La selección española de fútbol masculino lo ha vuelto a hacer. La Roja ha traído la alegría de nuevo a todo un país. Lo ha hecho siguiendo la estela de la selección femenina, que el año pasado consiguió traer una copa del campeonato del mundo que a muchas nos supo a igualdad, colocando el fútbol femenino en lo alto de la cima, con todo el aprendizaje social que eso significa para los miles de niñas y niños que aman ese deporte, lo practican, lo viven y se divierten en las escuelas, los barrios y las plazas. La igualdad en unas botas de fútbol. Fabulosa imagen. Ahora la selección masculina ha conquistado un campeonato de Europa que sabe a antirracismo y a inclusión, amparo y acogida, que sabe a ese país mejor, diverso e integrador, a ese país plural que es la España real, no la que tienen en la cabeza algunos señoros.

La cuarta victoria de La Roja en la Eurocopa ha coincidido en el tiempo con la negociación sobre el reparto de niños y niñas migrantes entre las Comunidades Autónomas que propone el Gobierno de coalición. Un asunto en el que se han visto sin trampa ni cartón las miserias de una ultraderecha racista, que señala y criminaliza a los menores migrantes y carga contra los derechos humanos de la infancia; y de una derecha ultra pepera que rechaza el reparto por ley de menores migrantes, provocando vergüenza porque cada vez se aleja más de postulados de decencia democrática y se acerca, mimetiza y hace suyos los mensajes que difunde lo peor de la fachosfera. La portada de El País del 10 de julio era pura justicia poética, un retrato bárbaro de la miopía absoluta que supone negar derechos de acogida a las personas migrantes. Tenía dos grandes titulares en liza, “Las autonomías del PP rechazan el reparto por ley de los menores inmigrantes” y “Lamine lleva a España a la final”, con una fotografía del futbolista de la selección celebrando el gol que metía a España en la final, que ocupaba casi media página. Lamine es hijo de una mujer ecuatoguineana y de un hombre marroquí, nacido en Esplugas de Llobregat y criado en un barrio obrero de Mataró, de esos a los que los ultras tildan de “estercolero multicultural”. En el primer titular, lo que la política del principal partido de derechas de la oposición ofrece actualmente. En el otro, lo que los seres humanos pueden dar de sí cuando en lugar de ser perseguidos, maltratados y expulsados, son acogidos y tienen la oportunidad de desarrollarse en comunidad. No todas las niñas y niños se volverán deportistas de élite, pero todas y todos −hayan o no nacido en nuestro país− merecen la oportunidad de crecer en paz y poder convertirse en jóvenes y adultos que contribuyen a crear país. Los valores de solidaridad y acogida, de cooperación, inclusión y respeto y protección de los derechos humanos son los que han hecho grande a Europa. Del mismo modo enriquecen nuestro país y nuestra cultura, y dan valor humano a nuestra democracia.

No soy futbolera, pero la noche de la final me divertí de lo lindo viendo jugar a este equipo. Soy una más de ese 80% que afirmó en una reciente encuesta publicada en El País, que estaba muy de acuerdo con la idea de que la multiculturalidad de la sociedad española ha mejorado a nuestra selección de fútbol y coincido también con ese 76% que se siente identificada con esta selección. Esta es la España real, la que trabaja y contribuye a mejorar nuestro país cada día del año. Una España multicultural, diversa, plurinacional, mezclada y que debe ser inclusiva e igualitaria, porque la democracia se basa fundamentalmente en el respeto a los derechos humanos de todas las personas que hay en una sociedad.

“Los jugadores corren como sobre patines o como figuras de ballet”, escribía Benedetti en una frase de su célebre cuento El Césped. Y efectivamente así vi a nuestros jugadores durante todo un campeonato en el que no han perdido ni uno solo de los partidos disputados. Un equipo de jugadores magníficos. Un equipazo que es tan grande, que han metido gol 10 de los 26 convocados al torneo. Es palmario que la cooperación, el juego de equipo, la imaginación y la integración de todos ellos como piezas hábiles de un solo organismo es lo que ha llevado tan lejos a esta selección.

Repito de nuevo que no soy futbolera, pero disfruté el partido de final de Copa como una “perrilla gozosa”. Que marque en la final un chico de Pamplona −cuyos padres vinieron de Ghana a pinrel, atravesando el desierto del Sahara y saltando la valla de Melilla− y un vasco de Éibar, de los de 8 apellidos; que un chavalito de Terrassa saque un gol cantado de nuestra portería o que ese chaval catalán de Esplugas, criado en un barrio obrero de Mataró de código postal 304, de origen marroquí y ecuatoguineano, sea reconocido el mejor jugador joven de todo el campeonato no tiene precio. Al facherío clasista patrio le tuvo que explotar la cabeza.

Me alegro de los éxitos que conseguimos como país con esfuerzo colectivo en todos los ámbitos, contribuyen a mejorar la vida de la gente. La imagen de diversidad y convivencia de nuestros equipos deportivos es el reflejo del país que somos y ayuda a combatir el odio, el racismo y la desigualdad. La alegría que proporciona los éxitos de La Roja aporta positividad y esperanza.