En las sociedades de nuestro tiempo tienen lugar debates que se encuentran tan encapsulados en el universo de intereses y contenciosos de los que están implicados en ellos, que el público general es incapaz de entender lo que algunos analizan y/o proclaman, ni por qué.
Desde que me nombraron Presidente del CIS, yo también me he visto envuelto -o han intentado que me vea envuelto- en varios debates de este tipo, a los que no me he dejado arrastrar por razones diversas, entre otras por la propia naturaleza de mis responsabilidades como Presidente del CIS.
Pero no oculto que hay algunos asuntos de los que me ocuparé en cuanto deje de ser Presidente de esta prestigiosa institución. Y lo haré, no solo para restablecer la veracidad de determinados hechos y aclarar el alto grado de rigor y objetividad con la que se realizan los trabajos demoscópicos en el CIS, sino también porque no puedo -ni debo- dejar de explicar algunas de las razones y presentaciones realmente cómicas en las que algunos se han ido metiendo, arrastrados por su furia anti-“CIS de Tezanos”. Por eso, el libro que ya tengo escrito en buen parte –“El CIS de Tezanos”- es una obra de carácter cómico, en gran medida. Pero no solo.
Un furor prematuro
Aunque a lo largo de mi vida académica y política he tenido bastante relación con el CIS y sus tareas, como es habitual entre la mayor parte de los Catedráticos/as de Sociología y Ciencia Política, y he participado en muchas de sus actividades desde el mismo momento fundacional del IOP, con el profesor Salustiano del Campo, como su principal figura matriz, la verdad es que nunca pensé, ni me imaginé, ni deseé, que yo mismo acabara siendo Presidente de esta institución, en la que en varios momentos apoyé el nombramiento de otros prestigiosos Catedráticos de Sociología.
Debido a tales circunstancias profesionales, personales y políticas, no entendí bien las razones de algunas de las críticas que me llovieron inmediatamente después de que el Presidente, Pedro Sánchez, me encomendara tal función, y se hiciera efectiva mi toma de posesión como Presidente del CIS, sin que tuviera ni siquiera tiempo a que yo llegara a presentarme en la sede del CIS, en la calle Montalbán.
El furor crítico inicial de los partidos de la derecha contra mi nombramiento me pareció en principio algo relativamente lógico y/o comprensible, debido al malestar que arrastraban después de todo lo ocurrido en torno a la moción de censura que les había desplazado del Gobierno.
Sin embargo, me costó un poco más entender otras razones esgrimidas, sobre todo, por un sector bastante minoritario, y de escaso recorrido académico, de la Sociología y la Ciencia Política, cuya emergencia había sido patrocinada por una Fundación con oscuras resonancias histórico-políticas, que prefiero obviar aquí. Pero que a mí no me había prestado ninguna atención crítica hasta que fui nombrado Presidente del CIS, pese a las muchas historias de sectarismo que circulaban sobre este grupo en los ámbitos académicos.
Por eso, me quedé un tanto sorprendido -no solo yo- por las reacciones iniciales de algunos voceros de este grupúsculo académico, que a mí me parecían que estaban más volcados en el ámbito de la comunicación y las tareas propias de tertulianos y similares, que en el campo de la producción científica y académica. De hecho, no se conoce ninguna obra ni investigación relevante y de entidad de tal grupo de activistas de la Ciencia Política y la Sociología. Debido a ello, la verdad es que no presté mucha atención a sus comentarios críticos y despectivos iniciales sobre mi nombramiento para dicha Presidencia, suponiendo que determinadas reacciones se podían deber a que algunos se habían visto, quizás, frustrados en sus expectativas personales respecto al CIS. Algo que no resultaba totalmente disparatado, debido a determinadas circunstancias, antecedentes y ambiciones personales.
Más extraña y disparatada -casi surrealista- me resultó la entrevista que me hizo uno de los activistas de ese grupo, que ni siquiera es sociólogo, ni ha hecho estudio alguno en esa materia, y que desconozco incluso si ha llegado a obtener el título de Doctor, pero que en dicha entrevista (surrealista) me confesó que era ingeniero industrial, o eso recuerdo, y aficionado al “manejo de los números” (sic). Todo ello, después de que intentara que yo me pusiera un gorro de cocinero y dejara que me hicieran unas fotos de esa guisa en la pequeña cocina-comedor que existe en la última planta del CIS, para el uso de aquellos empleados que se llevan la comida y la calientan en el horno microondas que hay a su disposición en ese espacio.
En cualquier caso, mi sorpresa fue mayúscula cuando leí el resultado de aquella entrevista surrealista publicada en las páginas del periódico que había llegado a calificar a Pedro Sánchez en un editorial como un “insensato sin escrúpulos”[1] cuando yo formaba parte del equipo que le apoyaba en su apuesta por intentar regenerar y potenciar el proyecto político del PSOE. Por eso, cuando leí aquella disparatada entrevista, que contravenía todas las normas y criterios del buen periodismo e incluso del respeto a las personas, llegué a dudar incluso si tal periódico podría en algún momento volver a retomar la senda de ese tipo de antisanchismo tan reactivo como primario.
De hecho, con el tiempo me he acabado acostumbrado a que de determinados medios de comunicación se puede esperar cualquier cosa. Así que durante los seis años que llevo al frente del CIS, y con un largo recorrido de vivencias académicas y sociopolíticas, casi no me dejo de sorprender por nada. Por eso, he terminado por situar determinados análisis y comentarios en el mismo espectro de cuestiones relacionadas con la impugnación crítica del actual gobierno de Pedro Sánchez.
Los cuestionamientos y denuncias de Vox, del PP, y de otros grupúsculos franquistas y de extrema derecha no son sino una manifestación, un tanto elemental e infantil, de la típica pulsión por “matar al mensajero”. Es decir, cuando el CIS hace y publica -todo lo que se hace se publica- una encuesta en la que determinados partidos no salen muy bien parados, algunos recurren a un mecanismo primario de reacción proyectiva y atribuyen al CIS casi toda la responsabilidad (anticipada) de que ellos pierdan elecciones -¡qué disparate!-. O que las pierden porque el CIS lo dice y después unos electores disciplinados “obedecen” los designios apuntados por el CIS. Y no se rían, por favor, porque hay personas que parece que piensan esto. Y, si no, ya me dirán cómo explicar tanta furia y tantas denuncias (más de 80 hasta la fecha). Ya que es evidente que si el CIS hiciera tan mal -y con tan mala intención- las encuestas como ellos sostienen, con el paso del tiempo y con el contraste de tantas evidencias, ya nadie difundiría ni se fijaría en los datos del CIS. Y sus “estimaciones” -ojo, no “pronósticos”- no merecerían atención alguna. Ni siquiera para cuestionarlos.
Lo cual me lleva directamente a analizar las contumaces y recurrentes razones de ese grupo de sociólogos y politólogos-comunicólogos, que tanto coinciden con las intenciones de las derechas políticas y sociológicas en su furor crítico contra el “CIS de Tezanos”.
En este caso, es evidente que nos encontramos ante una mezcolanza de motivaciones, posibles frustraciones y otros elementos complejos conectados con las trayectorias académicas personales, los rasgos de ciertas personalidades (que no conozco), los deseos de hacerse con “huecos temáticos” en ciertos medios, por los que cobran sus colaboraciones periodísticas, y posiblemente algunos -¿legítimos?- intereses empresariales orientados a quitarse “la competencia” que el CIS puede suponer para empresas privadas que piensan que sin el CIS aumentaría su cuota de mercado en la realización de encuestas. Por eso, algunos impugnan incluso la razón de ser del CIS, argumentando que España es prácticamente el único país del mundo que tiene un centro oficial (en realidad es un organismo autónomo) dedicado a hacer y difundir encuestas. Lo cual no es cierto. Ni a nivel nacional, ni a nivel supranacional. ¿O es que algunos no se han enterado de que en Europa tenemos los Eurobarómetros? ¿Por qué no intentan enterarse del dinero que nos gastamos en la Unión Europea en hacer este tipo de encuestas? Algunas de ellas, además, con carácter “reservado”, por razones obvias.
Pero vayamos al fondo de las críticas. ¿Qué se alega contra mí y el “CIS de Tezanos”? En el fondo, la principal crítica que algunos hacen se relaciona con mi filiación política. Es decir, se sostiene que no solo soy del PSOE -desde hace muchos años además-, sino que incluso he ocupado varias veces puestos en diversos períodos de tiempo en la Comisión Ejecutiva Federal del PSOE, en el Comité Federal, en el Comité Regional de Madrid y en mi Agrupación local (entre ellos el de Presidente de ASU, la Agrupación Socialista Universitaria).
Y, además -sostienen ciertos Torquemadas con gran indignación-, suelo hacer públicas mis ideas y escribo artículos explicando mis opiniones en una revista mensual de pensamiento y análisis social y político, que dirijo desde hace cerca de 30 años y en la que tengo una sección titulada “El pulso de la calle”. Algo muy conectado evidentemente con mi vocación y mi trayectoria de sociólogo que ha realizado muchas investigaciones empíricas a lo largo de mi vida.
¿Qué es lo que objetan algunos? ¿Que alguien que sea del PSOE no puede ser Presidente del CIS? ¿Tampoco puede ser Catedrático de Sociología, como me dijeron algunos durante el franquismo? ¿O que puedo ser del PSOE siempre y cuando no escriba ni muestre mis opiniones en una revista -TEMAS para el debate- que yo mismo dirijo?
¿En qué mundo y en qué universo de ideas y prácticas políticas viven los que así piensan o formulan tales cuestionamientos en pleno siglo XXI?
Aunque parezca increíble en estos últimos años me he encontrado con personas -no solo de la derecha y la extrema derecha- que han sostenido tal tipo de tesis limitativas para ser Presidente del CIS. A alguno de ellos yo le he planteado el siguiente dilema: “Imagínate -les he dicho- que el puesto de Presidente del CIS se sacara a concurso público, se constituyera un Tribunal de Selección compuesto por los mejores expertos, se establecieran unos baremos de puntuación y se hiciera una convocatoria pública de candidatos. Y yo me presentase a la convocatoria. He sido profesor de Sociología durante 45 años. He ganado tres oposiciones competitivas reñidas: de Profesor Titular de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid; de Catedrático en la Universidad de Santiago de Compostela; y de Catedrático de Sociología en la UNED, donde puse en marcha la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología, de la que fui su primer Decano. Tengo un montón de trienios de antigüedad y el máximo número posible de sexenios de investigaciones y quinquenios por pertenecer a cuerpos docentes universitarios. He publicado 83 libros, dos centenares de artículos científicos y antes de ser nombrado Presidente del CIS -o de presentarme a ese hipotético concurso para poder acceder a tal puesto- he realizado más de un centenar de investigaciones científicas que han tenido un importante impacto y difusión. La primera de ellas fue incluso reseñada, en los años 60, en el periódico Le Monde. A lo que pueden añadirse otros méritos, como haber sido fundador, editor y director de una prestigiosa revista académica de Ciencias Sociales (SISTEMA) y de un mensual de análisis y debate político (TEMAS para el debate), amén de haber formado parte de numerosas comisiones científicas de diferente tipo y de haber sido asesor de organismos internacionales.
A ese supuesto concurso para seleccionar al Presidente del CIS no sé si se presentarían muchas personas, ya que siempre ha sido un puesto bastante criticado y los incentivos económicos que implica no son muy estimuladores. Pero, en cualquier caso, dudo -y no es por presunción- que se presentara alguien con más méritos específicos para tal puesto. Por lo tanto, habría que suponer que la Comisión de expertos cualificados me propondría a mí para ocupar dicha Presidencia. Sin embargo, alguien podría poner una objeción: “¡¡Pero no puede ser porque es del PSOE y además tiene la mala costumbre de escribir artículos sobre cuestiones políticas!!”.
Es decir, al final la objeción que podría ponerse -a veces se pone- es del mismo tipo de las que se ponían en tiempos de la dictadura de Franco, y que a mí me llegó a espetar a la cara un Catedrático de Sociología en el último período del franquismo: “¡No puedes aspirar a ser Catedrático de Sociología siendo del PSOE!”, me dijo con total naturalidad.
Pero, claro, ahora no estamos en una dictadura ni se pueden alegar tal tipo de discriminaciones. Por mucho que ciertos críticos de las derechas parezca que olvidan este “pequeño detalle”, e incluso se atrevan a criticar a Pedro Sánchez porque en determinados puestos públicos nombra a personas de su confianza, o afines a sus ideas, y no afines a las ideas y posturas de los partidos de la derecha, o de los “grupos de presión” que existen en muchas profesiones y cuerpos de funcionarios públicos, que a veces se sienten como los únicos legitimados para proponer y ocupar cargos públicos, como si España fuera un “régimen corporativo” o una “democracia inversa”, en la que el que elige a los cargos públicos es el líder de la oposición, ¡que no ganó las últimas elecciones, aunque lo repita mil veces! En fin, a veces parece que algunos viven en un mundo al revés, como en algunas utopías cómicas de la literatura infantil. O senil.
Numerólogos críticos
Pero volvamos a ciertos “numerólogos” y a determinados empresarios ambiciosos que quieren tener todo el campo libre para hacer más encuestas y ganar más dinero (algo legítimo, por lo demás, aunque con unos límites éticos). El problema en estos casos es que abundan en los círculos de los tertulianos y los comentaristas “aficionados” personajes que lo único que suelen hacer con sus fobias y su espíritu de perseguidores -al modo de los Torquemadas que en España hemos tenido- es demostrar la ignorancia en la que se desenvuelven cuando hablan de encuestas sociológicas.
Lo primero que están demostrando es que nunca han hecho una encuesta sociológica siguiendo los procedimientos propios del método científico. Lo segundo es que no saben distinguir entre lo que es una estimación sociológica (que solo es válida para el momento en el que se hacen las encuestas) y una predicción electoral, que es un intento un tanto peculiar de intentar “adivinar”, con antelación (como es propio de este propósito), lo que va a ocurrir en unas elecciones que aún no han tenido lugar. Lo cual, en sí mismo, resulta un tanto disparatado, teniendo en cuenta que los seres humanos somos esencialmente libres, y podemos tomar decisiones en su momento que pueden contradecir cualquier ejercicio adivinatorio. Si esto no fuera así, es evidente que muchos países se hubieran evitado, hace tiempo, el engorroso, lento y costoso procedimiento de convocar y hacer elecciones, y hubieran procedido a elegir a los representantes en el Parlamento efectuando unas sencillas encuestas.
Desde otra perspectiva, los que trabajamos en el CIS, y sabemos algo de estos asuntos demoscópicos, entendemos las encuestas como un procedimiento de recabar opiniones de una manera rigurosa y aleatoria, de forma que se puedan captar los estados de opinión y, en su caso, sus volatilidades y sus posibles inercias, con unos márgenes teóricos de error a los que siempre habrá que añadir los que son propios de las limitaciones y carencias de toda encuesta concreta. Algo que se relaciona con los tamaños de las muestras (cuanto más pequeñas menos representativas), al universo de referencia al que se puede encuestar (¿a toda la población o solo a una parte de ella?), a la aleatoriedad (estricta) de los procedimientos de selección de los entrevistados, etc.
En cualquier caso, toda encuesta (aún las mejor hechas) tienen unos márgenes teóricos de error que se mueven en unos intervalos que deben ser explicitados cuando se hacen públicos los resultados. Por eso, el CIS nunca dice: “tal partido va a tener -dentro de 10 o 15 días- un 18,9% de los votos -pongamos por caso-“, sino que dice: “En estos momentos (por ejemplo, 15 días antes de votar), hay un 95,5% de probabilidades (nunca una certeza total) de que ese partido tenga un apoyo electoral entre un 19,5% y un 21,5% de los votos”. Pero nunca se podrá pretender saber -si no eres adivino o no pretendes presumir de ello- que ocurrirá en las urnas 15 días después. Sobre todo, teniendo en cuenta la volatilidad y la indeterminación de voto que se da en estos momentos en los países democráticos. Entre ellos, España.
En estos momentos, solo en torno a un 40% de la población suele votar siempre por el mismo partido, de forma que la decisión de votar por uno u otro partido está cada vez más abierta y es menos predecible. A su vez, la decisión de por qué partido votar se toma cada vez más cerca del momento de depositar las papeletas en la urna, de manera que aquellos que toman su decisión el mismo día de las elecciones, durante la jornada de reflexión, o a lo largo de la última semana suelen superar el 25% del electorado, dependiendo de cada proceso. Es decir, en un período en el que el CIS no realiza ninguna encuesta, debido entre otras razones a lo que se estipula en la legislación actual y a las instrucciones específicas -más limitativas- establecidas por la actual Junta Electoral Central.
Y todo esto, ¿qué significa? Significa que las encuestas del CIS realizadas bastante antes del momento de la votación, incluso las más rigurosas y amplias muestralmente que son efectuadas antes del comienzo de las campañas electorales, solo podrían coincidir con los resultados finales obtenidos en las urnas si todas aquellas personas que no habían tomado una decisión firme de a quién votar se repartieran proporcionalmente de la misma manera exactamente que aquellos encuestados que ya tenían una decisión tomada. Y, a su vez, suponiendo que todos los que declararon a quién pensaban apoyar tres o más semanas antes del día de la votación no cambiaron de opinión a lo largo del transcurso de ese tiempo.
Todo lo cual se complica, lógicamente, en los países con sistemas multipartidistas complejos -más que en los bipartidistas- en contextos en los que pueden operar factores complejos de incertidumbre que afectan más o menos a determinados sectores de electores, sin contar, claro está, con la aparición y desaparición de partidos y con las incidencias personales y coyunturales que puedan acaecer a lo largo de los procesos electorales.
¿Qué hace el CIS en estos momentos para evaluar -e intentar cuantificar- los elementos de incertidumbre, los de inercia y el equilibrio de sus influencias finales en el voto? Pues lo que ha hecho es diseñar un modelo complejo que toma en consideración múltiples variables que se computan (estiman) de una manera determinada en un modelo sobre el que ya se han publicado dos gruesos volúmenes explicativos, amén de varios artículos científicos que han aparecido en revistas académicas rigurosas y que todo el mundo puede consultar para saber exactamente el valor que pueden tener las estimaciones electorales del CIS. Estimaciones, que no adivinaciones o pronósticos. Repito.
El CIS, por lo tanto, procede de la manera que es propia del método científico y de los investigadores rigurosos, que saben, sabemos, que en ciencia todo está sometido al contraste con los hechos objetivos, que son los únicos que pueden determinar su validez, sus errores o la necesidad de complementar los modelos o rectificarlos (según el principio de falsación científica, de falsabilidad).
Por eso, los que estamos al frente del CIS en estos momentos y muchos de nuestros colegas que conocen estos asuntos, no salimos de nuestro asombro cuando contemplamos el proceder de ciertos numerólogos que parece que no saben ni entienden nada de los métodos científicos ni de la lógica de los análisis sociológicos. Adivinólogos y numerólogos que caen incluso en lo irrisorio cuando presentan sus adivinaciones en forma de una diversidad de hipótesis -incluso antagónicas- sustentadas en conjuntos de datos heterogéneos entre sí, que ellos suman, agrupan, desagregan, restan y manosean a su antojo, sin entender aquello que nos decían de niños nuestros maestros cuando nos explicaban que no se pueden sumar como si fueran lo mismo peras con manzanas, ni alcayatas con alpargatas, etc.
Pero, el disparate de algunos de estos numerólogos llega al máximo cuando a posteriori “explican” sus aciertos; sobre todo, cuando estos se han sustentado en siete, ocho, nueve o más hipótesis disimilares previas, de las que esperan que alguna coincida con la realidad, mediante un proceder que parece seguir la famosa broma de Groucho Marx, cuando decía: “estos son mis principios…”, y después de una larga pausa añadía, “…Y si no le gustan, tengo otros”. Lo mismo ocurre cuando se manejan hipótesis de futuro tan diversas. Si no vale una, tienes otras. ¿Para poder decir, a posteriori, que has “acertado” en alguna? Sobre todo, en el colmo del delirio analítico a posteriori, cuando someten a comparación tales hipótesis con los datos del CIS de una manera tan manipulada y sesgada que nos obliga a poner en duda, no solo la seriedad, sino la propia honestidad personal y científica de quienes proceden de tal manera.
En este caso, lo que hacen determinados “numerólogos” es un auténtico ejercicio de maniqueísmo, que se inicia con atribuir al CIS estimaciones muy desviadas, o cuando toman en consideración solo una parte de los datos del CIS para que puedan presentarse como más erróneos y equivocados. Quizás se trata solo de tretas infantiles aprendidas (malamente, por cierto) en algún seminario o en algún colegio de curas un tanto trasnochados, pero que ellos y sus acólitos se dedican a propalar y difundir por las redes con una pasión y dedicación digna de mejores causas. Para alborozo de los críticos de las derechas broncas.
Esta inclinación al maniqueísmo quedaba puesta de manifiesto en el comentario con el que un prestigioso Catedrático de Universidad, con amplios conocimientos en materias estadísticas, contestaba al tuit que un seguidor de tales maniqueos había introducido en un foro de opiniones. Comentarios que por un carácter ejemplarizador no me resisto a reproducir aquí de manera sintetizada.
El crítico escribió: “… No es así” -decía sobre el hecho de que en las elecciones catalanas el CIS había anticipado los resultados-. “Ninguno de los tres primeros estaba entre las (amplias) horquillas del CIS”.
A lo que el Catedrático replicó: “… La encuesta preelectoral del CIS fue publicada el 24 de abril, con el campo realizado entre el 11 y el 22 de abril. Lo primero que hay que destacar es la absoluta transparencia metodológica a la par que su sofisticación. El CIS se apoya en un modelo que mide el apoyo electoral a los partidos que se traduce en un número de escenarios basados en el binomio inercia-incertidumbre. Estos escenarios se publican y pueden servir de base para una prospectiva electoral, basada en hipótesis diferentes a las del CIS. Las hipótesis que llevan al CIS a publicar su propia estimación están perfectamente documentadas. Si vamos a los resultados publicados el 24 de abril, constatamos que las encuestas más conocidas (por ejemplo, la del CEO catalán, la de 40DB de El País) no se apartaban mucho de lo estimado por el CIS. Todas daban al PSC ganador, el CIS con un número más elevado de escaños que se acercó más al resultado efectivo. Todas reconocían que la dificultad residía en la pugna entre los dos principales partidos independentistas y la tónica era sobrestimar el resultado de ERC con relación a lo después obtenido. El CIS, sin embargo, daba a JUNTS segundo, aunque con un número de escaños inferior al después obtenido. Un examen tan rápido como este permite asegurar que el CIS no sesgaba la encuesta a favor del PSC, aunque era el organismo que mejor resultado vaticinaba para este partido: la realidad lo superó. Finalmente, no entiendo bien lo de las “amplias” horquillas: son las más estrechas de las que se publicaban en estos días. Un ejemplo: El CIS estimaba el voto al PSC entre 26,9% y 28,3%. El resultado fue de 27,9%”.Aunque el resultado definitivo final ha sido algo superior al 28%.
Respecto al caso de las elecciones en Cataluña, ¿cuáles me parece a mí que pueden ser las utilidades de las dos encuestas preelectorales que realizó el CIS? Fundamentalmente indicar el partido que podría ganar los comicios y el volumen de su victoria, al tiempo que los cambios y las tendencias diferenciadas de equilibrio entre los dos partidos siguientes y sus respectivos líderes. Tendencias todas ellas que quedaron indicadas en la encuesta preelectoral del CIS con una muestra suficiente que permitía estimar escaños en las cuatro circunscripciones electorales de Cataluña. Ni que decir tiene que los datos de esta encuesta preelectoral causaron cierto impacto en unos momentos en los que prácticamente nadie creía que la victoria del PSC y de Salvador Illa iba a ser tan importante, y que las fuerzas independentistas no sumarían un número de votos y escaños suficientes como para formar gobierno.
Datos que fueron confirmados y reforzados por la segunda encuesta, la del principio de la campaña, período en el que por cierto pocos electores toman sus decisiones y que al contar con un menor número de encuestas realizadas en cada circunscripción solo es válida (complementariamente) en términos de identificar tendencias y no de estimar escaños. Aunque la evolución detectada permitía estimar que el PSC aumentaría en votos y escaños, que Junts ascendería y ERC bajaría, apuntando otras tendencias en los diferentes partidos que se aproximaron bastante a los resultados finales. Incluso en el caso del PP, el CIS estimó un número posible de escaños de 14 (fueron 15) que otras encuestas no detectaron ni estimaron. NI siquiera el propio PP.
En su conjunto, la percepción general de los hechos, las tendencias y las previsiones del CIS evidenciaron -también en este caso- la notable capacidad de estimación del CIS, dentro de los márgenes teóricos de error y de lo que cabe espera racional y rigurosamente de este tipo de instrumentos de medición que son las encuestas.
Algo que contrasta con el furor crítico y la poca honestidad científica de algunos numerólogos (y sus corifeos y acompañantes) cuando intentan comparar (sic) el peor margen teórico de error de la encuesta menos amplia del CIS (la “complementaria”) con los resultados finales de los comicios catalanes.
Y ya dispuestos -y puestos- a ejercer de numerólogos de zurrón y cachiporra en ristre, dispuestos a zurrar a campo abierto a quien sea a diestro y siniestro, una vez más los críticos feroces con el CIS sostienen, repiten y difunden la especie falsa de que el CIS siempre sobrestima el voto del PSOE y siempre falla en sus pronósticos electorales. Algo que contrasta con el hecho fehaciente y claro de que en los 39 procesos electorales que se han analizado mientras yo he sido Presidente del CIS, en 37 se ha anticipado cuál iba a ser el partido político ganador. Y en el caso de las supuestas sobrestimaciones del voto del PSOE, lo cierto es que en las elecciones generales de 2019 el CIS atinó con los escaños (exactos) que sacaron los principales partidos políticos. Hecho que motivó incluso una pintoresca denuncia presentada en más de 50 juzgados de toda España, en la que se sostenía que tal grado de precisión era “matemáticamente imposible” y que, por lo tanto, “quedaba claro -se sostenía- que aquello no era una estimación, sino unas instrucciones que yo había fijado para que el aparato del sanchismo diera un pucherazo total, con el INE, Correos e Indra sometidas disciplinadamente a mis indicaciones.
A su vez, en las últimas elecciones generales, la encuesta preelectoral estimó el voto del PSOE en 0,5 puntos menos de lo que tuvo finalmente y en la encuesta de campaña en 0,5% más de lo que logró en las urnas. A su vez, en la encuesta preelectoral de las catalanas, el CIS estimó para el PSC un 28,3%, habiendo obtenido un 28%, sin contar aún el voto exterior, que algo añadirá a este porcentaje.
¿Dónde está, pues, la supuesta sobreestimación sistemática del voto del PSOE por parte del CIS de la que hablan ciertos numerólogos y sus acólitos? ¿Acaso no son conscientes estos aprendices de brujos que si el CIS sobreestimara sistemáticamente el voto del PSOE esto supondría estar alimentando un posible efecto desincentivador del voto hacia el PSOE entre aquellos que podrían dar ya por ganadas unas elecciones y tener, por lo tanto, menos incentivos para acudir a votar?
Escalando aún otro peldaño más al camino del despropósito y la falta de honestidad científica, el que parece que ejerce como portavoz del aparato de comunicación de la secta anti-CIS de Tezanos, en su último ejercicio de numerología, viendo probablemente que las cifras no le cuadraban mucho por más que las retorciera, cambió de enfoque en la crítica y añadió al voto estimado del CIS para el PSOE el de otros partidos de izquierdas, para intentar demostrar que sumando ambas fuerzas sí había una mayor estimación (relativa también) a la izquierda en su conjunto. Todo ello sobre la pretensión, tan del gusto de las derechas, de que en España en estos momentos no hay, ni de lejos, una mayoría sociológica de votantes de izquierdas. Cosa que algunos se sacan de la manga en un ejercicio de magia parasociológica increíble. Asunto sobre el que me gustaría remitir a los lectores al artículo que se publicará en TEMAS a finales del mes de mayo y del que procede el gráfico 1 que aquí incluyo[2].
En dicho gráfico queda de relieve la falsedad de dichas tesis derechizantes, evidenciando que una mayoría muy importante de la población española se considera (en su autoubicación) de izquierdas y de centro-izquierda. Algo que explica ciertas estrategias erosivas y super críticas, orientas a intentar que una parte de esos españoles de izquierdas desconfíen, se desmovilicen y no acudan a votar, dando más opciones a las derechas, que pugnan por mantener cohesionados y movilizados a sus propios electores. Contando para ello con algunos colaboradores útiles, que no sé si se enteran muy bien del papel que están jugando, ni al servicio de quién o de qué.

En cualquier caso, como yo y el actual equipo técnico y de dirección del CIS, trabajamos con criterios científicos rigurosos y queremos ser lo más objetivos posible, aunque lógicamente nos podemos equivocar como todos los seres humanos, me gustaría reconocer que en las encuestas del CIS y en sus estimaciones es cierto que a veces se ha sobreestimado el voto posible de Sumar y de otras opciones de izquierdas, por razones que aún no hemos podido precisar y rectificar, pero que posiblemente están relacionadas con la notable volatilidad que afecta a este electorado y las dudas en las que se desenvuelven algunos durante las campañas electorales, sobre todo -muy plausiblemente- valorando el criterio de cómo optimizar un “voto útil” en su decisión electoral final.
Pues eso. Que no decaiga. Y a prepararse para lo que posiblemente aún nos queda por ver en el proceder “creativo” de cierto medio de comunicación social que fue muy importante en la historia de la democracia española. ¡Quién le ha visto y quién le ve!
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[1] La frase literal de ese Editorial era: “Pedro Sánchez ha resultado no ser un dirigente cabal, sino un insensato sin escrúpulos que no duda en destruir el partido que con tanto desacierto ha dirigido, antes que reconocer su enorme fracaso”. ¡Menuda capacidad de análisis demostraron aquellos editorialistas!
[2] Vid, José Félix Tezanos, Estrategias de crispación en las sociedades complejas, El pulso de la calle, revista TEMAS para el debate, nº 354-355, junio 2024.
