Casi todo el mundo asume que los ciudadanos de las sociedades de nuestro tiempo desean participar mĂĄs en las decisiones polĂticas. LĂłgicamente, los que se afilian a algĂşn partido polĂtico aspiran a tener un mayor grado de implicaciĂłn en las decisiones de una cierta importancia. De ahĂ que casi todos los partidos âincluso los de inspiraciĂłn leninista y chavistaâ hagan un notable esfuerzo para postular, y demostrar, una alta disposiciĂłn a consultar a sus afiliados, adherentes o simpatizantes, sea cual sea su forma de organizaciĂłn y el grado de formalizaciĂłn establecida en sus filas.
Sin embargo, como ocurre con casi todo en la vida, una cosa es âpredicarâ y otra âdar trigoâ. Por eso, el balance de las experiencias participativas es bastante disimilar en unas u otras organizaciones polĂticas.
En el caso de EspaĂąa, tenemos algunos casos recientes que nos permiten establecer comparaciones sobre la âcalidadâ de las prĂĄcticas participativas.
El PSOE, por ejemplo, tiene un censo formal y riguroso de afiliados que pagan su cuotas puntualmente y que son conocidos en sus respectivas Agrupaciones locales y territoriales. Y cuyos datos de identificaciĂłn oficiales posibilitan una participaciĂłn perfectamente contrastable. En los Ăşltimos tiempos, los afiliados del PSOE han votado varias veces en escrutinios generales y con garantĂas (con censo, con papeletas secretas en urnas, con mesas con interventores, o a travĂŠs de Internet con un sistema de verificaciĂłn muy escrupuloso). Una de esas veces fue para elegir al Secretario General, con tres candidatos que compitieron abiertamente y con el resultado de la elecciĂłn de Pedro SĂĄnchez por una mayorĂa muy holgada. La Ăşltima vez ha sido para pronunciarse sobre el acuerdo planteado con Ciudadanos para intentar formar gobierno. En este caso, los afiliados del PSOE se pronunciaron sobre algo concreto y en base a un amplio documento con 200 propuestas programĂĄticas. En realidad, nadie defendiĂł una postura contraria al acuerdo, por lo que la participaciĂłn llegĂł prĂĄcticamente al 52%, obteniĂŠndose un respaldo abrumador al acuerdo (78,97%).
Comparativamente, las experiencias de referĂŠndums en otros partidos son bastante diferentes. Por ejemplo, en Podemos no existe un mĂnimo grado de formalizaciĂłn ây controlâ de su censo de adherentes, las consultas que se ha hecho siempre lo han sido en Internet âno se sabe con quĂŠ nivel de verificaciĂłnâ y con un cierto grado de ambigĂźedad y amplitud refrendatoria en lo que se consultaba, al mĂĄs puro estilo plebiscitario. De ahĂ las altĂsimas tasas de abstenciĂłn que se han producido en estas consultas, sobre las que generalmente solo se han ofrecido informaciones propagandĂsticas.
En el caso de IU hay distintos tipos de experiencias (actuales y del pasado), con distinto grado de calidad. Pero, lo cierto es que en la etapa de GarzĂłn se ha tendido a imitar el modelo de Podemos. Por ejemplo, la primera consulta a sus afiliados y simpatizantes sobre el pacto con el partido de Iglesias TurriĂłn, no solo ha sido enormemente inconcreta en su formulaciĂłn (ÂżquĂŠ era lo que se pactaba exactamente?), sino muy pobre en sus resultados, con un grado de participaciĂłn de apenas el 28%. Igual puede decirse de la consulta confirmatoria posterior (32%), a toro pasado, cuando el abrazo (Âżdel oso?) entre Iglesias TurriĂłn y Alberto GarzĂłn ya se habĂa consumado.
ÂżPor quĂŠ existe, en casos como estos, una participaciĂłn tan escasa ây tan poco controlableâ entre los afiliados a determinados partidos, que se supone que estĂĄn especialmente motivados para la implicaciĂłn polĂtica? Si ocurriera algo parecido en las votaciones para elegir concejales o diputados, todo el mundo dirĂa que es un fracaso enorme de la democracia. ÂżPor quĂŠ no se llega a la misma conclusiĂłn en el caso de las experiencias participativas de estos partidos polĂticos?
Es evidente que, si sometes a un escrutinio riguroso determinadas experiencias, habrĂa que concluir que algo estĂĄ fallando, que se estĂĄ intentando âdar gato por liebreâ, y que mĂĄs que ante prĂĄcticas implicativas e incentivadoras de la participaciĂłn ciudadana, en algunos de casos estamos ante simples operaciones de simulaciĂłn y propaganda.
Y eso es algo que tambiĂŠn debe ser tenido en cuenta a la hora de decidir a quiĂŠn se vota el 26 de junio, no vaya a ser que aquellos que se han acostumbrado a practicar tales simulacros se vean inclinados a persistir con tales prĂĄcticas, a otros niveles de la sociedad, si alguna vez llegan a ocupar responsabilidades de gobierno.
No hay que olvidar, por lo tanto, que la democracia tambiĂŠn consiste en contar con procedimientos claros, contrastados, rigurosos y perfectamente verificables. Es decir, transparentes y con garantĂas. Y eso es algo que frecuentemente olvidan, o desprecian, los populistas, para los que lo Ăşnico importante es el poder de los aparatos y la centralidad arrogante de sus lĂderes carismĂĄticos (o al menos carismĂĄticos en intenciĂłn).
