Hablemos claro para tomar medias ya. Las redes sociales son el principal elemento de transformación de la comunicación pública en el siglo XXI, y están actuando como vectores de desconfianza sistémica, y como espacios de reconstrucción de legitimidades alternativas, muchas veces alejadas del marco democrático.

Sabemos que incrementan la polarización en sus dinámicas más dañinas, poniendo en riesgo la cohesión social, la legitimidad institucional y la democrática. ¿Por qué se consiente? Es preciso, hoy más que nunca, actuar desde las instituciones democráticas para corregirlo, porque las redes sociales tienen un papel clave a la hora de moldear la opinión pública.

La cosa es seria. Concretamente, un 54,5 por ciento de los españoles utilizan las redes sociales para informarse, un porcentaje muy similar al que había en el año 2023, cuando fue del 54,9 por ciento. Sin embargo, si preguntamos sobre el medio de comunicación social a través del que suelen informarse sobre las noticias de España, un 51,3 por ciento afirma que a través de las redes sociales online.7,2 puntos porcentuales más que el año 2023 cuando era del 44,1 por ciento.

Estos porcentajes muestran la importancia que tienen las redes sociales a la hora de informar sobre las noticias de España. Algo, que es todavía más evidente en las personas más jóvenes donde en el año 2025, el 87,3 por ciento de los jóvenes entre 18 y 24 años, y el 78,5 por ciento de los de 25 a 34 años lo hace de esta manera.

Estos porcentajes contrastan con el grado de confianza que genera en la población la información que dan. Un 71,4 por ciento de los ciudadanos afirma tener poca o ninguna confianza en las noticias que dan las redes sociales.

La utilización de las redes sociales cada vez es mayor y constituye un elemento clave en la transformación del mundo de la comunicación y del espacio público. La intermediación, que hasta hace poco tiempo realizaban los medios de comunicación social tradicionales está dando paso a la utilización de plataformas digitales que tienen un alcance masivo.

Esto está causando una crisis de intermediación de los medios de comunicación social tradicionales y una vulnerabilidad informativa, ya que la mayoría de los ciudadanos carecen de la formación específica para distinguir entre hechos contratados, rumores, bulos y noticias falsas. Más aún en un ecosistema digital donde la velocidad y alcance de todo es global.

Esta nueva realidad supone un cambio de soporte. El dispositivo que principalmente se utiliza para acceder a las redes sociales es el teléfono móvil, un 97 por ciento (94,7 por ciento en 2023), seguido del ordenador portátil, un 27,8 por ciento (20,4 por ciento en 2023); la tableta, un 18,4 por ciento (14,5 por ciento en 2023), y el ordenador de mesa, un 16,7 por ciento (13,8 por ciento en 2023).

Pero también está provocando la aparición de nuevas lógicas de producción, distribución y consumo de la información, con consecuencias profundas en la conformación de las subjetividades políticas, las identidades colectivas y, especialmente, en el grado de polarización de las sociedades.

Así lo evidencia, por una parte, el grado de frecuencia con que se utiliza o suelen entrar en las redes sociales los ciudadanos. Un 86,2 por ciento todos o casi todos los días (84,4 por ciento en 2023). Y, por otra, las redes sociales utilizadas. Instagram un 62,6 por ciento (56 por ciento en 2023); Facebook, un 47,1 por ciento (47,4 por ciento en 2023); Twitter/X, un 31,3 por ciento (42,9 por ciento en 2023); TikTok, un 26,4 por ciento (15,1 por ciento en 2023); Youtube, un 15,7 por ciento (11,7 por ciento en 2023); Linkedin, un 3,5 por ciento (4,3 por ciento en 2023).

Las sociedades democráticas se encuentran en un círculo vicioso que amplifican las redes sociales y refuerza el rechazo hacia los consensos sociales básicos: cuanto mayor es la desconfianza hacia las instituciones, más se recurre a fuentes alternativas no contrastadas, lo que confirma más la desconfianza en las instituciones. Algo que se agrava aún más en contextos de crisis política, económica o social, y que convierte la polarización no solo en un enfrentamiento de ideas, sino en una crisis de legitimidad que amenaza la estabilidad institucional del sistema democrático.

Si sabemos que las redes sociales intensifican la polarización a través de mecanismos tecnológicos que potencian la emocionalidad, la desinformación selectiva, la viralidad y la difusión automatizada de mensajes radicales.

Si sabemos que las estrategias tradicionales, como las campañas educativas, o la verificación de datos resultan insuficientes ante la rapidez y alcance del fenómeno.

Es urgente establecer mecanismos de regulación, supervisión y alfabetización digital que permitan recuperar un espacio público más plural, informado y resistente a la manipulación. Solo así, se aprovechará las potencialidades positivas de las redes sociales y se evitará que sean instrumentos de división y enfrentamiento social al servicio de las élites y el poder.