La función del exPresidente del Gobierno en España es difícil de ejercer.

Los exPresidentes viven una situación paradójica. Han acumulado unos conocimientos y una experiencia impagables durante los años de gestión gubernamental. Al margen ya de presiones insoslayables y de urgencias perentorias, cuentan con la mejor perspectiva para analizar y resolver problemas. Sin elecciones a las que concurrir y sin aliados a los que deberse, se saben, además, libres para opinar conforme a lo que les dicta la conciencia en cada momento. Pero ya no mandan.

A la vez, sufren la incomodidad de la repercusión no buscada para sus presencias, sus palabras, sus silencios, sus gestos. Es lo que Felipe González denominó con verdadero ingenio “el síndrome del jarrón chino”, al que todos consideran de valor, pero al que la mayor parte no sabe dónde colocar para que no moleste. Y es que, en demasiadas ocasiones, de forma voluntaria o involuntaria, sus salidas a escena acaban ofendiendo a los propios, a los ajenos, o a unos y otros.

Tampoco hay un patrón homogéneo y pacífico para esta figura en el resto del mundo. Algunos exPresidentes acaban en una especie de atalaya de respetabilidad, limitados a escribir sus memorias, a dictar conferencias sobre la historia o al gran Consejo de Estado, signifique eso lo que signifique. En otros lares, los exPresidentes se mantienen en el juego político, entrando y saliendo de los gabinetes de Gobierno con naturalidad. Y los hay que salen para no volver y dedicarse a tareas privadas o públicas absolutamente ajenas al ejercicio del poder.

En nuestro país hemos tenido de todo. Suárez se resistió a salir de manera definitiva y pretendió volver, sin éxito. Calvo-Sotelo desapareció con aparente gusto de la escena pública. González siguió y sigue sentando cátedra sobre la vida pública, con mayor y menor fortuna y comprensión. Aznar y Rajoy juegan a seguir influyendo, más abrupto el primero, más sutil el segundo.

Zapatero lo borda.

Durante sus primeros tiempos como ex mantuvo una conducta discreta, respetuosa con su sucesor en el cargo, de un partido distinto, además. Respetuosa también con quienes habían asumido el liderazgo en su propia formación política y merecían todo el espacio protagonista para hacerse entender.

Pero, pasado ese primer momento de contención obligada y cortés, Zapatero ha decidido dedicar su experiencia y su sapiencia, ambas en gran cantidad, al servicio de sus ideas y de su país. Y cuanto más crítico es el momento para sus ideas y para su país, mayor es su implicación y más notable es su compromiso.

Además del crédito de la experiencia vivida, del compromiso demostrado y de la inteligencia acreditada, Zapatero cuenta con la baza de quien actúa sin pedir nada y sin esperar nada, ni cargo, ni salario, ni poder. Habla desde la posición de quien lo tiene todo demostrado ya, y resulta evidente que solo persigue como interés el interés general.

En estos años como ex, Zapatero se ha implicado en muchas batallas, aquí en casa y en otros continentes. En batallas de grandes titulares y en batallas menos notorias, pero igual de justas. En algunas batallas entendidas y aplaudidas por muchos, y en otras batallas con menos comprensiones y aplausos. Pero siempre hay una constante: son batallas en las que la gente gana, en libertad, en derechos, en progreso, en justicia social, en paz.

Se ha especializado en dos ámbitos, sobre todo, que tienen mucho que ver con algunos de los mayores éxitos de su gestión al frente del Gobierno: la conquista de derechos para las mujeres y para las minorías, y la mejora de la convivencia en relación con los conflictos territoriales.

Siempre en el sentido de resolver problemas, y no caer en la tentación de agravarlos en provecho propio. De fomentar el encuentro para el diálogo y el acuerdo en el que ganen todos, y no la confrontación que depara ganadores y perdedores. De acudir a las armas de la política y no a otras armas, a hora de solventar conflictos.

En estos meses difíciles, la presencia valiente, la implicación pedagógica, las metáforas, la ironía, la contundencia de Zapatero, han contribuido decisivamente a que sus ideas y su país hayan superado algunas pruebas trascendentes, de esas que te pueden lanzar hacia adelante o pueden hacerte retroceder décadas en el tiempo histórico.

La explicación pública sobre los indultos y sobre la amnistía también, sí.

Reconozcamos que aquello del talante ante la tormenta y aquello del optimismo obstinado de la voluntad, ponía nerviosos a unos cuantos en el tiempo posterior a su elección inesperada como líder socialista…

Hoy, Zapatero es un ex con reconocimiento, gratitud y afecto plenamente vigentes. Y merecidos.