Hace varias semanas asistí a un teatro madrileño a ver una obra del gran actor de origen argentino Hector Alterio. Pura belleza de la mano de un malabarista de las palabras que, acompañado de un extraordinario pianista, Juan Esteban Cuacci, evocó su ya larga vida. Noventa años en un viaje de ida y vuelta, desde su Buenos Aires natal a Madrid y de nuevo al origen: al armonioso Buenos Aires.

Emociones profundas, la mayoría encontradas, suscitaban sus telares de recitaciones en un público más que entregado, que en ocasiones reía y en otras mostraba recogimiento e introspección, mientras Cuacci con su piano deleitaba con inspiradoras melodías, algunas conocidas y otras por descubrir. Todas ellas generosas, vitales y soñadoras, gracias a la maestría de quién con la suavidad de sus dedos nos elevaba al  cielo.

Poemas, entre otros, de Cátulo Castillo, de León Felipe, Piazzolla, Horacio Ferrer, Hamlet Lima Quintana y Eladia Blázquez, declamados por un Alterio vetusto resonaban en quiénes allí estábamos, acomodados en una sencilla platea, en donde el día a día de cada cual dejó paso a un todo. Nuestras vidas se fusionaron en una especie de catarsis, gracias a la comunión entre los dos trovadores que, desde el escenario, y rompiendo la cuarta pared, nos incitaban a reflexionar sobre la esencia del vivir: los sueños, los quebrantos, el amor, el desamor… ¡Maravilloso goce!

Y para perplejidad de los aprendices que en tal magia concurríamos, tras un largo y aplaudidísimo reconocimiento hacia el gran cómico y su fiel tejedor de pentagramas, fuimos obsequiados con varias historias más, que llevaron a los presentes – estoy segura de ello- a nunca olvidar aquella hora y cuarto de sensibilidad, ternura, pasión, delicadeza, valentía, lucha…, en las que recorrimos las luces y sombras por las que todos peregrinamos.

¡La vida misma en plenitud!