresas y ciudadanía, para lograr su eficiencia. Eficiencia que implica adoptar un enfoque de transformación de sistemas, que abarque la economía y las finanzas, los materiales y residuos, la energía, la alimentación y el medio ambiente.
En este marco, la séptima sesión de la Asamblea de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente (UNEA-7) adoptó 11 resoluciones, tres decisiones y una Declaración Ministerial orientadas a impulsar soluciones para lograr un planeta más resiliente, incidiendo sobre cuestiones como la sostenibilidad medioambiental de la inteligencia artificial, el fortalecimiento de la gestión global de incendios, la preservación de los glaciares, o la respuesta mundial a la afluencia masiva de floraciones de algas sargazo.
Se consideran, así, las dos estrategias que define el GEO-7: cambios de comportamiento para reducir el consumo material; y apoyo al desarrollo tecnológico y al consumo eficiente. Con una inversión global anual de 8 billones hasta 2050 estima que puede transformarse la economía global para lograr emisiones netas cero y proteger la biodiversidad. Y ello, con soluciones que enfoquen problemas/desafíos que van desde la gestión del agua y la resiliencia climática hasta la minería, los metales y la preocupante huella ecológica de la inteligencia artificial generativa, para la que se esperan potenciales beneficios, pero cuya incidencia sobre la demanda energética e hídrica es muy significativa.
Como conclusión fundamental del GEO-7 cabría señalar la de que es posible reducir las tendencias de degradación ambiental presentes, pero su eliminación o reversión están muy lejos de ser factibles en el actual sistema global de relaciones productivas y sociales. No obstante, muestra que materializar las acciones e inversiones que recogen en clima, ecosistemas y aire limpio podría implicar beneficios macroeconómicos globales que estiman en unos 20 billones de dólares anuales, para 2070, y ganancias de unos 100 billones para final de siglo. Adicionalmente a conseguir sacar a casi 200 millones de personas de la hambruna y a más de 100 millones de personas de los niveles que definen la pobreza extrema. Mientras que la inacción climática y ambiental nos acerca peligrosamente a un escenario de colapso ecológico, social y económico.
Hasta ahora la crisis ambiental avanza más rápido que la capacidad de respuesta de los gobiernos, conduciendo a un escenario preocupante, con cambios irreversibles en los sistemas naturales y en las condiciones de vida de una parte muy sustancial de la población mundial y en tensiones difícilmente abordables para el conjunto de los países y del planeta. Las resoluciones de la Asamblea, que integra a los 193 Estados miembros de la ONU, se consideran un primer paso significativo en el camino hacia acuerdos ambientales globales y la formulación de políticas nacionales, pero no son legalmente vinculantes, con lo que su aplicación depende de la voluntad y políticas específicas de cada Gobierno. Lo que no hace muy positivo el futuro esperable ante la oposición de EEUU, su desmantelamiento de las políticas sobre cambio climático y ambientales, desde que Donald Trump asumió el poder, y el continuo goteo de Gobiernos que van cayendo en el ámbito de políticas condicionadas o influidas por este país.
La ciencia debería ser la base de la definición de estrategias y políticas que aseguren un desarrollo ambientalmente sostenible, socioeconómicamente cohesionado y territorialmente equilibrado. Pero, tras EEUU, se está generalizando la dinámica de reconsiderar y potenciar el papel de los combustibles fósiles, cuestionar la necesidad de políticas ambientales que protejan los ecosistemas y la salud de la población, o de colaborar en un desarrollo equilibrado, sustituyendo la solidaridad por la primacía de los intereses nacionalistas e individuales, de enriquecimiento personal. EEUU ha despedido a científicos de las agencias climáticas y meteorológicas y ha elaborado planes para reducir drásticamente la monitorización de los gases de efecto invernadero. Ha reducido a su mínima expresión las ayudas al desarrollo de las personas y países desfavorecidos, ha derogado los créditos fiscales para energías limpias y se está saltando todas las normas internacionales que afectan, o pueden afectar, a sus intereses particulares y específicos, incluyendo la utilización de la fuerza con objetivos imperialistas, de piratería o de subordinación a sus intereses a corto plazo.
Si no se logra revertir esta dinámica y su expansión a países condicionados e impulsados hacia posiciones autoritarias, nacionalistas y xenófobas, que consideran el medio ambiente como una “moda” irrelevante frente al crecimiento económico de los más favorecidos, el camino hacia un colapso de consecuencias impensables para la humanidad estaría a la vuelta de la esquina. Todavía es evitable. Pero ello no es compatible con las políticas de Trump y su creciente área de influencia.
[1] Ya en el artículo de esta Sección de 7 de septiembre de 2018 hacía referencia al concepto de “firma/huella digital”, señalando que la digitalización de la vida de las personas por el uso de los ordenadores, teléfonos móviles y de los Smartphones, permitía establecer su “huella digital”, que unida a la captación de información personalizada de las redes de sensores M2M (máquina a máquina, como las cámaras digitales que vigilan el territorio), a la proveniente de los sistemas y bancos de datos históricos, a la proveniente del uso de los servicios, y a las derivadas de usos empresariales y comerciales (tarjetas comerciales, compras por internet, clubs, etc.) proporciona a los Big Data una dimensión y variedad de información incorporada, de cada persona, nunca alcanzada anteriormente. Lo que lleva a una pérdida de privacidad personal y a una capacidad de control por empresas y autoridades que les permite rastrear la ubicación, comportamientos y relaciones sociales de sus usuarios en cualquier momento del tiempo.
[2] La definición de bot (abreviatura de robot) aportada por IAg es la de “un programa de software automatizado que ejecuta tareas repetitivas en Internet, imitando o reemplazando el comportamiento humano con mayor velocidad y precisión, sin necesidad de intervención humana constante; pueden ser beneficiosos (como los rastreadores de buscadores o asistentes de chat) o maliciosos (como los que se usan en ciberataques).
[3] Giulano da Empoli (2025) “La hora de los depredadores”, Seix Barral, Barcelona, 2025. Pág. 127 y ss
[4] UNEP (2025) “A future we choose” Global Environment Outlook Seventh edition-2025 (GEO-7) https://wedocs.unep.org/handle/20.500.11822/49014
[5] UNEP (2025). GEO-7 https://wedocs.unep.org/handle/20.500.11822/49014 Págs. 521 a 524.
[6] UNEP (2025) Op.cit. Pág. 695 a 947




