La cumbre de paĆses euroasiĆ”ticos de esta semana en Tianjin y PekĆn ofrece interpretaciones para todos los gustos. Para los participantes, expresión de un orden mundial alternativo multilateral; para los occidentales, una convergencia forzada contra el orden liberal internacional. Estas visiones, interesadas, son lo de menos. En los tiempos que corren, las alianzas se han vuelto circunstanciales.
China ha sido la anfitriona de un encuentro de veinte paĆses con mucha pompa, ceremonias, relaciones pĆŗblicas, y exhibición de mĆŗsculo militar, claro. Le encaja ese papel, como segunda superpotencia del planeta y aspirante a ser la primera en el aspecto económico. Pero se cuida mucho de hacer alardes de su poder ante sus socios/amigos/cooperadores. El orden que defiende China -aceptado por sus socios con aparente complacencia- elude las nociones de liderazgo y sumisión. Y, lo que resulta clave, evita cualquier sermoneo ideológico o polĆtico: cada cual que gestione las cosas en casa con el relato que guste o que mejor le convenga. El Ćŗnico valor que se proclama es el de la soberanĆa nacional y la inviolabilidad de los asuntos internos. Con este libreto todo el mundo se siente a gusto. Las relaciones internacionales estĆ”n basadas en la gestión compartida, hasta donde es posible, de los intereses particulares.
Esta retórica tiene sus trampas, como la tiene la occidental y su discurso de los valores de libertad, derechos humanos, imperio de la ley, etc. Si en Occidente inquieta esta convergencia euroasiĆ”tica no es por el autoritarismo innegable de los regĆmenes alineados, sino por la potencia que pueden amasar en momentos dados de crisis internacional. No en vano reĆŗne a casi la mitad de la población mundial y produce una cuarta parte de la riqueza global.
Occidente, y esa es la novedad en dĆ©cadas, presenta una solidaridad cuarteada, con la principal anomalĆa instalada en la cĆŗspide. El fenómeno Trump obliga a improvisar mĆ”s que a inventar, como se dice en las cancillerĆas para hacer virtud de la necesidad. Desde Europa se toma el relevo del discurso liberal, con titubeos, con la conciencia de no poder ir demasiado lejos en la afirmación de la supremacĆa occidental, si el Gran Patrón no rectifica el rumbo.
En este alineamiento euroasiĆ”tico, comandado por China, con Rusia e India, en segunda lĆnea de relevancia, se vienen dibujando cuatro tendencias:
El primero, la consolidación de un eje bĆ”sico PekĆn-MoscĆŗ, pese a las reservas que este arrastra. Pasan los aƱos, la āamistad sin lĆmitesā se consolida. Xi y Putin acumulan 45 encuentros desde que comparten poder en sus respectivos paĆses y su relación personal es cada vez mĆ”s calurosa. Cierto que se trata de una alianza asimĆ©trica, que China es abrumadoramente mĆ”s fuerte, que la dependencia rusa es aplastante, pero poco importa. Putin tiene de Xi lo que quiere: un cliente al que vender el petróleo y el gas que Europa ha dejado de comprarle y alimentos que la población china necesita. Con el dinero que Rusia recibe de este comercio, se compensa el daƱo ocasionado por las sanciones occidentales. Pero, ademĆ”s, China proporciona a Rusia componentes tecnológicos con los que sostener e incluso mejorar su arsenal armamentĆstico para golpear a Ucrania. La ecuación es desigual, desde luego: China suma el 26% del comercio exterior ruso, mientras Rusia sólo compra el 3% de lo que PekĆn vende fuera.
Pero este desequilibrio económico bilateral se solventa con la convergencia estratĆ©gica:Ā juntos, cada cual estĆ” mejor protegida frente a lo que ellos perciben como hostilidad occidental, o bien para evitar el imparable ascenso (en el caso de China) o prevenir la revisión del resultado de la guerra frĆa (supuesto designio de esta Rusia).
La alianza chino-rusa puede arrastrar muchas contradicciones y cuentas pendientes que no terminan de resolver dĆ©cadas de desconfianza, como acreditarĆan ciertos informes reservados rusos (1). Pero, con todo, parece fuera de alcance a dĆa de hoy la ecuación Kissinger al revĆ©s; es decir, que Estados Unidos utilice a Rusia para debilitar a China a cambio de ciertas compensaciones (2). La dupla chino-rusa disfruta del momento, pero sin un entusiasmo que podrĆa ser perjudicial. El lema de este conglomerado euroasiĆ”tico es muy significativo: āno siempre juntos, pero nunca enfrentadosā (3).
Por si no fuera poco, nada es perfecto en el otro lado. ¿Acaso no hay tensiones en el campo occidental? No puede compararse, dicen los exégetas liberales: la crisis occidental actual es sobre todo circunstancial y durarÔ el tiempo que Trump ocupe la Casa Blanca. No tan fÔcil, replican otros: los diferendos son anteriores a él y seguirÔn existiendo cuando él desaparezca de la escena.
La segunda tendencia de Tianjin ha sido la escenificación de la reconciliación entre China y la India. QuizÔs sea demasiado arriesgado formularlo de esta forma. Para ser mÔs rigurosos, la presencia del primer ministro indio, Narendra Modi, en China parece responder mÔs al impulso del berrinche con Estados Unidos que a la convicción profunda de que India debe mirar al Este y dejar a Occidente en segundo plano.
India es un paĆs orgulloso que no olvida su victoria contra el principal Imperio colonial de los Ćŗltimos siglos anteriores. Desde la independencia, el paĆs ha cambiado mucho, ha crecido, pero tambiĆ©n se ha dividido y dejado al descubierto sus precarias costuras. El nacionalismo progresista del Partido del Congreso de los visionarios Gandhi y Nehru ha cedido ante el empuje del nacionalismo ultra conservador, religioso y xenófobo de la Unión India (Bharatiya Janata). Modi ha ganado tres elecciones consecutivas y, aunque su impulso se debilita, mantiene un control firme y cada vez mĆ”s autoritario.
El enfado de Modi con Estados Unidos responde a ese reflejo de orgullo nacionalista. Trump, en su ansiedad por hacerse acreedor al tĆtulo de pacificador internacional se atribuyó el acuerdo de alto el fuego que puso fin a la guerra limitada entre India y PakistĆ”n de la pasada primavera en Cachemira. La iniciativa, ademĆ”s de ser falsa y oportunista, resultó una afrenta para el gobierno indio, que proclama reiteradamente su intolerancia ante cualquier injerencia en sus asuntos de Estado, y Cachemira es pinĆ”culo de esta doctrina. Para echar sal en la herida, el estamento militar de PakistĆ”n elogió a Trump en reiteradas ocasiones y le rindió la pleitesĆa que a Ć©l le encanta: el Jefe del EjĆ©rcito pakistanĆ ha visitado dos veces Washington en los Ćŗltimos meses y ha expresado su intención de apoyar la candidatura del presidente norteamericano al Nobel de la Paz, una de sus abiertas aspiraciones.
La afrenta adquirió proporciones sĆsmicas en el establishment indio (4), que lleva dĆ©cadas apostando por un acuerdo con Occidente que permita al paĆs proseguir con su polĆtica de desarrollo económico sin preocuparse por el desafĆo que supone la rivalidad histórica con China, cuya palanca de presión es el abierto apoyo militar, diplomĆ”tico y económico de PekĆn al rĆ©gimen de PakistĆ”n, un estado militarizado en el que el gobierno civil es una pura comparsa.
Pero esta fractura ya de por si grave se convirtió en catastrófica al decidir Trump que los desaires indios por no aceptar su papel mediador en Cachemira debĆan tener un castigo. Y el presidente utilizó su arma preferida: la represalia comercial. Con la excusa del incremento de las compras indias de petróleo ruso, Trump impulso un arancel del 50% a los productos de exportación indios a Estados Unidos. La injuria se aƱadió al insulto. A un gobierno nacionalista como el de Modi no podĆa servirle una protesta y mucho menos una negociación vergozante como la que han emprendido otros aliados de Washington. HacĆa falta una respuesta a la altura de su orgullo de cultura milenaria y de su condición de nación mĆ”s poblada del planeta.
La respuesta se veĆa venir. Modi decidió activa la palanca subsidiaria de la polĆtica exterior india desde Nehru. Cincuenta aƱos despuĆ©s de Bandung, la Conferencia afroasiĆ”tica que marcó el despertar del Tercer Mundo como agente mundial de cambio, el nacionalismo indio cruzó el Rubicón de los recelos hacia el otro lado del Himalaya y se plantó en la cumbre de Tianjin para escenificar una dudosa ceremonia de reconciliación, cooperación y amistad recobrada con China (5).
Si con la convergencia ruso-china hay dudas razonables, ĀæquĆ© decir de este hasta cierto punto sorprendente y desde luego repentino acercamiento indio-chino? Por un lado, tampoco se trata de un paso en el vacĆo: India y China son socios en el movimiento de los BRICS y en este foro de la Organización de Cooperación de Shanghai, (OCS) en el que se inscribe esta cumbre de Tianjin. Pero la supuesta afinidad entre Modi y Trump y, antes de eso, la autonomĆa estratĆ©gica india habĆa empujado a Nueva Delhi a participar de iniciativas multilaterales impulsada por Washington en la región de Asia PacĆfico, como el Quad, donde comparte estrategias con Estados Unidos, Japón y Australia.
Es pronto para saber si detrÔs de este giro indio hay un motor mÔs permanente que el berrinche y la decepción con la Casa Blanca. China no parece dispuesta a sacrificar su alianza estratégica con PakistÔn (también presente en Tanjin), ni a realizar concesiones territoriales a India en el Himalaya, sobre todo cuando lleva la iniciativa militar (6). Pero a Xi le interesa antes que nada fragmente el dispositivo occidental/norteamericano en Asia y ocasiones como ésta no se presentan a menudo.
La tercera tendencia en esta cumbre de la OCS ha sido el nuevo encaje de paĆses enemigos de Occidente, pero no necesariamente aliados incondicionales de China. Es el caso Corea del Norte. Aunque PekĆn ha sido históricamente el valedor del aislado rĆ©gimen de Pyongyang, las derivas aventureras del proyecto nuclear hace tiempo que suscitaron recelos en las Ć©lites chinas (7). Rusia, necesitada de cualquier apoyo, suscribió un acuerdo de cooperación militar con Corea del Norte, que le ha permitido recibir municiones y soldados del paĆs asiĆ”tico para reforzar posiciones en Sumi, la región rusa invadida por Ucrania el verano del aƱo pasado, ante la eventualidad de un intercambio territorial en unas eventuales negociaciones de paz (8). El caso norcoreano es paradigma de esta geometrĆa variable de esta dimensión euroasiĆ”tica del Sur Global: no hay que estar de acuerdo, salvo en rechazar presiones superiores.
China no se ha mostrado especialmente entusiasta de esta cooperación ruso-norcoreana en un Ć”mbito tan sensible como el militar. Pero, como con otros asuntos del Kremlin, Xi ha sido muy discreto. Que Kim Jong-Un haya sido invitado a esta cumbre indica la importancia que China le brinda a la estrategia general y la subordinación a estĆ” de las incomodidades o discrepancias secundarias. Por otro lado, el momento, como el caso de India, era propicio: en las Ćŗltimas semanas se venĆa especulando con una nueva reunión entre Trump y Kim, tras el fiasco de las celebradas durante el primer mandato del presidente norteamericano. Xi pincha tambiĆ©n ese globo o al menos reduce la altura de su vuelo.
IrĆ”n se ha unido, como es natural, a esta alianza flexible. Importa poco que Rusia y China se inhibieran durante los recientes bombardeos americanos e israelĆes que destruyeron no se sabe aĆŗn hasta quĆ© punto el programa nuclear iranĆ (9). El rĆ©gimen de los ayatollahs estĆ” moral y espiritualmente a aƱos luz del ateĆsmo chino y del nuevo nacionalismo de raĆz cristiana-ortodoxa que se ha adoptado en MoscĆŗ. Pero comparte con estas potencias la hostilidad occidental, la necesidad de encontrar canales de cooperación que impidan su aislamiento y le garantices mercados para aliviar sus tensiones económicas
Se podrĆa seƱalar una cuarta tendencia: la impugnación del mito que sitĆŗa a Trump como lĆder de una especie de nueva Internacional autoritaria. En Tianjin han estado presentes un dirigente europeo de la OTAN, el eslovaco Fico, o el turco Erdogan, en buenos tĆ©rminos con el presidente norteamericano y cooperador de la restrictiva polĆtica migratoria de la UE. Esta supuesta cumbre antioccidental resulta atractiva para miembros de la principal alianza polĆtico-militar del orbe liberal. Otra contradicción. En realidad, la confrontación sistĆ©mica actual tiene muy poco que ver con la dinĆ”mica bipolar de la guerra frĆa.
NOTAS
(1) āSecret Russian Intelligence Document Shows Deep Suspicion of Chinaā. THE NEW YORK TIMES, 7 de junio.
(2) āChina and Russia Will Not Be Split. The āReverse Kissingerā Delusion!. MICHEL MC FAUL Y EVAN MEDEIROS. FOREIGN AFFAIRS, 4 de abril.
(3) āEntre Xi Jinping et Vladimir Poutine, les ressorts dāune amitiĆ© stratĆ©giqueā. BENJAMIN QUERELLE Y HAROLD THIBAULT. LE MONDE, 2 de septiembre.
(4) āThe Shocking Rift Between India and the United Statesā. HAPPYMON JACOB. FOREIGN AFFAIRS, 14 de agosto.
(5) āChina and India May Be Moving Toward a More Coordinated Foreign Policyā. CHIETIGJ BAJPAEE. FOREIGN POLICY, 27 de agosto.
(6) āThis Isnāt India-China Rapprochement. New Delhi is making a bad bet on Beijing as its relationship with Washington sourā. Ā SUMIT GANGULY. FOREIGN POLICY, 22 de agosto.
(7) āChinaās North Korea Problemā. SHUXIAN LUO. FOREIGN AFFAIRS, 21 de agosto.
(8) āVladimir Poutine et Kim Jong-un sāengagent Ć ārenforcerā leur cooperationā. LE MONDE, 13 de agosto.
(9) āChina and Russia Keep Their Distance From Iran During Crisisā. EDWARD WONG. THE NEW YORK TIMES, 6 de julio.
