El brasileùo Bolsonaro constituye el último ejemplo de campaùa exitosa basada en la priorización del trabajo político a travÊs las redes sociales. El estadounidense Trump mantiene tal estrategia desde hace aùos, al igual Salvini en Italia, Le Pen en Francia, y otros referentes autoritarios en el mundo. El triunfo del brexit puede atribuirse en buena medida tambiÊn a una campaùa muy centrada en internet. 

Las redes proporcionan un instrumento aparentemente positivo para la divulgación y la influencia política y electoral. Se trata de una vía de incidencia masiva, instantånea, sin filtro ajeno y con posibilidad cierta de valorar reacciones o feedbacks. En principio todo apunta a favor. Sin embargo, la experiencia demuestra que existen contraindicaciones importantes para el sistema democråtico. 

Para empezar, los universos de seguidores se vinculan generalmente a personajes antes que a organizaciones. En las redes se sigue mås al líder que al proyecto político que representa. Y la referencia individual siempre es mås pobre que la referencia colectiva. 

Tales universos, además, funcionan en modo burbuja, de tal modo que los seguidores en redes de un líder no son seguidores de los demás, salvo en clave trol o saboteador. Solo escuchan a un personaje, el “suyo”. Esto resulta un problema, porque la calidad de un sistema democrático se mide, entre otros parámetros, por su capacidad para generar encuentro, diálogo, argumentación, contraste enriquecedor y, eventualmente, acuerdo entre diferentes. La red favorece el sectarismo. 

Por otra parte, los liderazgos en política se valoran fundamentalmente por su capacidad para enfrentarse a las agendas incómodas. A un proyecto y a su líder se le debe analizar por sus respuestas a los retos complejos y a las preguntas difíciles. Sin embargo, en el universo de la red social propia, el líder fabrica su propia agenda, con los temas que le son propicios y sin riesgo de ser interrogado por aquello de lo que no sabe o a lo que no quiere contestar. 

En la misma línea, la democracia es debate. Hoy no se concibe una campaùa electoral en una democracia madura sin, al menos, un debate entre los principales contendientes. La generalización de las campaùas en las redes sociales permite a los candidatos obviar esta condición democråtica esencial. Bolsonaro, por ejemplo, se ha permitido el lujo de no hacer un solo debate con sus rivales. 

Finalmente, por no agotar los argumentos, el formato de campaùa en red favorece la dinåmica de las fake, de las mentiras en campaùa. Un candidato en un medio tradicional no puede engaùar a su público sin que un periodista se lo afee en una entrevista o un rival se lo reproche en un debate. Por el contrario, el líder puede volcar hechos, datos o argumentos puramente falsos bajo su perfil en la red, sin posibilidad pråctica de contraste o desmentido eficaz. Es el mÊtodo mediante el cual Trump miente habitualmente, por ejemplo. 

En consecuencia, las redes sociales suponen una oportunidad muy interesante para fortalecer y mejorar la eficacia en el trabajo político y electoral, pero siempre y cuando se utilice con honestidad y no sustituya a otros factores claves para la garantía de calidad democråtica en un sistema político. Redes sí, pero que no sustituyan al diålogo entre diferentes, a los debates entre adversarios y a la sana intermediación de los medios periodísticos independientes. 

Eso sí, estos medios periodísticos, que están siendo barridos literalmente en su papel de intermediarios en la comunicación política, debieran tomar nota de que solo sobrevivirán en tal función si renuncian a actuar como simples forofos de una u otra opción política. Hay un lugar en el sistema para la prensa tradicional, veraz, crítica e independiente. Para el “forofeo”, las redes se bastan y se sobran.