“En España lo mejor es el pueblo. / Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, / los señoritos invocan la patria y la venden; / el pueblo no la nombra siquiera, / pero la compra con su sangre y la salva” / ANTONIO MACHADO

 

Las manifestaciones que se están produciendo en los barrios exclusivos de España, como el de Salamanca en Madrid, despertarían la risa y la burla, si no fuera porque son actitudes desvergonzadas por quienes las realizan.

Y es que tiene gracia ver a los riquísimos manifestándose como si de “obreros”, “chusma”, o “rojos” se tratara. Creía que ellos no realizaban esas cosas tan indignas como salir a la calle en pelotón (aunque algunos lo hagan en sus descapotables con chófer), haciendo ruido insoportable con cacerolas (aunque sean de diseño pero que solo las utilizan sus cocineras), y, lo que resulta más irrisorio es oírlos gritar: ¡libertad!

¿Libertad? Me reiría a carcajadas si no fuera porque estimo demasiado esa palabra. Y porque la actitud de quienes hoy la pronuncian me resulta grotesca. Deberían lavarse bien la boca con jabón si quieren, tan solo, pronunciar la palabra Libertad.

Piden libertad aquellos que están forrados (que desconocen lo que es apretarse el cinturón para llegar a final de mes), y cuyas condiciones de vida son inmejorables. Piden libertad ante una epidemia global, porque así podrán disponer de nuevo de servicio y limpieza en sus casas, porque podrán ir a tiendas de lujo, porque podrán disfrutar de sus viajes y restaurantes exclusivos.

Lo explicaba muy bien Joaquím Bosch, portavoz territorial de juezas y jueces para la Democracia, en su magnífico artículo “La rebelión de los pijos”. Piden libertad las élites económicas que, en su momento, financiaron un golpe de Estado; que sus hijos y nietos hoy son los que defraudan descaradamente a Hacienda, o tienen su dinero en los paraísos fiscales, y se burlan continuamente de los españoles de verdad: los que trabajan.

Como dice Bosch, protestan aquellos que tienen ventajas, los que han practicado el clasismo, los que votan siempre por la reducción de impuestos, los que carecen de valores comunitarios, y gritan libertad aquellos que piensan que “con Franco se vivía mejor”.

Recordaba con acierto Íñigo Errejón que protestan los que viven en un lujo a veces indecente, y que, en vez de arrimar el hombro y aportar parte de sus beneficios para ayudar a esta situación, intentan desestabilizar. Mientras, los trabajadores, los españoles normales, los “de verdad”, la inmensa mayoría, forma cadenas solidarias de ayuda de alimentos, aplaude en sus balcones, anima el confinamiento, ofrece gratuitamente cultura y creatividad, se preocupa por sus vecinos, y sufre. Pero lo hace con una dignidad tan extraordinaria que ellos son la verdadera Patria. Como dice Machado, lo mejor de España es su pueblo.

¿Por qué esa derecha que malversa fondos, que defrauda a Hacienda, que no utiliza los servicios públicos, que vende las empresas a multinacionales, que lleva su dinero a paraísos fiscales, se envuelve siempre con la bandera española? ¿Por qué utilizan España como si fuera de ellos?

Y es que, para los señoritos, España sigue siendo de ellos. Y todos los demás, estos “rojos”, “socialistas”, “comunista”, “obreros”, y demás calaña somos un accidente histórico y social. Aunque seamos la inmensa mayoría.

Una vez me preguntaron por qué yo no me manifestaba envuelta en la bandera de España. Como si por llevar la banderita en una mascarilla, una fuera más patriota.

Sé que ellos no lo entenderán. Pero no me envuelvo con la bandera: ¡por respeto! Porque España no me pertenece, o no más que a cualquier español y española. Porque en mi patria caben todos, cabe toda la gente de buena voluntad, toda la gente que quiere construir un país justo y solidario. Un país donde cada uno y cada una sea feliz a su manera, respetándose y respetando a los demás, saliendo con seguridad y libertad a la calle, con dignidad.

Mal que les pese, y les pesa mucho, España no es de ellos. España es demasiado grande, diversa, plural, rica, como para que unos cuantos se la apropien. Y mucho más, cuando esos que se envuelven con la bandera, son los primeros en venderla y traicionarla.