¿Qué está pasando para que más de 71 millones de norteamericanos hayan votado a Trump y le hayan convertido de nuevo en presidente de los Estados Unidos de América? ¿Cuántos millones de americanos, por acción, votarle, o por omisión, no yendo a votar, han permitido que ganen sus verdugos? Esta vez no se puede hablar de ignorancia, porque ya se tiene la experiencia de sus cuatro años anteriores de presidente, y se conocen sus manipulaciones, políticas y comportamientos.
¿Qué está pasando a lo largo y ancho de las democracias consolidadas en el mundo, para que tanto verdugo consiga el voto de sus potenciales víctimas de la desigualdad?
Lo primero que se observa en la calle, por debajo de los grandes datos de una economía que afortunadamente sigue creciendo y generando empleo, es que cada vez hay un número mayor de personas que perciben que sus vidas están paralizadas por la incertidumbre y por una sensación de “no llegar”. A esta incertidumbre, acompañada de una angustia permanente, se une un sentimiento de que se les está pasando el tiempo para muchas cosas vitales.
No llegar a conseguir un trabajo estable que les dé la oportunidad de comenzar un proyecto de vida después de cumplir con lo que la sociedad les dijo que hicieran. Esto genera un gran sentimiento de injusticia porque sienten además que independientemente de sus esfuerzos no pueden mejorar su situación socioeconómica.
No llegar con salarios de miseria que cuando suben lo hacen mucho menos que el coste de la vida. Un no llegar que impide ahorrar y se materializa en tener que dar muchas vueltas cada vez que pretendes hacer la compra, porque ya no da para lo que antes se decía coloquialmente “llenar la cesta de la compra”.
No llegar a poder emanciparse porque ganas poco dinero, el trabajo no es estable y además cada vez se hace más imposible siquiera poder compartir un piso. Un drama que llega al punto de verte obligado a vivir con gente que ni siquiera tu elijes, sino un casero.
No llegar a plantearte formar una familia por no tener cubiertas tus necesidades básicas con ciertas garantías de estabilidad.
No llegar. No llegar. No llegar supone que empeore la salud mental, el estrés, la depresión, la ansiedad. Supone que cambie nuestra visión de las cosas y del mundo en el que nos encontramos y vivimos. Influye en la convivencia. Influye en nuestro comportamiento social y político.
A estas graves incertidumbres, se unen las de otras personas que, en el nuevo contexto social, teniendo cierta estabilidad temen perderla de la noche a la mañana, por causa de una automatización que los lleve al despido, y por tanto a no tener ingresos. Una pérdida de empleo que, a partir de los 45 años en adelante, supone mucha dificultad para encontrar otro y de hacerlo, normalmente en peores condiciones laborales y salariales.
Y para cerrar el círculo, hay que sumar que muchos de los que pertenecen a las clases medias y están bien, también padecen esta incertidumbre vital, provocada por la situación de tienen sus hijos hoy, y por la que tendrán en el futuro.
Estas incertidumbres vitales en el día a día está aumentando la ansiedad y el descontento, y son un caldo de cultivo para populismos excluyentes, que prometen volver a paraísos perdidos, donde les garantizan que de ser ignorados y desatendidos por el sistema político “corrupto” tradicional, ellos resolverán todos los males de la sociedad para que vuelvan a tener seguridad y estabilidad en su bienestar.
Estas incertidumbres vitales en el día a día están provocando que bajen las expectativas en el horizonte de vida de millones de ciudadanos, que ahora principalmente anhelan estabilidad y seguridad en cuanto a sus necesidades básicas: un empleo digno con un salario adecuado, poder acceder a una vivienda, aunque sea en alquiler, salud. Cuando estas necesidades no están garantizadas o se ven amenazadas, aumentan la ansiedad y el descontento social.
Estas incertidumbres vitales en el día a día los lleva a sobrevivir sin poner si quiera imaginar o proyectar mejores futuros. Pero, sobre todo, genera y aumenta la desconfianza en las instituciones democráticas y los aleja de ellas, al sentir que el sistema es ineficaz y no funciona para ellos. Los vuelve escépticos ante la promesa democrática de igualdad de oportunidades.
Estas incertidumbres vitales en el día a día, aumentan los miedos y temores de la población. Al tiempo que provoca una competencia por los recursos limitados, que lleva a un incremento de la polarización social y política, que es utilizada para arremeter contra el que se considera de fuera, que según ese discurso o percepción se lleva lo nuestro, las ayudas a las que no llegan.
Y ante esta dura realidad que padecen millones de españoles, ¿Qué hacer?
Escucharlos y saber lo que necesitan, porque muchos sienten que los políticos ni entienden sus preocupaciones ni representan sus intereses. Y aquí, hay que ser conscientes que la incertidumbre que imposibilita un proyecto de vida con las necesidades básicas cubiertas mata la democracia.
En este sentido, un 54 por ciento de los ciudadanos considera que ellos saben mejor que los gobiernos lo que es bueno para todas las personas. Y un 66,6 por ciento opina que el Estado debe ser responsable del bienestar de todos, según la encuesta Ideología y Polarización realizada recientemente por el CIS.
Pero aún más, se conoce a lo que los españoles dan más importancia en su vida. Así, es muy o bastante importante tener cultura, para un 97,5 por ciento; la seguridad económica, para un 95,7 por ciento; disfrutar de la naturaleza, para un 93,5 por ciento; realizarse en el trabajo, para un 90,1 por ciento; las relaciones sociales, para un 89,7 por ciento, según los datos de la encuesta Cultura y estilos de vida, realizada por el CIS.
Es momento de cambiar las cosas. Hay que involucrar más a los ciudadanos en la toma de decisiones y en las políticas públicas. Hay que acelerar las políticas que reduzcan las desigualdades y aumenten la calidad de vida.
La mayoría de las personas quiere vivir una vida tranquila, que identifican con tener las necesidades básicas cubiertas. Con un trabajo estable y bien remunerado, la posibilidad de acceder a una vivienda, tener estabilidad económica para plantearse tener familia e hijos, servicios públicos de calidad a los que pueda tener acceso (educación, sanidad, dependencia, pensiones…), relaciones sociales, acceso a la cultura, cierta tranquilidad.
En definitiva, reducir la incertidumbre y ese “no llegar” en su vida diaria, que les permita desarrollar su proyecto de vida.

