La sexualidad está presente en la vida cotidiana, en la educación, en las relaciones afectivas, en la salud, en las redes sociales y en la cultura popular, pero en muchas ocasiones, todavía, se habla de ella con cierta incomodidad o dificultad. Ante esta realidad, es importante conocer, observar y analizar cómo conecta la gente en España con la sexualidad: qué sabe, qué practica, qué acepta, qué teme y qué contradicciones siguen existiendo, si es que las hay.

Para lograr este fin son muy valiosos los datos de la Encuesta Nacional de Salud Sexual, realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) y publicada recientemente, al permitir analizar la sexualidad como un hecho íntimo, pero también como una dimensión social, cultural, educativa y sanitaria.

De entre todos los datos se pueden destacar, desde mi punto de vista, diez que resultan importantes para entender los cambios que se están produciendo en la sociedad española y también las tensiones que todavía existen:

1. La población se considera bien informada sobre sexualidad, pero esa información no siempre procede de fuentes rigurosas. El 65,7% cree que la información sobre sexualidad de la que dispone en la actualidad es buena o muy buena. Mientras, un 32,6% la valora como regular, mala o muy mala.

Y cuando se les pregunta de quién han recibido esta información principalmente, las fuentes son muy diversas: profesores o educadores (29,2%), madre (26,5%), de su propia experiencia (24,2%), padre (18,6%), grupo de amigos (14,3%), lectura de libros, artículos, autoformación (14%), internet y redes sociales (12,4%) o amigas (9,7%). Esta diversidad de fuentes constata que no basta con afirmar que las personas «tienen información», sino que hay que ver qué tipo de información reciben, con qué enfoque, con qué rigor. Ya que se ve que no todas las personas acceden a la misma calidad de información. Y no es lo mismo un profesor formado que internet.

2. La educación sexual es una demanda social mayoritaria. El 91,1% de la gente considera que los centros educativos deberían impartir educación sexual durante la enseñanza obligatoria (Primaria, ESO y FP), mientras que solo un 7,1% se muestra en contra. Esto es básico porque muestra que la mayoría entiende que la sexualidad no puede aprenderse solo a través de la experiencia personal, los amigos, internet o la pornografía, sino que requiere una formación estructurada, rigurosa y adaptada a la edad.

Aquí tienes el fragmento corregido y editado siguiendo de forma estricta los criterios y normas de la RAE, estructurando los datos cuantitativos y destacando en negrita las palabras y frases clave:

Este resultado muestra un gran cambio cultural, porque la escuela es vista como un espacio para transmitir conocimientos académicos, pero también como un espacio que tiene que formar a los ciudadanos en habilidades para la vida como el consentimiento, el respeto, la prevención, la igualdad, la afectividad y la salud.

De este modo, la sexualidad deja de ser únicamente un asunto privado y pasa a ser también una cuestión educativa y de salud pública. Este consenso social mayoritario debería llevar la discusión ya no a si debe haber educación sexual o no, sino a qué contenidos debe incluir, quién debe impartirla, con qué metodología y desde qué edad. Pero, por desgracia, no es así, lo que hace necesario pasar de la teoría a los hechos en el día a día de todos los centros educativos.

3. Hay avances evidentes en igualdad y diversidad, pero el consentimiento sigue sin estar del todo claro. Los datos reflejan las siguientes posiciones mayoritarias:

  • El 88% está muy o bastante de acuerdo con que una relación sexual entre dos mujeres o dos hombres es tan respetable como una relación entre un hombre y una mujer.

  • El 86,5% considera que forzar a la pareja a tener sexo cuando no quiere es una violación.

  • En sentido contrario, el 72% está poco o nada de acuerdo con la frase de que «algunas personas necesitan que se les insista para tener relaciones sexuales».

Estos porcentajes indican que mayoritariamente en la población española se han incorporado los valores de igualdad, respeto a la diversidad y rechazo de la violencia sexual.

Sin embargo, es preocupante que el 45,3% esté muy o bastante de acuerdo con que, «si se acepta tener un encuentro sexual, hay que llegar hasta el final si la otra persona quiere». Porque parece que mientras el consentimiento se acepta como principio general, no siempre se comprende bien en la práctica. Consentir un encuentro no significa consentir todo lo que ocurra durante ese encuentro. El consentimiento puede retirarse, matizarse o cambiar en cualquier momento.

Aquí aparece una de las grandes tensiones que hay que superar. La sociedad ha avanzado mucho en el rechazo explícito de la violencia sexual, pero todavía se mantienen inercias, presiones y malentendidos sobre el deseo, la obligación y las expectativas dentro de una relación sexual. Por eso, la educación sexual no puede limitarse a hablar de anatomía o anticoncepción. Debe abordar también comunicación, límites, deseo, presión, respeto y consentimiento.