La derecha solo gana elecciones generales en España cuando el PSOE desiste, como muchos interpretaron en 1996 y en 2011. Ahora no va a pasar.
Los valores mayoritarios en la sociedad española están más cerca de la socialdemocracia que de una alianza ultraderechista. Es una evidencia demoscópica. Los principios democráticos, la querencia por el Estado del bienestar, el respeto por las identidades territoriales, la pulsión feminista, la reivindicación ecologista y la apuesta por la paz son todos valores muy interiorizados en una gran mayoría del electorado español, lo que aleja la posibilidad de un triunfo de la derecha radicalizada.
Además, a diferencia de lo que ocurría en 1996 y en 2011, la gestión del Gobierno progresista presenta una hoja de servicios objetivamente exitosa en lo económico, en lo laboral, en lo social y en la política exterior. Hay asignaturas pendientes, como el acceso a la vivienda asequible, desde luego, pero las notas a presentar por este Gobierno pasan del notable alto en todo lo importante.
El combate a la corrupción tiene más garantías con un Gobierno progresista que con un Gobierno de derechas. Esto es algo que la experiencia de este medio siglo de democracia ha enseñado a los españoles. Cuando la izquierda sufre corrupción, la extirpa. La derecha, sin embargo, convive con la corrupción, como ocurrió con los gobiernos de Aznar y Rajoy, y como ocurre con el de Ayuso.
La gran mayoría de los españoles se manifiesta en desacuerdo con el trumpismo internacional, el afán guerrero, la ley del más fuerte, las pulsiones xenófobas y el desprecio por el derecho internacional. Existe un consenso muy amplio en torno a las posiciones de Pedro Sánchez en favor de la paz y contra las guerras emprendidas por Trump, Netanyahu y Putin.
Por tanto, la mayor parte de los factores racionales y emocionales que han de influir en una campaña apuntan a una reedición de la mayoría progresista.
Por eso las derechas políticas y mediáticas, con el apoyo de algunos actores estatales con escasa evolución democrática, promueven una discusiónpúblicaalejadadelosasuntos relevantes, como la economía, el empleo, los servicios públicos, la transición digital, el cambio climático, la igualdad de la mujer o el acceso a la vivienda. Impulsan un debate público limitado a los casos de corrupción, exagerando unos, generalizando falsamente otros, inventándose los más y desinformando casi todo el tiempo, a fin de generar un ambiente político irrespirable, al margen de todo lo que importa, para dar la sensación de que la situación es insostenible, que hay que convocar elecciones ya y que la transferencia del poder a la derecha radical es inevitable.
La estrategia es tan poco original como evidente. Buscan el hartazgo de la ciudadanía, sobre todo de la más progresista. Persiguen la desmovilización de la izquierda, la resignación y el desistimiento, una vez más. Quieren ganar por incomparecencia del adversario. Es el chantaje de siempre: solo habrá normalidad política e institucional si gobierna la derecha; si no es así, desestabilización permanente.
Pero el adversario va a comparecer. Hay demasiado en juego para sucumbir a la presión, para ceder al chantaje, para resignarse al Gobierno de las derechas radicalizadas. Está en juego el progreso civilizatorio, con el riesgo de retroceso en los avances en calidad democrática, en igualdad de oportunidades, en progreso feminista, en la lucha contra el cambio climático y en la referencia española por la paz en el mundo…
Demasiada gente depende de la firmeza del PSOE.
