Necesitamos tomar conciencia de la gravedad de la desinformación y del peligro que supone tanto para nuestras vidas como para la democracia. Solo así podremos combatir a quienes la propagan con el objetivo de aumentar su poder sin ningún tipo de control ni límite.

La desinformación nos envuelve, nos persigue, nos manipula, y nos preocupa cada día más. Pero tenemos que saber, ser conscientes, que “la verdad no está muriendo, la están matando”, como señala Lee McIntyre en su libro Sobre la Desinformación.

¿De verdad nos preocupa como para actuar? ¿De verdad la interpretamos todos igual? Para responder a estas preguntas vamos a analizar los datos de la encuesta sobre desinformación y humor, realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).

En ellos se observa que una amplia mayoría de la ciudadanía cree que circulan muchos bulos, se muestra preocupada por ellos y considera que pueden amenazar la democracia. Sin embargo, el consenso no es completamente homogéneo ya que las diferencias ideológicas, partidistas y sociales muestran que no todos ven el problema con la misma intensidad.

Así, lo primero que hay que señalar es que es un problema ampliamente reconocido, ya que ante la pregunta: Por lo que Ud. sabe, ¿España es un país en el que circulan muchos, bastantes, pocos o ningún bulo y/o información falsa?, el 91,1 por ciento de la población considera que circulan muchos o bastantes bulos e informaciones falsas.

Lo segundo, es que es un problema que genera mucha preocupación en la gente. Concretamente, el 82 por ciento de las personas afirma que le preocupa mucho o bastante la existencia en España de noticias falsas y bulos. Y solo una minoría, aunque no tan minoritaria, un 17 por ciento, dice que le preocupan poco o nada.

Estos dos primeros datos, relacionados con la cantidad de desinformación y la preocupación hacia ella, muestran que en España no se percibe como un fenómeno puntual, en momentos electorales o en debates muy polarizados, sino que se ve como algo común, frecuente y extendido en el día a día de los medios de comunicación social.

Y lo tercero, y puede que más importante, es que el 85,1 por ciento de españoles cree que la desinformación, incluidos los bulos o la manipulación de imágenes y vídeos, es una amenaza para la democracia. Este resultado visualiza que el problema afecta a la calidad del debate público, a la formación de la opinión y, en último término, al funcionamiento democrático.

Por tanto, y aunque parezca grandilocuente, no es solo una cuestión de bulos, es una cuestión de democracia, convivencia y bienestar.

Las tres preguntas realizadas por el CIS sirven para constatar distintos niveles de percepción, ya que una cosa es señalar que circulan de forma masiva los bulos, otra estar preocupado por ellos y otra creer que son una amenaza para la democrática. Pero observadas en conjunto, las tres están muy presentes en la sociedad española.

La percepción de que circulan muchos o bastantes bulos es la más extendida. En cambio, la preocupación personal y la consideración de la desinformación como amenaza democrática, aunque muy altas, tienen porcentajes algo menores, lo que significa que no todos la viven con la misma preocupación ni le atribuyen la misma gravedad institucional.

Nos encontramos ante un grave problema de confianza. Los bulos y/o la información falsa no solo torturan los datos, también erosionan la credibilidad de los medios, de las instituciones, de los expertos y de los propios procesos democráticos. Cuando el espacio público se inunda de información basura o dudosa, se hace cada vez más difícil construir cualquier tipo de consenso mínimo sobre hechos compartidos, porque todo está en duda y se ve la realidad desde compartimentos estancos.

La desinformación se ha convertido en un problema público transversal en España. Sin embargo, este consenso no es homogéneo:

Por sexo, las mujeres expresan mayor preocupación que los hombres. El 87,3 por ciento afirma que los bulos le preocupan mucho o bastante, frente al 76,2 por ciento de los hombres. También es más alta entre mujeres la percepción de que la desinformación amenaza la democracia. Concretamente opina así el 88,5 por ciento, frente al 81,5 por ciento de los hombres. En cambio, ambos grupos coinciden ampliamente en que en España circulan muchos o bastantes bulos.

Por edad. La preocupación es elevada en todos los grupos, aunque alcanza niveles más altos entre las personas de 55 a 64 años (85,5%) y de 65 a 74 años (87,5%). Los jóvenes de 18 a 24 años también presentan una percepción alta de amenaza democrática (88,2%). Esto impide reducir el fenómeno a una simple brecha generacional.

Por nivel educativo, la preocupación es menor entre las personas sin estudios, solo el 63,7 por ciento está muy o bastante preocupado y el 72,3 por ciento considera que la desinformación amenaza la democracia. En cambio, entre quienes tienen primaria, la preocupación alcanza el 90 por ciento, mientras que entre quienes tienen estudios superiores se sitúa en el 82,3 por ciento.

La clase social subjetiva introduce diferencias y no se vive con la misma intensidad. La clase trabajadora u obrera tiene los niveles más altos con el 87,2 por ciento que expresa preocupación, el 94,7 por ciento que cree que circulan muchos o bastantes bulos y el 90,5 por ciento que afirma que amenazan la democracia. En cambio, la clase baja o pobre presenta cifras más moderadas, con un 75 por ciento de preocupación, un 88,1 por ciento de percepción de circulación de bulos y 82,3 por ciento que creen que amenaza democrática.

Las diferencias más claras aparecen en el voto y la ideología. Entre los votantes de Sumar y PSOE, la preocupación alcanza el 94 por ciento y el 91,5 por ciento, respectivamente, frente al 74,3 por ciento del PP y el 74,4 por ciento de VOX. La percepción de amenaza democrática sigue la misma pauta, con un 96,6 por ciento en los votantes de Sumar y 93,5 por ciento en los del PSOE, frente al 77,6 por ciento en el PP y el 76,4 por ciento en VOX.

La escala de autoubicación ideológica confirma esta tendencia. En las posiciones de izquierda, la preocupación supera el 91 por ciento entre quienes se ubican del 1 al 4, llegando al 95 por ciento en la posición 3. En posiciones más conservadoras baja, aunque sigue siendo mayoritaria: 73,3 por ciento en la posición 7, 72,1 por ciento en la 8 y 76,5 por ciento en la 10. Algo similar ocurre con la amenaza democrática, donde entre las posiciones 1 a 4 los porcentajes se sitúan entre el 93,2 por ciento y el 95,8 por ciento, mientras que cae al 77 por ciento en la posición 7 y al 80,6 por ciento en la 10.

En definitiva, los datos muestran que la desinformación preocupa mayoritariamente en España, pero su interpretación está parcialmente politizada. Existe acuerdo sobre la presencia de bulos, pero no sobre su gravedad democrática. Por ello, combatir la desinformación no implica solo verificar contenidos, sino también reconstruir los espacios de confianza pública y reforzar la credibilidad de la información compartida.

A ello.