Los datos de la economía española exponen una fortaleza innegable. El diagnóstico es avalado por instituciones internacionales (como el FMI o Eurostat) y nacionales (Funcas, CaixaBank, INE, Banco de España). Cuatro datos destacan. Primero: dinamismo del sector exterior, con notable incremento del turismo del 19% en el primer trimestre de 2024, y el desempeño de las exportaciones de servicios no turísticos, lo que subraya grados de diversificación económica. Segundo: repunte de la inversión, que denota el impacto de los proyectos NGEU en el tejido productivo. Tercero, el alza del PIB, que situaría el crecimiento, para 2024, del 2,4-2,5%, según previsiones del INE y del Banco de España. Y cuarto: el crecimiento del empleo de casi el 3%, medio punto por encima de lo que se había avanzado; la productividad por hora crece, a su vez, un 1,2%.

En paralelo, la noticia de que la economía española está fuera del procedimiento de déficit excesivo marcado por Bruselas, tranquiliza. En tal sentido, se está mejor que Francia e Italia, por poner dos ejemplos. Todas estas variables infieren que la posición de la economía está afianzada en positivo, si bien ello no debe dar paso a la complacencia. La diversificación económica se debe acentuar, y esto supone el establecimiento de fórmulas colaborativas con las comunidades autónomas. A su vez, el problema de la vivienda es crucial, y remite a la consecución de planes de construcción de viviendas sociales en los que, igualmente, el entente entre las administraciones y las empresas debería ser efectivo, al margen de las discrepancias ideológicas o políticas. Es este un desafío importante, que manifiesta la necesidad de políticas de inversión y de un trabajo convincente en el terreno financiero, con la participación del ICO. Igualmente, los retos de la lucha contra el cambio climático, la transición energética y la digitalización conducen al estímulo inversor, sobre los fundamentos del NGEU, en sintonía con la Comisión Europea.

Las cifras presentadas, provenientes −recuérdese− de entidades públicas y privadas, hacen que resulten excéntricas –y poco sensatas– algunas afirmaciones que se van vertiendo sobre la evolución de la economía, en el sentido de seguir afirmando que las variables no son tan positivas o que la economía española se aproxima a realidades socio-económicas latinoamericanas. Es este un mensaje que no se asienta sobre datos contrastados, ni proviene de ningún estudio riguroso en el campo de la economía aplicada. Y obedece más bien a prevenciones ideológicas. Ahora bien, ningún economista serio niega que no existan dificultades en la situación actual; al tiempo que no elude que el contexto internacional es incierto y se pueden producir fenómenos políticos que dificulten consolidaciones económicas en distintos países: el avance de posiciones muy proteccionistas, avaladas por un cambio en la Casa Blanca; o por apoyos a esas posiciones desde opciones anti-europeas, serían ejemplos que inquietan. Pero, por el momento, esta “ciencia lúgubre” que es la economía, ofrece, para el caso español, algunos indicadores positivos que no deberían desdeñarse.