“En navidad, todos a casa”. Esa era la previsiĂłn, en el verano de 1914, sobre la duraciĂłn del conflicto que llegarĂa a llamarse la Gran Guerra. La experiencia de las guerras europeas durante el periodo conocido como de Paz Armada, 1871-1914, decĂa que un conflicto armado tenĂa una duraciĂłn media de 266 dĂas.
DespuĂŠs, las “nuevas tecnologĂas” militares alargaron el conflicto hasta, exactamente 1.562 dĂas, convirtiĂŠndolo en una guerra de trincheras donde de lo que se trataba era de vencer al enemigo por agotamiento de sus recursos. Hoy, en 2016, se conmemora el centenario de la batalla del Somme, el epĂtome de aquella sinrazĂłn y en la que se dejaron la vida cerca de un millĂłn de personas en los poco mĂĄs de tres meses que durĂł.
Y nosotros, EspaĂąa, que no participamos en aquella guerra, la conmemoramos hoy a nuestra manera: cuando se convocaron las elecciones generales de diciembre de 2015, todos pensamos “En navidad sabremos quiĂŠn nos gobierna los prĂłximos cuatro aĂąos”. TenĂamos la experiencia de lo que habĂa pasado en las anteriores elecciones desde 1977 (un periodo parecido al de la Paz Armada).
Con lo que no contĂĄbamos era con la irrupciĂłn de las “nuevas tecnologĂas” polĂticas, la llamada “nueva polĂtica”, la que emana de la “gente” frente a la “casta” o la que utiliza el nombre genĂŠrico de “ciudadanos” para distinguirse de los otros. Bueno, pues nos ha pillado el centenario del Somme en nuestras trincheras polĂticas bien pertrechados de principios ideolĂłgicos muy resistentes e inmutables por su propia naturaleza.
Unas trincheras estĂĄn confeccionadas con lo que hemos hecho en los Ăşltimos cuatro aĂąos, obra de ingenierĂa polĂtica y econĂłmica sin igual que no debe desbaratarse sin riesgo de desastre nacional.
Otras se basan en la superioridad moral frente a la corrupciĂłn, del otro naturalmente, que impide cualquier acercamiento ni siquiera en grado de indiferencia.
Unas terceras, formadas por barricadas en la calle y compuestas por materiales de diversa procedencia desde la nacionalizaciĂłn de los sectores econĂłmicos estratĂŠgicos hasta el derecho a decidir de quien lo pida.
Y otras, bien es verdad que construidas con elementos desmontables, pero que se basan en el veto (modelo “por encima de mi cadĂĄver”) de sus competidores en la “modernidad”.
Pues bien, contra esas trincheras, se usan armas como las constantes declaraciones de unos y otros (tan repetitivas como las ametralladoras de 1916), como las amenazas de castigo europeo (tan contundentes como los tanques), como la celebraciĂłn de elecciones sucesivas (tan de afecciĂłn a la poblaciĂłn civil como los bombardeos) o como el hastĂo generalizado (tan de destrucciĂłn masiva como los gases lacrimĂłgenos), pero ni por esas. Las trincheras siguen ahĂ.
Si siguiĂŠramos con la analogĂa deberĂamos esperar una soluciĂłn al conflicto por las mismas vĂas que hace un siglo. Por una parte, la intervenciĂłn de un nuevo contendiente, que si por entonces fueron los Estados Unidos, ahora podrĂa ser la UniĂłn Europea o los mĂĄs inquietantes “los mercados”. Por otra parte, el hartazgo de la antigua poblaciĂłn civil (ahora, la gente) puede conducir a una rendiciĂłn de algunos, como la Rusia de NicolĂĄs II o la aceptaciĂłn del armisticio de otros, como la Alemania de su primo Guillermo II.
Lo que harĂa falta, sin duda, es un tratado posterior, como el de Versalles, pero sin vencedores ni vencidos para evitar otro conflicto posterior y amplificado. Que tenga en cuenta el nuevo mapa polĂtico, la dificultad en establecer pactos con lĂneas rojas y, sobre todo, un mecanismo para que, despuĂŠs de unas elecciones generales, se pueda deducir, de forma automĂĄtica, un Gobierno para el paĂs. Eso, claro estĂĄ, si se conviene la necesidad de que haya Gobierno.
