No corren buenos tiempos para los principales lĂderes polĂticos europeos. La crisis financiera, econĂłmica y social no sĂłlo ha consumido buena parte de la prosperidad europea. TambiĂŠn ha erosionado los principales fundamentos polĂticos. El equilibrio entre el centro derecha y centro izquierda, sobre el que ha pivotado la estabilidad europea, en mayor o menor grado segĂşn cada caso y circunstancia, estĂĄ seriamente en cuestiĂłn.
Uno de los sĂntomas mĂĄs evidentes es la quiebra del liderazgo. Puede decirse, sin exageraciĂłn, que ninguno de los lĂderes polĂticos de los principales paĂses europeos (con alguna notable y aislada excepciĂłn) disfruta de una posiciĂłn sĂłlida. Y, curiosamente, esta debilidad compartida no se debe fundamentalmente a la fortaleza de sus adversarios. El cuestionamiento surge con especial crudeza desde sus propias filas, de sus partidarios y, naturalmente, de sus propias bases sociales. E igual da que estos dirigentes se estĂŠn desgastando en el gobierno o que velen armas en la oposiciĂłn.
El caso mĂĄs reciente de exposiciĂłn pĂşblica de este fuego polĂtico amigo es el de premier britĂĄnico, David Cameron. Poco importa que el lĂder tory forzara una bochornosa concesiĂłn de sus colegas europeos en la reciente cumbre de Bruselas para echarle una mano en el embrollo de la permanencia britĂĄnica en la UE. Como era de esperar, las injustas decisiones polĂticas y sociales y las chapuzas jurĂdicas acordadas no han aplacado a la legiĂłn de polĂticos y activistas conservadores que defienden la salida del club. Las innecesarias concesiones de los 28 han sido convertidas en mofa despectiva por quienes atribuyen a Europa la causa de algunos de los males de las cuentas nacionales.
La hostilidad hacia el proyecto de unidad europea, y en particular sus manifestaciones polĂticas y sociales, constituyen un polo de atracciĂłn demagĂłgica en Gran BretaĂąa. El partido conservador, en sus distintas etapas de gobierno, ha domeĂąado ese sentimiento con desigual pericia, pero con escasa lealtad europea. Al euroescepticismo mĂĄs rancio se ha respondido con una europragmatismo muy interesado que, cuando no ha sido suficiente para aplacar la manĂa, se ha terminado convirtiendo en euroresignaciĂłn.
Cameron tiene que pastorear ahora unas huestes divididas. Algunos de sus amigos mĂĄs cercanos, como el Secretario de Justicia, Michael Gowe, no le han comprado su gambito europeo y harĂĄn campaĂąa por el NO. Los medios han destacado mucho el protagonismo contestatario del populista alcalde de Londres, Boris Johnson, perteneciente a esa constelaciĂłn de polĂticos tan en boga Ăşltimamente por sus originales perfomances. El premier cuenta con el apoyo de los poderes econĂłmicos fĂĄcticos (industriales, financieros), que no comparten esa ficciĂłn del daĂąo europeo. Pero no corren tiempos racionales en la polĂtica europea, y el tacticismo de Cameron puede tornarse en boomerang. El referĂŠndum no estĂĄ perdido, como proclaman los apocalĂpticos antieuropeos, pero tampoco ganado, como predicen sotto voce los optimistas o los cĂnicos.
De distinta naturaleza pero de similar intensidad son los apuros que padece el presidente francĂŠs. Hollande no se enfrenta sĂłlo a una oposiciĂłn dura (la derecha republicana) o irrespetuosa (los xenĂłfobos ultranacionalistas del FN). TambiĂŠn sufre fuego amigo, ganado a pulso, en todo caso. Un grupo de diputados de la bancada socialista, los denominados frondeurs, no terminan de aceptar los equĂvocos de la polĂtica socioeconĂłmica del Eliseo y de Matignon. La aficiĂłn francesa al juego de palabras (llamar rigor a lo que no deja de ser una polĂtica de austeridad) no ha funcionado en este caso.
Pero los problemas internos de la dupla Hollande-Valls se han agravado con la gestiĂłn de la amenaza terrorista. Las medidas excepcionales, las apelaciones a la guerra, el recorte de libertades en ciertas condiciones puede generar popularidad inmediata, por el miedo primario de la poblaciĂłn, pero son polĂticamente peligrosas e inconvenientes. La dimisiĂłn de la ministra Taubira, hace unas semanas, es el sĂntoma mĂĄs evidente pero no necesariamente el mĂĄs preocupante de la desafecciĂłn interna en el socialismo francĂŠs, un fenĂłmeno por lo demĂĄs en absoluto novedoso. Es dudoso que la figura de un presidente en armas devuelva a Hollande una credibilidad perdida, entre sus propios seguidores o votantes, en primer lugar. Y Valls, que niega ser un candidato tapado o en reserva, despierta una antipatĂa creciente aĂşn mayor.
Este desgaste desde dentro alcanza a quienes parecĂan mĂĄs inmunes, como la Canciller Merkel. TambiĂŠn en este caso, un error de cĂĄlculo populista ha terminado por erosionarle el apoyo de los suyos. La defensa de la acogida de inmigrantes o desplazados por los conflictos bĂŠlicos del Medio Oriente frente a la racanerĂa, por no decir la hostilidad, de algunos de sus colegas centroeuropeos se ha convertido en una losa. Merkel no ha conseguido, pese a la intensidad de su empeĂąo, que la UE adopte medidas prĂĄcticas de gestiĂłn y acogida, lo que ha favorecido la imagen, un tanto distorsionada, de Alemania como paraĂso Ăşnico de los desamparados. Oro puro para los sectores xenĂłfobos, en alza en el panorama germano, como en el resto de Europa. Las movilizaciones contra los inmigrantes o aspirantes a refugiados se amplificaron en otoĂąo y los incidentes de la plaza de estaciĂłn de Colonia, tan poco esclarecidos como manipulados, hicieron el resto. Los bĂĄvaros del partido democristiano (CSU) fueron los primeros en hacer saber a la Canciller que ya no gozaba de su apoyo incondicional, y luego se empezaron a escuchar voces crĂticas en la CDU y, con sordina, en el propio gobierno. La base social de la Canciller le ha vuelto la espalda, al menos momentĂĄneamente, y le ha obligado a enterrar bajo siete llaves aquella polĂtica de generosidad que exhibiĂł en verano.
Estas mismas manifestaciones de desafecto las estĂĄ experimentando Mariano Rajoy en EspaĂąa con los suyos, pese a ganar las elecciones, aunque no la capacidad de seguir gobernando, pero estas peripecias son mĂĄs conocidas y este espacio no se ocupa de asuntos nacionales.
Una excepciĂłn en este firmamento de lĂderes europeos principales atosigados por la incomprensiĂłn, el rechazo o el malestar de sus propias filas: el italiano Mateo Renzi. Tras dos aĂąos en el Palacio Chiggi, el primer ministro parece afianzado, la situaciĂłn socio-econĂłmica mejora, algunas iniciativas como los peculiares contratos de trabajo indefinidos merecen elogios (quizĂĄs infundados) y su liderazgo se consolida. No faltan crĂticas de sectores ilustrados, que le reprochan su oportunismo. Pero, de momento, Renzi parece libre de la epidemia de desafecciĂłn que debilita a sus colegas europeos mĂĄs destacados.
No es el gobierno lo que mata (polĂticamente). SegĂşn la mĂĄxima de Andreotti, la oposiciĂłn es tan devastadora o mĂĄs. A Sarkozy no le siguen los suyos fielmente en las operaciones de desgaste del maltrecho presidente francĂŠs. La contestaciĂłn es fuerte y creciente. Y quĂŠ decir del lĂder laborista Corbyn, que soporta un grupo parlamentario hostil por demĂĄs, pese a contar con un respaldo entusiasta de la mayorĂa de la militancia y mĂĄs medido de los sindicatos. O el propio Secretario General del PSOE, que no goza de la confianza de algunos de sus dirigentes regionales y tiene que acudir a las bases para consolidar su arriesgada operaciones de pactos postelectorales para llegar al Gobierno.
En fin, fuego amigo europeo, que es, a la vez causa y consecuencia de la debilidad del liderazgo, de la confusiĂłn de los proyectos polĂtico y del desconcierto ciudadano.
