La desinformación no es algo marginal ni anecdótico (LA VERDAD NO ESTÁ MURIENDO, LA ESTÁN MATANDO | Fundacionsistema). En España, la mayoría de la ciudadanía cree que circulan muchos bulos, está preocupada por ellos y señala que amenazan la convivencia y la democracia.

Ahora bien, al hablar de bulos hay que dar un paso más, porque la desinformación no solo engaña, sino que manipula y reconduce emociones, fabrica sospechas, señala culpables y pretende convertir determinadas diferencias sociales, culturales o políticas en palancas para la proliferación de discursos de odio.

Es una amenaza cada vez más visible. El 90,9 % de los españoles cree que la desinformación contribuye mucho o bastante a manipular la opinión pública, según la encuesta sobre desinformación y humor realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). El 86,5 % cree que contribuye a crear polarización política. El 86 % señala que genera conflictos de convivencia en la sociedad y el 79,7 % que erosiona la estabilidad de los Estados y sus instituciones.

Un bulo es una mentira, y su eficacia depende también de los efectos que esa desinformación provoca en quien la escucha o la ve. Su propósito no se reduce a poner en duda un hecho concreto, sino que pretende debilitar la confianza en los que dicen la verdad, que una persona dude de una institución, sospeche de un colectivo, rechace una política pública o perciba como enemigo a quien no piensa como él.

Por eso, la desinformación es peligrosa para la convivencia cuando altera los hechos, pero más aún cuando reorganiza emocionalmente la realidad, señalando quién tiene la culpa, quién amenaza nuestra forma de vida o quién no merece confianza.

La desinformación y el bulo dividen, pero cada vez más fijan enemigos e incitan al odio. El 77 % de los españoles cree que la desinformación contribuye mucho o bastante a incitar al odio hacia los inmigrantes. El 76,2 % cree que ayuda a considerar como enemigo a quien piensa políticamente diferente. El 74,7 % considera que contribuye a restar importancia a la violencia de género. Y el 74,3 % cree que incita al odio hacia personas por su identidad sexual, religiosa u otras características similares.

Los bulos no caen del cielo, ni inventan siempre el odio, aunque pueden reforzarlo, legitimarlo o aumentar la intensidad de su circulación. Con los datos anteriores, se comprueba que en muchas ocasiones se infiltran en conflictos sociales previos, en prejuicios ya existentes o en debates públicos muy polarizados. Así, pueden presentar a los inmigrantes como amenaza, relativizar la violencia contra las mujeres, ridiculizar a minorías o transformar al adversario político en un enemigo.

Ahí está el salto más peligroso para la convivencia: cuando la discrepancia deja de entenderse como parte normal de la democracia y empieza a vivirse como una amenaza existencial. Pensar diferente no debería convertir a nadie en enemigo. Y, sin embargo, siete de cada diez españoles consideran que la desinformación contribuye precisamente a eso.

En este punto surge la pregunta de si todo el mundo opina lo mismo en relación con la desinformación y los bulos. Del análisis de los datos del CIS se observa:

  • Las mujeres tienden a percibir con mayor intensidad los efectos dañinos de la desinformación, especialmente cuando se relacionan con odio, discriminación o violencia. El 82 por ciento considera que la desinformación contribuye mucho o bastante a incitar al odio hacia los inmigrantes, frente al 71,8 por ciento de los hombres. El 79 por ciento al odio por identidad sexual o religiosa, frente al 69,3 por ciento de los hombres. El 80,5 por ciento a restar importancia a la violencia de género, frente al 68,5 por ciento de los hombres.

En la dimensión institucional, las mujeres muestran también una percepción mayor del problema. El 84,2 por ciento considera que la desinformación erosiona la estabilidad de los Estados e instituciones, frente al 75% de los hombres.

  • Por edad, los jóvenes son muy sensibles a la desinformación, especialmente en lo relativo a la hostilidad política, la convivencia y la discriminación. Entre quienes tienen 18 a 24 años, el 89,1 por ciento cree que la desinformación contribuye a ver como enemigo a quien piensa políticamente diferente. El 83,2 por ciento que incita al odio por identidad sexual o religiosa. Y el 92,1 por ciento que genera conflictos de convivencia.

El contraste con las personas de 75 años o más es llamativo: en este grupo, el 62,6 por ciento cree que la desinformación contribuye a considerar enemigo al diferente políticamente. El 69,1 por ciento la vincula con el odio por identidad sexual o religiosa, y el 78,2 por ciento con los conflictos de convivencia. Una creencia mayoritaria, pero menor.

  • Por nivel de estudios, el 91 por ciento de quienes tienen estudios superiores creen que la desinformación contribuye a crear polarización política, frente al 78,4 por ciento de quienes tienen estudios primarios. El 82,3 por ciento de las personas con estudios superiores cree que contribuye a considerar enemigo a quien piensa políticamente diferente, frente al 67,2 por ciento entre quienes tienen primaria.

Sin embargo, en otros indicadores la pauta cambia: el 83,4 por ciento de quienes tienen estudios primarios cree que la desinformación contribuye a restar importancia a la violencia de género, mientras que entre quienes tienen estudios superiores el porcentaje se sitúa en el 72,5 por ciento.

  • Por clase social, la clase trabajadora, obrera o proletariado ve con más intensidad los efectos dañinos de la desinformación. El 95,6 por ciento cree que manipula la opinión pública; el 89,8 por ciento que erosiona la estabilidad de los Estados e instituciones; el 88,1 por ciento que incita al odio hacia inmigrantes; el 85,8 por ciento que fomenta el odio por identidad sexual o religiosa; y el 85,5 por ciento que contribuye a restar importancia a la violencia de género. En contraste, en la clase baja o pobre el 69,7 por ciento vincula la desinformación con el odio hacia inmigrantes; el 67,3 por ciento con el odio por identidad sexual o religiosa; y el 69,9 por ciento con la relativización de la violencia de género.
  • Las diferencias más claras aparecen en la autoubicación ideológica y el recuerdo de voto, donde se cree mayoritariamente que la desinformación es un problema, pero se perciben los efectos con distinta intensidad. Las posiciones de izquierda identifican con mucha más fuerza la relación entre desinformación y odio social y político. El 95,2 por ciento de quienes se ubican en la posición 1 y el 96,2 por ciento de quienes se sitúan en la posición 3 creen que la desinformación incita al odio hacia los inmigrantes. En cambio, el porcentaje baja al 55,2 por ciento en la posición 8 y al 57,6 por ciento en la posición 10.

Algo parecido ocurre con el odio por identidad sexual o religiosa, que también muestra una fuerte brecha ideológica. En la posición 1, el porcentaje alcanza el 94,8 por ciento; en la posición 3, el 95,1 por ciento; mientras que en la posición 10 cae al 48,6 por ciento. En violencia de género, el 95,6 por ciento de quienes se ubican en la posición 3 cree que la desinformación contribuye a restarle importancia, frente al 54,8 por ciento en la posición 7 y el 59,9 por ciento en la posición 10.

  • Por recuerdo de voto, la izquierda percibe con mayor intensidad la relación entre desinformación, odio y violencia simbólica. Entre los votantes de Sumar, el 96,4 por ciento considera que la desinformación incita al odio hacia los inmigrantes, y entre los del PSOE, el 91,8 por ciento. En cambio, el porcentaje desciende al 61,2 por ciento entre los votantes del PP y al 50,9 por ciento entre los votantes de Vox.

En relación con el odio por identidad sexual o religiosa, los porcentajes son del 95,8 por ciento entre los de Sumar; 89,1 por ciento entre los del PSOE; 58,8 por ciento en los del PP y 52 por ciento en Vox. La misma estructura aparece en la violencia de género: un 94 por ciento entre votantes de Sumar; 91 por ciento entre los del PSOE; 59,1 por ciento entre los del PP y 48,4 por ciento entre los de Vox.

También en la creencia de que la desinformación convierte al que no opina como tú en enemigo: un 94,8 por ciento de los de Sumar opina así; un 86,2 por ciento entre los votantes del PSOE; el 65,8 por ciento en los del PP y 63,6 por ciento en Vox.

En definitiva, la gente cree de forma mayoritaria que la desinformación daña la democracia, pero ese diagnóstico no es uniforme. Hay un amplio consenso sobre su capacidad para manipular la opinión pública, polarizar y generar conflictos. Sin embargo, cuando el análisis entra en terrenos más sensibles —como inmigración, violencia de género, identidad sexual, religión o política— aparecen diferencias por género, edad, clase, ideología y voto.

Cuando el bulo se convierte en odio, la democracia no solo pierde información verdadera. Pierde confianza, convivencia y capacidad para reconocerse en un espacio común. Y, llegados hasta aquí, el siguiente paso será preguntarse no solo qué efectos produce la desinformación, sino quién la fabrica, quién la amplifica y quién se beneficia de que dejemos de confiar unos en otros.