¿Sabías que quienes han influido más, durante los últimos dos años, en las opiniones políticas de los españoles, a la hora de votar o no, o de manifestar una u otra opinión, son las redes sociales e internet? Concretamente, lo han hecho para el 29,6 por ciento de la población en general. Pero especialmente en la población más joven. Han influido en el 64,8 por ciento de las personas entre 18 y 24; a un 50,5 por ciento, entre las de 25 a 34; y a un 40,6 por ciento, entre las de 35 y 44 años.

Seguido de cerca en esa influencia está el candidato de los partidos políticos, para un 29,5 por ciento de los españoles; la televisión, para un 23,5 por ciento; los familiares y amigos; para un 22,2 por ciento; la radio, para un 16,7 por ciento; y los periódicos, para un 15,5 por ciento.

Cuando hablamos de influencia estamos hablando de poder. De ahí, que sea tan crucial el papel de los medios de comunicación para que los ciudadanos puedan informarse de manera veraz antes de tomar cualquier decisión.

Si bien es cierto que la concentración de los medios de comunicación en grandes grupos económicos está provocando un perjuicio a la democracia que la debilita. Ahora, se está yendo más allá, ante la manipulación masiva que están realizando determinados grupos mediáticos, con todos sus medios tradicionales y fundamentalmente con internet y las redes sociales, para desestabilizar la democracia si está no se arrodilla ante sus intereses de poder económico, político, social y cultural.

En las recientes elecciones presidenciales de Estado Unidos, el prestigioso periódico Washington Post, cuyo dueño es Jeff Bezos, decidió no respaldar a ningún candidato por primera vez en décadas.

Pero más grave aún es la actuación de Elon Musk, firme partidario de Trump. Dos ejemplos. El primero, cuando anunció que haría un sorteo para regalar un millón de dólares al día a los votantes registrados a favor de Trump en los estados en disputa (Pensilvania, Georgia, Nevada, Arizona, Michigan, Wisconsin y Carolina del Norte). Curioso que al final ganara Trump en todos.

El segundo ejemplo, es la utilización masiva de la red social X, de la que es dueño, durante la campaña presidencial a favor de Trump. Según un informe del Center for Countering Digital Hate (Centro para Contrarrestar el Odio Digital, CCDH), al menos 87 de las publicaciones de Musk, de este año, con afirmaciones sobre las elecciones estadounidenses que los verificadores han calificado de falsas o engañosas, acumularon 1.700 millones de visitas.

Este grupo también observó que las publicaciones de Musk generaron el doble de visitas que todos los anuncios políticos de la plataforma juntos durante el periodo electoral, lo que equivale a gastar unos 24 millones de dólares en anuncios de campaña. Una afirmación falsa de Musk sobre los estados indecisos y la “importación de votantes” tuvo 21 millones de visitas.

¿Y qué paso? Gano Trump y la fortuna de Elon Musk aumentó 20.000 millones de dólares tras su victoria, según la revista Forbes.

Pero no solo pasa en Estados Unidos, en las elecciones presidenciales en Rumania, el candidato ultraderechista y prorruso que era prácticamente desconocido y realizó su campaña en redes ganó la primera vuelta con el 22,9 por ciento de los votos.

Estos ejemplos, junto a lo ya sucedido en el Brexit, vienen a reafirmar que las democracias están indefensas ante la manipulación masiva que realizan determinadas élites, con cantidades ilimitadas de dinero y poder, para imponer su voluntad con una apariencia democrática.

Las redes sociales han emergido como un factor determinante en el comportamiento electoral de los ciudadanos en sociedades cada vez más fragmentadas. Si bien es cierto, que ofrecen oportunidades para la participación y la información, se han convertido, como muchos medios tradicionales, en propagadores de desinformación y bulos, que además tienen una gran capacidad movilizadora y de generación de crispación y polarización.

Las democracias deben defenderse. Tienen que actuar ya de manera contundente y coordinada para limitar el poder de estas élites, si no quieren desaparecer.

La concentración de la riqueza en cada vez menos personas, y la evolución del sistema de medios de comunicación está generando un desequilibrio de poder en las democracias del siglo XXI. Para corregirlo y fortalecer la democracia hay que aplicar leyes antimonopolio, una fiscalidad justa y progresiva, y entender la información principalmente como un servicio público, y no como una simple mercancía.

Hay que respetar la pluralidad de la información, la diversidad de los contenidos y una información objetiva y de acceso rápido a los ciudadanos, porque ni el desarrollo tecnológico, ni el incremento de medios y servicios lo garantiza de manera automática.

En ese camino, hay que mantener y desarrollar un fuerte sector público en los medios de comunicación social, asumiendo que se trata de un pilar fundamental para preservar y promover el pluralismo de los medios de comunicación, el diálogo democrático, y el acceso de todos los ciudadanos a unos contenidos de calidad.