Trump nunca decepciona. Y mĆ”s ahora, que āDios le ha salvado de la muerteā para sacar a AmĆ©rica de su actual āestado de decliveā y conducirla hacia una nueva āedad doradaā. Este āmandatoā viene sazonado con una retórica imperialista rancia, agresiva y falaz. En su discurso inaugural, Trump declaró el āestado de emergenciaā en la frontera sur, pese a que el flujo migratorio estĆ” en su nivel mĆ”s bajo desde 2020. AdemĆ”s, ordenó reanudar la construcción del muro y la inscripción de los cĆ”rteles del narcotrĆ”fico en el registro de organizaciones terroristas. Para dar mĆ”s carnaza a sus seguidores, rebautizó el Golfo de MĆ©xico como Golfo de AmĆ©rica y reiteró que ārecuperarĆ” el canal de PanamĆ” del control que ahora ejercen allĆ los chinosā.
Esta mezcla atrabiliaria de mentiras, efectismos y amenazas no sorprende a nadie, pero tampoco deberĆa mover a la hilaridad. Trump saca mĆŗsculo con los dĆ©biles. Entre sus primeras órdenes ejecutivas firmadas en un estadio deportivo (luego vinieron otras en el Despacho Oval), destacan la anulación de la aplicación informĆ”tica mediante la cual se podĆa solicitar el permiso de residencia sin agolparse en la frontera y la supresión del derecho de nacionalidad a los hijos de extranjeros sin papeles (medida que va a ser recurrida ante la Justicia en 21 estados).Ā Todo esto es antesala de la deportación masiva de inmigrantes en situación irregular. El Wall Street Journal desveló hace unos dĆas que se preparaba una operación masiva en Chicago (1). El pretor elegido por Trump para ejecutarla, Tom Homan, advirtió al alcalde de la ciudad que āno se pusiera en su caminoā.Ā Al hacerse pĆŗblicos los planes, se arruinó el āefecto sorpresaā y parece que la ejecución se va a demorar.
Otras de las órdenes ejecutivas mĆ”s llamativas, que no sorpresiva, ha sido el perdón de los asaltantes del Congreso en 2021. Aquel espectĆ”culo bochornoso fue instigado por un presidente que nunca ha admitido su derrota en las urnas. La mayorĆa ultraconservadora que domina el Tribunal Supremo lo ha blindado de ese delito como de otros muchos al convertir en impune a un presidente en ejercicio en impune. Una barbaridad jurĆdica que refleja la deriva constitucional. En un paĆs en el que sus mĆ”ximos dirigentes se permiten un dĆa sĆ y otro tambiĆ©n dar lecciones al mundo sobre el estado de derecho, se hace escarnio del principio bĆ”sico de la igualdad ante la ley y de la discrecionalidad del poder ejecutivo la administración prĆ”ctica de la justicia. Al cabo, no sólo Trump ha perdonado a unos delincuentes. TambiĆ©n su sucesor/antecesor ha utilizado este polĆ©mico privilegio presidencial para exonerar a su hijo y a otras personas próximas con la dudosa excusa de protegerlo de su vengativo rival.
Pese a este exhibicionismo de poder con aires absolutistas, hay motivos para dudar si el león serĆ” tan fiero como pretende presentarse. No estĆ” claro si la retórica del 45Āŗ/47Āŗ Presidente es simplemente una manifestación mĆ”s de su compulsivo comportamiento narcisista o si existe un sólido propósito de alterar los fundamentos del orden internacional. Las clases dirigentes de los paĆses aliados, y de los adversarios tambiĆ©n, no consideran resuelto el dilema. Entre las bravuconerĆas y los actos reales hay de momento un espacio de incertidumbre. La retirada del acuerdo de ParĆs sobre el cambio climĆ”tico se daba por descontada. Pero su agenda de aranceles y tarifas aduaneras estĆ” sólo apuntada y falta por definir. Sobre Ucrania no dijo una palabra en el discurso inaugural y mĆ”s tarde lanzó mensajes confusos y contradictorios.
Maggie Haberman es una de las periodistas que llevan mĆ”s tiempo siguiendo a Trump: desde el inicio de su aventura presidencial hace ahora una dĆ©cada. El fin de semana firmaba en el New York Times un largo anĆ”lisis en el que, segĆŗn el testimonio coincidente de mĆ”s de una docena de personas que han estado en contacto con Trump en las Ćŗltimas semanas, el retornado Presidente cree tener ahora un āmandatoā para hacer lo que no supo, no pudo o no le dejaron hacer en su primer periodo en la Casa Blanca (2). Trump, con su pulsión manipulativa habitual, exagera el apoyo electoral recibido. Si bien es cierto que ganó el voto popular, no como en 2016, casi la mitad de los votantes le volvieron la espalda. Obtuvo algo mĆ”s de 77 millones de sufragios frente a los casi 75 millones de su rival demócrata: la diferencia fue de unos 2,3 millones de votos, apenas un punto y medio porcentual de los votantes. Por tanto, solo la alterada presentación de los datos que suele hacer Trump puede inducir a hablar de āmandatoā.
Otro interesante rasgo de este Trump 2.0 es su convicción de haber vencido muchas de las resistencias del establishment a su programa radical de hace ocho aƱos. Ahora piensa que ātodo el mundo quiere ser mi amigoā. Pero su percepción de los centros de poder parece perturbada por su ilimitada vanidad. Su retórica rompedora crea la impresión de estar desafiando el sistema. Nada mĆ”s lejos de la realidad.
En efecto, como aquĆ hemos seƱalado reiteradamente, Trump es mĆ”s bien un producto defectuoso del sistema. En la historia universal, no ha habido un solo Imperio o potencia dominante que no haya soportado lĆderes aparentemente fuera de norma, outsiders, iluminados, dictadores o directamente perturbados. La confusión o desconcierto de los contemporĆ”neos suele explicarse por la violencia de sus actuaciones mĆ”s que por su motivación profunda de socavar los cimientos del equilibrio de poder. El Imperio Romano tuvo su momento CalĆgula y sus Ć©mulos restauradores del Sacro Imperio Romano-GermĆ”nico arrastraron varias generaciones de monarcas incapaces, caprichosos y autoconvencidos de que sus decisiones estaban ungidas por inspiración divina. El propio Hitler se apoyó en la Ć©lite industrial-militar para convertir casi en eterno (el Reich de los mil aƱos) un designio de supremacĆa nacional y racial frente a la amenaza judeo-bolchevique. Stalin corrompió las bases de la revolución soviĆ©tica llevando al paroxismo el autoritarismo leninista, no para propiciar la revolución proletaria internacional sino para restaurar el nacionalismo decadente de los zares con otra retórica. Algo que algunos han querido ver ahora, con retorcida intención, en las polĆticas de Putin.
Trump retoma el viejo discurso del ādestino manifiestoā que los grandes industriales de finales del siglo XIX invocaron para consagrar a Estados Unidos como el imperio emergente y triunfante frente a la decadencia europea. Quiere volver a Ć©l. No por casualidad utiliza el mismo concepto de āedad doradaā (Gilden Age) como divisa de su segunda etapa presidencial. Pero hay mĆ”s.
La creciente invocación a Dios (āa nuestra religiónā, dijo el lunes) conecta con la inspiración teocrĆ”tica implĆcita en el sistema norteamericano de gobierno y legitimación de las dominaciones internas y externas. Que un pagano como Trump exhiba este momento San Pablo refleja la verdadera naturaleza de sus intenciones. La confirmación de la división clĆ”sica de gĆ©neros y la revocación de los derechos trans va en este sentido de moralina impostada. Al seƱalar este 20 de enero como el ādĆa de la Liberaciónā anticipa un discurso redentor de los abusos cometidos por las āĆ©lites burocrĆ”ticasā que han āextraĆdoā el alma del paĆs a sus legĆtimos dueƱos, esos ciudadanos que viven con el empeƱo de mejorar su vida, o de enriquecerse, por quĆ© no, apelando a la Ć©tica de los evangelistas y otras ramas del protestantismo triunfante.
Lo paradójico del trumpismo, construido a golpe de improvisación y adaptación permanente, es que ha edificado su auge electoral y social apelando a los derechos de las mayorĆas frente a unas minorĆas rapaces. Trump no tiene un programa (y mucho menos una trayectoria) obrerista. Se aprovecha de la frustración de las masas obreras y rurales. Que un empresario enriquecido por prĆ”cticas acreditadamente fraudulentas haya sido capaz de convertirse en intĆ©rprete del malestar de las capas menesterosas es algo que se viene estudiando desde hace aƱos. Hitler manipuló a millones de obreros y empleados alemanes, pero su extracción social era pequeƱo-burguesa: plebeya, a los ojos de los grandes industriales, banqueros y residuos de la casta nobiliaria.
Para reconstruirse y recuperar el poder ejecutivo, Trump se sirve de las Ć©lites a las que dice denostar, sean judiciales, económicas o polĆticas. Ha usado los recursos del sistema constitucional para componer un Tribunal Supremo y una red de juzgados afines con la mecĆ”nica de la designación a dedo. Ha seducido a los multimillonarios de la nueva economĆa o sector tecnológico para consagrar sus privilegios monopolistas a cambio de engrasar su costosa campaƱa sin fin. Ha renunciado a crear un nuevo partido que ordene ese tiempo dorado que anuncia, para apropiarse del mĆ”s antiguo, tradicional y convencional del paĆs.
AsĆ las cosas, para los que no somos estadounidenses, cabe preguntarse cómo nos podemos defender de un falso profeta mĆ”s (valga el pleonasmo). Y, sobre todo, hasta dónde llegarĆ” este presidente mesiĆ”nico. Como dice la muy veterana periodista Karen Tumulty, hay que estar āatentos a lo que hace, no nos distraigamos con lo que diceā (3). La clave estarĆ” de nuevo en los lĆmites que le pondrĆ” el poder real, sin rostro, sin brillo, sin focos, pero con plena conciencia de sus intereses.
NOTAS
(1) āTrump to Begin Large-Scale Deportations Tuesdayā. THE WALL STREET JOURNAL, 17 de enero.
(2) āTrump Aims for Show of Strength as He Returns to Powerā. JONATHAN SWAN & MAGGIE HABERMAN. THE NEW YORK TIMES, 20 de enero.
(3) āWatch what Trump does. Donāt get distracted by what he saysā. KAREN TUMULTY. THE WASHINGTON POST, 21 de enero.
