El comportamiento electoral de los españoles continúa modificándose. Durante mucho tiempo, una parte muy importante de los votantes llegaba a las campañas con su voto decidido. Un ejemplo, en las elecciones generales de 1996, el 87 por ciento de los votantes “lo tenía decidido hace tiempo, antes de la campaña electoral”.

Las campañas electorales servían, sobre todo, para movilizar a los propios, reforzar identidades y confirmar preferencias ya asentadas. Pero no tanto para cambiar el sentido del voto. Hoy, eso se ha transformado en parte. Un “en parte” suficiente para ganar elecciones y no gobernar, o para quedar segundo y gobernar.

El escenario ha cambiado. El sistema político español está más fragmentado, con más partidos compitiendo dentro de cada bloque ideológico, con una fidelidad electoral mucho menor que en el pasado, y con unas campañas que se han convertido en más decisivas que nunca.

A esto hay que añadir la gran evolución que se ha producido y se está produciendo en la comunicación política, con el impacto de las redes sociales, campañas más intensas, la polarización, la mayor inmediatez de los flujos de información y la irrupción de herramientas de inteligencia artificial en la producción y difusión de mensajes.

Entre estos cambios hay que destacar algo significativo para entender la modificación del comportamiento electoral en España y sus consecuencias en la gobernabilidad:  cada vez más ciudadanos deciden más tarde su voto y una parte no menor cambia de opción durante la campaña electoral.

Cuando se analizan las encuestas postelectorales del CIS en las elecciones generales de 2023, las elecciones europeas de 2024, las elecciones autonómicas de Extremadura 2025 y las de Aragón 2026, se observa que la campaña importa y en algunos casos importa mucho. No solo porque puede movilizar a abstencionistas o reforzar simpatías previas, sino porque reabre decisiones que antes parecían cerradas.

El porcentaje de votantes que declara haber cambiado su decisión de voto durante la campaña electoral llegó al 18,5 por ciento en las generales de 2023; al 16,2 por ciento, en las elecciones autonómicas en Aragón en 2026; al 13,5 por ciento, en las elecciones europeas; y al 12,1 por ciento, en Extremadura.

Esto significa, que incluso en el escenario menos volátil, más de uno de cada diez votantes reconoce haber cambiado su voto durante la campaña. Y en el caso de mayor cambio, la cifra se acerca o supera el umbral de uno de cada seis.

Junto a esta realidad, aparece otro elemento a destacar. Muchos votantes no solo dudan, sino que además deciden tarde. El porcentaje de personas que decidió su voto en la última semana de campaña, en la jornada de reflexión o incluso el mismo día de las elecciones fue del 26 por ciento en las generales de 2023, del 31,6 por ciento en las europeas de 2024, del 26,2 por ciento en Extremadura 2025 y del 32,5 por ciento en Aragón 2026.

Es decir, en algunas de las elecciones prácticamente uno de cada tres votantes decidió a quien votar al final de la campaña. Lo que convierte ese momento en algo determinante para tener en cuenta.

El caso de las elecciones europeas de 2024 es ilustrativo.  Un 55,3 por ciento de los votantes afirmó que decidió su voto mucho antes del inicio de la campaña, pero un 44,3 por ciento lo hizo durante la campaña. Un 12,7 por ciento al comienzo de la campaña, un 16,5 por ciento durante la última semana, un 4,4 por ciento en la jornada de reflexión y un 10,7 por ciento el mismo día de las elecciones. Estos datos muestran que una parte importante de los votantes están abiertos a cambiar de voto hasta última hora.

Pero no solo se decide tarde. Cuando los votantes cambian, no siempre lo hacen una sola vez. En las generales de 2023, entre quienes reconocen haber cambiado de decisión durante la campaña, un 38,9 por ciento afirma que lo hizo varias veces. En las europeas de 2024 ese porcentaje baja al 15,6 por ciento, y en Extremadura y Aragón se sitúa en el 13,6 por ciento y el 13,1 por ciento, respectivamente. Estos datos muestran, especialmente en el caso de las elecciones generales de 2023, que los votantes modificaron varias veces la opción política a la que tenían pensado votar antes de llegar a la urna.

Pero esta movilidad no significa que todo el mundo dude entre cualquier partido. La mayor parte de la indecisión se produce dentro de cada bloque ideológico, no tanto entre izquierda y derecha. Lo que significa que la fragmentación no rompe necesariamente los bloques, pero sí multiplica la competencia dentro de ellos.

En las europeas de 2024, los pares de duda más frecuentes fueron PP/VOX y PSOE/Sumar, a los que se añadieron Podemos/Sumar y VOX/Se Acabó la Fiesta. En Extremadura 2025 aparecen los pares PSOE/Podemos-IU-AV y PP/VOX. Aragón 2026 añade a esa lógica una dimensión territorial, especialmente en torno al PSOE/CHA y CHA/IU-Movimiento Sumar.

En definitiva, estos datos de las encuestas postelectorales reafirman que la menor fidelidad electoral, el incremento de partidos que compiten en cada bloque ideológico y la sobreexposición informativa amplificada por las redes sociales, han convertido las campañas electorales en el momento de auténtica decisión para un número importante de votantes.

Es el momento donde comparan líderes, posibles errores en los debates si se producen, evalúan propuestas, reordenan prioridades y reconsideran opciones. En ese contexto, decidir tarde no es una rareza sino cada vez más una forma normal de votar, donde en la campaña se duda, cambia y decide.