Tras las Ăşltimas resacas electorales, que desgraciadamente no serĂĄn las Ăşltimas si las sociedades democrĂĄticas y sus instituciones no se toman en serio demostrar la utilidad de la democracia como sistema polĂ­tico para mejorar el bienestar y la libertad de las personas en su dĂ­a a dĂ­a, es oportuno recordar dos cuestiones que planteĂł, en 1945, Karl Popper, en su obra la sociedad abierta y sus enemigos, porque estĂĄn plenamente vigentes. Y porque algunos pueden pensar que lo que estĂĄ pasando ahora es algo nuevo.

La primera, al principio del libro, cuando señala que “si queremos que nuestra civilización sobreviva, debemos romper con el hábito de reverenciar a los grandes hombres. Los grandes hombres pueden cometer grandes errores… algunos de los más grandes líderes del pasado apoyaron el ataque perenne a la libertad y razón”.

La segunda, cuando indica que “la pregunta no es quién debe gobernar, sino cómo podemos organizar las instituciones políticas de tal manera que los gobernantes malos o incompetentes no puedan causar demasiado daño”.

ÂżLes suena? ÂżNos pueden servir para reflexionar y actuar en estos momentos?

La incertidumbre estĂĄ cada dĂ­a mĂĄs presente en la vida de amplias capas de la poblaciĂłn. Y ante esta situaciĂłn, va calando un discurso que presenta a los polĂ­ticos como personas que estĂĄn a lo suyo, y que Ăşnicamente utilizan a los ciudadanos para que les voten con engaĂąos y promesas que luego no cumplen.

Sienten que los polĂ­ticos estĂĄn a sus cosas, mientras no se ocupan de ellos, de sus necesidades y de sus problemas. Lo que ocasiona un alejamiento entre representantes y representados, que aumenta el sentimiento de desconfianza hacia los polĂ­ticos y las instituciones.

ÂżSabĂ­an que el 14,9 por ciento de los espaĂąoles tenĂ­a un sentimiento de desconfianza hacia la polĂ­tica en el aĂąo 1991 y ahora ese porcentaje estĂĄ situado en el 32,8 por ciento, segĂşn datos del Centro de Investigaciones SociolĂłgicas (CIS)? Probablemente no, pero les extraĂąarĂĄ mĂĄs el primer dato que el segundo.

ÂżSabĂ­an que a un 17,5 por ciento de los espaĂąoles la polĂ­tica les inspira un sentimiento de irritaciĂłn, y ese porcentaje en el aĂąo 1991 era del 12,10 por ciento?

Este clima de desconfianza, irritaciĂłn y escepticismo constituye un caldo de cultivo perfecto para que la antipolĂ­tica, entendida como rechazo a los polĂ­ticos y cada vez mĂĄs al sistema por ineficaz, se propague como un virus letal para la democracia.

Un virus que abre la puerta a lideres populistas que, aprovechando y generando la amplificaciĂłn del descontento, establecen conexiones con amplios sectores sociales, que mĂĄs allĂĄ de la verdad, los lleva en ocasiones a acceder al poder, y despuĂŠs a evolucionar hacia regĂ­menes autoritarios, como ya ocurriĂł en otros momentos del siglo XX.

Como muestra la historia, la antipolĂ­tica, nunca es ni la soluciĂłn ni una soluciĂłn. Pero hay que ser conscientes que las promesas mĂĄgicas y radicales para resolver todas las necesidades de las personas de la noche a la maĂąana, las certezas engaĂąosas, y los discursos nativistas de recuperaciĂłn de pasadas grandezas patrias, tienen efecto en muchas de las personas que se sienten ignoradas. Aunque lejos de ser el remedio, nos llevan al enfrentamiento, a la destrucciĂłn, y aunque parezca exagerado a la barbarie.

Desde las instituciones democráticas la manera más efectiva de combatir la antipolítica es ser útiles al ciudadano. Es ampliar las libertades reales que pueden disfrutar. Es ocuparse de sus necesidades básicas y aumentar su bienestar. Es ofrecer respuestas efectivas que reduzcan la desconfianza y sobre todo la ansiedad por “no llegar” en su vida diaria. Es acabar con la crispación permanente, alcanzando grandes acuerdos de Estado, donde los ciudadanos visualicen que están en el centro del trabajo de sus representantes. Es un nuevo contrato social que incluya a todos, y donde los ciudadanos participen y decidan más.

Al 32,5 por ciento de los espaĂąoles la polĂ­tica les inspira un sentimiento de interĂŠs, entusiasmo y compromiso. Utilicemos esa palanca para el cambio hacia mĂĄs y mejor democracia. Hacia una democracia que responda de manera efectiva a las necesidades y demandas de la poblaciĂłn.

Lo contrario: la falta de respuestas, el alejamiento, la antipolĂ­tica, ya se viviĂł. Y supuso la destrucciĂłn de algunas democracias y la llegada de totalitarismos que trajeron muerte y destrucciĂłn.

Lo de ahora no es nuevo. Pero estĂĄ amplificado por unas redes sociales donde determinadas ĂŠlites saben muy bien que la desconfianza en las instituciones y en la verdad facilitan la manipulaciĂłn de lĂ­deres autoritarios disfrazados de salvadores.

Como señalo Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo, en 1951, “el sujeto ideal del dominio totalitario no es el nazi convencido ni el comunista convencido, sino las personas para quienes la distinción entre hecho y ficción, entre verdadero y falso, ya no existe”.

ÂżEstamos a tiempo de evitarlo?