Hace varios meses tuve el privilegio de participar en un curso de verano, en el que, junto a jovenzuelos ilusionados por adquirir conocimientos, había un buen número de personas jubiladas que, en la madurez de su vida, tomaban notas de las enseñanzas que los distintos ponentes trataban de transmitir a los asistentes. El encuentro entre generaciones tan distantes y las cuestiones que allí se dilucidaban enriquecían los debates con consideraciones y matices de los que todos aprendimos.

Las zonas comunes eran un bullicio de conversaciones sobre los sesudos y actuales temas que en las aulas se trataban; era emocionante ver a un alumnado tan variado con tal afán de cultivarse. Particularmente, a los de más edad, ancianos muchos de ellos, que representaban a una parte de estas generaciones que, por tener salud, ser autónomos, disponer de recursos e interés por ilustrarse, convierten en falacia las palabras de Azorín cuando dijo: “La vejez es la pérdida de la curiosidad”. Muy al contrario, estos abuelos y abuelas nos muestran que el conocimiento no tiene límites y que cualquiera, estemos en una u otra fase vital, siempre que no nos abandone la salud, tenemos un océano de oportunidades para sentirnos libres.

Hace también varios meses estuve varias semanas con un familiar en el hospital; allí los días y las noches eran duros, de las habitaciones salían voces de personas mayores que habían perdido las riendas de sus vidas y que, por sus lamentos, denotaban un extraordinario desconsuelo. Personifican la otra cara del paso del tiempo. Mujeres y hombres en espacios de atención sanitaria que sufrían y pagaban la factura del tiempo.

España es uno de los países con la esperanza media de vida más elevada del mundo. A lo largo del siglo XX se ha producido un aumento muy notable. Si en 1900 ascendía a 34,76 años, en 1930 se situó en 49,97, en 1960 en 69,85, en 1990 en 76,94, en 2010 en 82,07, en 2020 en 82,07 (efecto COVID) y en 2024 en 84,01 (un máximo histórico). Nos sitúa a la cabeza de los países europeos y entre los primeros en todo el mundo. El futuro se proyecta en esta dirección, pues, según el INE, superará en el año 2073 los 84 años (86 años los hombres y 90 las mujeres).

En los trabajos del Grupo de Estudio sobre Tendencias Sociales de la UNED (GETS), una de las tendencias que se confirma, y que ha ido consolidándose desde hace treinta años, es que la edad media de vida en los países desarrollados superará los 100 años. La cuestión clave que exige una reflexión en profundidad es si será con calidad de vida o los que allí lleguen estarán medicalizados y serán dependientes.

La vejez lleva de sí un deterioro del organismo y de las facultades cognitivas. Precisamente, el Alzheimer es una de las enfermedades propias de los países más avanzados. Hoy por hoy no hay ni una forma de prevención eficiente ni de curación. Se estima que hay más de 55 millones de personas con demencia en todo el mundo, de las cuales en torno a 40 millones padecen esta enfermedad. En nuestro país se contabilizan más de 800.000 personas (900.000 incluyendo todas las demencias), aumentando progresivamente a medida que va envejeciendo la población (cada año se diagnostican unos 40.000 casos y, a nivel planetario, unos 7 millones).

Cada vez es más habitual ver a hombres y mujeres dependientes en la “cuarta/quinta edad” (de 80 a 90 años y de 90 en adelante), a primera hora de la mañana, trasladarse en pequeñas furgonetas a centros de día y volver a media tarde a las casas de sus familiares. Actualmente, en el Sistema de Atención a la Dependencia hay una cifra aproximada de 80.149 personas usuarias de centros de día (con 3.611 centros y 106.245 plazas). El 68,8% son mujeres y cerca del 65% supera los ochenta años. Lo anterior sitúa la ratio nacional en 1,10 plazas por cada 100 personas mayores de 65 años, si bien la OMS recomienda una tasa óptima de 5 plazas por cada 100 personas.

Respecto a las residencias públicas, necesitaríamos al menos 50.000 nuevas plazas residenciales para atender la fuerte demanda de personas con dependencia severa o gran dependencia que están en lista de espera. Para alcanzar la recomendación internacional de 5 plazas por cada 100 personas mayores de 65 años, deberían crearse 90.000 plazas adicionales.

Teniendo en cuenta que generaciones como la mía, del “baby boom”, nos acercamos a pasos agigantados a estas edades, resulta imprescindible atender las necesidades de esta población y que, desde las administraciones públicas e instancias políticas, se hagan previsiones a futuro para que nadie, en el tramo final de su vida, no esté adecuadamente atendido como derecho de ciudadanía.

Al hilo de lo anterior, surgen los interrogantes sobre ¿cómo están resolviéndose los casos de los mayores que no tienen acceso a los recursos públicos, ni disponen de sumas de dinero elevadas para acudir a las prestaciones privadas? (el coste medio de una plaza en residencia privada ronda los 2.118 euros mensuales), ¿cómo viviremos, en términos de bienestar, una generación como la mía? ¿Se retrocederá en el disfrute de derechos sociales?, ¿será sostenible una sociedad con un número creciente de personas en la senectud que requerirán cuidados especiales?

Si se respetaran los derechos constitucionales a no ser discriminado por edad, el derecho a la vida y a la integridad física y moral; el derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen; el derecho a la protección, a acceder a prestaciones sociales y asistenciales; a ser atendido al encontrarse en situación de dependencia; y derechos del tipo: participación, ocio, cultura, etc.; estoy segura de que los que vayan entrando en esa etapa vital la transitarían con la máxima dignidad, aunque la salud y las familias les traicionaran.

Decía Platón: “Teme a la vejez, pues nunca viene sola”; dando la vuelta al argumento, me quedo con la idea de: “Ama la vejez, pues siempre viene acompañada”. Acompañada, espero y deseo para tod@s de reconocimientos, de afectos, de comprensión sobre la esencia de la propia existencia, de aprendizajes, de paz interior… y no de soledades y amarguras. ¡El ser y el deber ser!

Rindo con las líneas precedentes homenaje a los maduritos y maduritas que, con esfuerzo y empeño, buscaban los porqués en este curso de verano, que les relataba al comienzo de estas líneas, y a tantos otros que acuden a otros foros y están integrados en espacios de participación comunitaria ofreciendo lo más preciado que tienen: su tiempo y sabiduría.