Hace escasas semanas, la patronal de la pequeña y mediana empresa CEPYME, integrada dentro de la CEOE, hizo una asamblea general. En ella presentó un manifiesto “Por la libertad empresarial” suscrito por sus organizaciones territoriales. Tanto el presidente de estas organizaciones, Gerardo Cuerva, como la presidenta de la Comunidad de Madrid, utilizaron la presentación del manifiesto para denunciar el intervencionismo gubernamental y la estigmatización de los empresarios que, según ellos, práctica el Gobierno de España, haciendo una llamada a defenderse frente a los ataques que vienen sufriendo.

Hasta tal punto llegó el entusiasmo antigubernamental que este responsable empresarial no pudo dejar de denunciar “que hoy este Gobierno adopta comportamientos comunistas”, para a continuación, dejar paso a la presidenta madrileña, que acusó al presidente Sánchez de estalinista.

Es de sobra conocido, las ganas de influir de las patronales cuando no les gusta quienes gobiernan. Desde la transición aquí hay infinitas muestras de ello.

Nadie duda de que el diálogo social, del que ellos son una parte fundamental, ha sido una herramienta muy positiva para nuestro país. Desde aquel Acuerdo Básico Interconfederal de 1979, que permitió la aprobación del Estatuto de los Trabajadores, hasta los diferentes acuerdos firmados en los últimos meses, los beneficios sociales han sido grandes y la paz social, impagable.

Pero una cosa es la cultura de ese marco negociador permanente, y otra los vaivenes que dan esas organizaciones cuando el Gobierno no forma parte de su, digamos, corriente ideológica.

Desde el principio de la transición, recién formada la CEOE en 1977, ya sus dirigentes se enfrentaron al Gobierno de Suárez. Los parabienes con que recibieron a Fuentes Quintana como ministro de economía pronto se tornaron en abiertas críticas por la reforma fiscal. Aunque no tuvieron otra opción que tragarse los Pactos de la Moncloa, les costó mucho hacer la digestión de ellos. La campaña que pusieron en marcha en estos años,” Reaccionemos”, con asambleas y mítines por todo el país en defensa de la libertad de mercado y la reafirmación empresarial para presionar al Gobierno de UCD y poder conseguir una interlocución privilegiada tuvo enorme repercusión.

La vinculación con los postulados que defendía Fraga Iribarne a través de Alianza Popular eran motivos suficientes para mantener aquellas diferencias, que en algún caso se manifestaban de forma estrambótica, como aquellos carteles de una manzana de la cual salía un gusano con una hoz y un martillo representando el marxismo del PSOE en las elecciones de 1982, y que fue difundida por el empresariado andaluz.

Con la subida del PSOE al poder, en 1982, y la posterior entrada de José María Cuevas como presidente de la CEOE, las relaciones cambiaron. Con la derecha y el centro derecha en crisis, los acuerdos confederales surgieron (cinco), y su posición favorable a la entrada en el Mercado Común permitió una imagen de unidad que hasta entonces era inconcebible.

Con los gobiernos de Felipe González el diálogo social permanece y se impone la “línea Cuevas”, que mejoró la interlocución dentro de unos límites muy marcados, pero sin estridencias. La etapa de Aznar como presidente siguió con los hábitos definidos en gobiernos anteriores y es el momento donde, seguramente, la patronal se sintió más cómoda con el Gobierno.

La desaparición de Cuevas cambia la perspectiva y es el nuevo presidente, Gerardo Diaz Ferraz, (2007/10, que fue detenido y acusado de alzamiento de bienes y blanqueo de capitales, y condenado en 2015 a cinco años y medio de cárcel por el vaciamiento patrimonial del Grupo Marsans), quien mantiene un hostigamiento continuo contra el Gobierno socialista de entonces. “Si es que es cojonuda” fue una de sus muchas perlas, cuando Esperanza Aguirre hacia una crítica despiadada contra los sindicatos en junio de 2009, o “la situación económica en España no es la gran crisis internacional, sino los años de gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero” en declaraciones públicas ante los medios de comunicación.

Cuando el respeto institucional funciona tanto desde el ámbito sindical como patronal, el país lo asiente, pero cuando se entra en el fragor de la confrontación de la mano de personajes que hacen de “perejil en todas las salsas”, el país se resiente, y eso no es bueno para nadie.

Es posible  que no fuera su mejor día para Gerardo Cuerva, lo dudo, pero a pesar del posible resentimiento que su organización tenga porque el Gobierno haya abierto la representación a otras organizaciones de PYME, en algunos organismos consultivos que tienen amplia presencia en algunos territorios, (como PYMEC en Cataluña) la profesionalidad, la independencia, el respeto y la  reivindicación no pueden subordinarse ante el discurso fácil, intencionado y grosero que en esa asamblea se pronunció. Así no se construye país. Esa no es la mejor forma de defender a los empresarios.