Nos hemos acostumbrado a que las extremas derechas, y también algunas derechas, nieguen la existencia del cambio climático. El debate tiene la apariencia de una discrepancia científica sin más: unos esgrimen las cifras del IPCC —el Panel Internacional de Expertos sobre Cambio Climático creado por la ONU en 1988— y otros acuden a científicos que arguyen que el planeta ha experimentado ciclos parecidos en el pasado remoto y que, simplemente, estamos en uno de esos ciclos. Sin embargo, las apariencias engañan. Detrás del negacionismo climático hay muchas otras razones que no se explicitan y que es necesario desmontar para no dejarse atrapar en trampas dialécticas que son simples trampantojos.
En el aspecto científico no parece haber ninguna duda: el 97 % de los investigadores que publican sobre el clima, y la totalidad de los informes del IPCC, están de acuerdo en que padecemos un cambio climático y que este tiene una causa fundamentalmente antropogénica. Está comprobado que la temperatura media mundial es actualmente 1,55 ºC superior a la de la era preindustrial y que la causa principal son los gases de efecto invernadero, principalmente el CO₂ resultante de la quema de combustibles fósiles. En 1980 se sobrepasaron las 350 partes equivalentes de CO₂ por millón, umbral considerado seguro, y actualmente estamos en 430, muy cerca del umbral de 450, considerado crítico y a partir del cual los cambios en el clima serán irreversibles.
Al margen de otras consideraciones, es correcto entonces el camino que han emprendido muchos países de acelerar una transición hacia las llamadas energías renovables, basadas en el sol, el viento y el agua, y en el uso de vectores energéticos, como las baterías y el hidrógeno verde, que permiten separar en el tiempo la generación y el uso de la energía. Pero hay dos ventajas más de dicha transición, no menos importantes que la prevención del cambio climático: las energías renovables son más económicas y además promueven la autonomía estratégica de los países que las usan. Las naciones que no producen petróleo o gas dependen del suministro y el precio de estos productos que, como se está comprobando en el conflicto de Oriente Próximo, están sujetos a fuertes vaivenes geopolíticos.
Para entender por qué las extremas derechas se han abonado al negacionismo climático, es necesario primero estudiar cuáles son las características principales de la ola reaccionaria global que protagonizan. La primera, la vuelta a un nacionalismo que prima los intereses del país sobre cualquier consideración global. Como consecuencia, también la negación a someterse a las reglas internacionales, ya sean estas en materia de salud, de comercio, de derechos humanos o de resolución de conflictos.
En tercer lugar, la consideración de que el poder pertenece a los fuertes y se legitima por sí mismo: se despoja la realidad de cualquier eufemismo y se esgrime sin complejos la fuerza como única razón. Las agresiones de Estados Unidos a Venezuela e Irán, y muy pronto probablemente a Cuba, lo evidencian: lo hacen porque quieren y pueden hacerlo.
Otra derivada es el ataque a las fuentes de autoridad, ya sean estas la prensa independiente, los jueces no complacientes o la ciencia. La razón de fondo es difuminar la verdad para poder situar sus bulos y mentiras a la misma altura que las opiniones informadas: nada es verdad y todo es opinable.
Y, por último, hay también una reivindicación del brutalismo como forma normalizada de expresión. Se trata de una reacción contra las élites ilustradas, cuyo ejemplo más obvio es el movimiento antiwoke de Estados Unidos. Es una rebelión contra todo lo que suene a progresismo o a políticamente correcto.
En este contexto, el negacionismo climático no puede ni debe entenderse como simple ignorancia o como una opinión científica más distinta de la mayoritaria. Se trata, como la mayoría de las reivindicaciones de la extrema derecha, de una manipulación, de un trampantojo. A continuación, enumero las razones reales.
En el caso de las élites oligárquicas representadas por Trump, la razón principal del negacionismo es geopolítica. Su acción exterior se ha enfocado a controlar el suministro y el precio del petróleo y a garantizar que todas las transacciones sobre él se hagan en dólares: Venezuela vendía petróleo a China y esta pagaba con su divisa. Su cálculo en Irán —obviamente, fallido— era derribar rápidamente a los ayatolás y hacerse con su petróleo. Si pueden controlar el petróleo y su precio —y los países no productores dependen de ello—, tienen garantizada la hegemonía. Las energías renovables van contra ese poder, porque pueden producirse localmente en cada país.
En todas las extremas derechas hay también una razón antiglobalización y de negación de la legalidad internacional: si lo preconiza la ONU, hay que oponerse, porque nadie les va a dictar desde fuera lo que conviene a su país.
Hay, por supuesto, fuertes razones económicas, ya que se han creado enormes intereses ligados a los combustibles fósiles y la energía nuclear. Se trata de inversiones que quieren rentabilizar y que no pueden quedar obsoletas sin más. Sus días están contados, pero lo viejo siempre se resiste a morir.
También hay razones populistas: la negación da votos porque conecta con el temor de algunos ciudadanos a cambiar de costumbres. El espíritu conservador hace que muchas personas quieran continuar con su coche térmico y su calefacción de gas. Consideran que es parte de su libertad. Ningún organismo va a dictarles cómo deben vivir su vida.
Por último, hay una razón antiélites y antiprogresismo: la lucha contra el cambio climático ha sido, en general, abanderada por las izquierdas y las élites ilustradas, que son justo a quienes las extremas derechas combaten. El lema podría ser: “si lo dice la ciencia, los progres y los ilustrados, me cisco en ellos y reivindico mi derecho a la ignorancia y al brutalismo”.
Como se ve, detrás del negacionismo climático hay mucho más de lo que parece. Como en el resto de los trampantojos —por ejemplo, la culpabilización de los inmigrantes o la negación de la violencia de género—, las razones de fondo son otras. Se trata de batallas culturales elegidas cuidadosamente por las extremas derechas para aprovechar la desinformación y los temores de muchos ciudadanos, embaucarles y hacerse con sus votos. Lo que luego hacen con ellos lo ilustran perfectamente los ejemplos ya conocidos, se apelliden Trump, Bolsonaro, Orbán o Milei.
