Durante muchos años hemos visionado a la derecha franquista española en versión doblada. En cierto sentido, literal y figuradamente. Nunca dejaron de ser lo que fueron, creer en lo que creían y beneficiarse “montorazmente”. Un franquismo camuflado de “liberalismo”. Cuando decían “medidas para mejorar la productividad”, debía entenderse desproteger a los trabajadores. La frase “combatir la inflación” era la traducción de “bajar los salarios” y “hacer más eficaz la administración”, en la versión original, “privatizar a mansalva”. Mejorar la competitividad en la Comunidad Valenciana fue la excusa para financiar a las empresas que llevaban su producción a Asia. Ya en tierra, por supuesto, abrir las fosas comunes para dignificar a los demócratas asesinados era, “reabrir heridas ya cerradas y enfrentar a los españoles” que, en versión original, “no destapéis los crímenes que cometimos y nos enfrentéis a reconocer todas las venganzas asesinas y abusos de indefensos cometidos en los 40 años de paz”. La aborrecible del franquismo, además del golpe de estado, fue la represalia que siguió sobre los vencidos, especialmente a la población civil. En cierto sentido anticiparon la política de Estados Unidos con el Proyecto Camelot: la vía mas directa para terminar con ideas de izquierdas es cortar (o doblegar) la cabeza que las alberga.

Y en ese doble lenguaje vivíamos desde que Alianza Popular cambió de comercializadora y se publicitó como PP. En el PP las cabezas eran las mismas que en AP, y las ideas que albergaban otro que igual, pero obró el milagro del doblaje. Y en esa ficción estábamos, doblando la ascendencia, hasta que llego su descendencia: Vox. Los de Abascal hablan en el lenguaje original de la dictadura franquista, y aunque en el PP dudaban si volver a AP, ya han abandonado toda traducción. Un ejemplo reciente es como la metedura de pata de Feijoo, hablando sin traducción de bajas y absentismo, fue primero subtitulada con un “lo que quiso quizás decir” para terminar siendo “un debate valiente”. 

La concordancia entre el franquismo, PP y Vox se plasma en la “prioridad nacional”. El Alzamiento Nacional fue el nombre que los militares sublevados dieron al golpe de Estado del 17 al 18 de julio de 1936 contra la democracia. Y en la practica “los nacionales” eran los fascistas. En un lado los “nacionales” españoles y en el otro los demócratas españoles. Siendo esa la inspiración, los “nacionales” de ahora terminaran siendo los españoles de bien y patria; por el otro los españoles traidores que no merecen llamarse así. La prioridad nacional no habla solo de migración. Contiene mucho más. Mucho más. Abascal gusta de llamar traidores a los demócratas. Y si puede, encarcelar al presidente del Gobierno. ¿Qué les recuerda esto?

Varias veces se ha comentado en estas páginas. La disociación entre justicia y ley, en la que la ley se supedita a una idea particular de justicia. “Yo soy la ley” afirmaba el juez Dredd (I am the law) mientras ejercía de policía juez. Una indiferenciación interesante dada la actual función de los informes policiales en las decisiones judiciales. Esa es otra gran recesión al pasado. Las sentencias desbordan la ley, yendo más allá de lo legislado. Interpretan los indicios como pruebas y las inferencias (por cierto, que venga Popper y lo vea) se resuelven en sentencias. ¡Qué lejos estamos del famoso “la policía ve colillas y deduce que aquí se ha fumado”! quién iba a decir que lo echaríamos de menos. Ahora es más un “aquí huele a humo, luego hay un progre fumando”. Esa disociación y conflicto entre ley y noción particular de justicia es el pan de cada día. Al final, salen sentencias que son hacer un pan con unas tortas. La pregunta del día es ¿qué son, en qué se convierten los jueces que no se atienen a ley? Es retórica, nada evidencia que suceda. En España no te pueden condenar sin pruebas, solo por inferencia lógica o por tu entorno. La ley no lo permitiría.

Por una única vez estoy de acuerdo con Aznar. Las elecciones generales de 2027 serán clave en la democracia española. No es solo un posible cambio de gobierno. El PP ya no habla doblado ni subtitulado: su discurso y plan es Alianza Popular. Y puede ser demoledor que los poderes ejecutivo, legislativo, judicial y mediático se alineen como los astros para volver a empezar.