En los artículos anteriores hacíamos referencia a cuatro grandes grupos de crisis/catástrofes potenciales que sobresalen en el horizonte cercano global y que están claramente interrelacionados y son interdependientes: sustitución de gobiernos democráticos por autoritarios; riesgos militares; efectos catastróficos de los fenómenos extremos derivados del calentamiento global; y una nueva crisis del proceso de acumulación capitalista financiero-especulativo, que podría sobrepasar, con mucho, los negativos efectos socioeconómicos de la del 2008.
En el último de los artículos repasábamos los elementos básicos de las crisis más significativas producidas en los últimos 150 años, como ayuda para entender los riesgos potenciales de la situación actual, y el papel capital que corresponde de forma creciente en los mismos, tanto al dominio de la financiarización especulativa, como a la acelerada revolución científico-técnica que caracteriza el presente siglo XXI, en la que destaca la inteligencia artificial generativa (IAg) que se suma a las aplicaciones tradicionales e históricas de la IA aplicada a la automatización y a la robótica; y con las posibilidades de una revolución cuántica que podría implicar un avance hacia la inteligencia artificial general IAG de consecuencias, por ahora, solo imaginarias.
En el origen potencial de una nueva crisis se consideraba el papel cada vez más destacado de un sistema financiero especulativo descontrolado que, desde 2008, con la irrupción del bitcoin y las criptomonedas, ha visto la explosión del peso de los agentes de inversión de capital y de los fondos especulativos en un marco en que la digitalización, y ahora la IAg, abren posibilidades inéditas de interrelación y control, a costa de agresiones crecientes a la estabilidad y sostenibilidad del sistema. Aspecto en el que no es irrelevante su interrelación con un calentamiento global irreversible y de efectos cada vez más desequilibradores.
La salida formal de EEUU de la Convención de Cambio Climático de la ONU se ha producido el 27 de enero de 2026, pero las órdenes ejecutivas de Donald Trump han hecho que ya estuviera fuera del mismo a lo largo de todo 2025. Ha reducido drásticamente los organismos, personal, investigación y financiación climática como parte de un recorte general de la ayuda internacional; y ha minimizado su presencia, aunque no su influencia anti-descarbonización, en la COP30 de Brasil[1]. Tras el 27 de enero, EEUU, el mayor generador histórico de gases de efecto invernadero (GEI) y el segundo productor mundial actual de los mismos, ya no tiene que presentar planes con sus compromisos para actuar frente al cambio climático (NDC), ni informar sobre su evolución en emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), como tampoco ayudar a financiar los esfuerzos climáticos de los países más pobres, lo que tiene graves consecuencias para la cohesión social, territorial y sostenibilidad climática
Tampoco EEUU está siendo neutral en la lucha entre poderes de las multinacionales, siendo muy destacado el papel del Gobierno de Donald Trump en el refuerzo de los intereses de las multinacionales de las energías fósiles americanas, marco en el que hay que situar su política a favor de éstas o, de forma más general, su intento de recuperación del papel manufacturero de EEUU en el marco de la política MAGA (Make America Great Again) que ha potenciado el resurgimiento del imperialismo, el conflicto geoterritorial y la militarización, dinámicas perfectamente materializadas en La Estrategia de Seguridad Nacional de EE. UU 2025 (ESN 2025)[2], donde se recoge la voluntad de intervenir militarmente para impedir dominios rivales, controlando América Latina y el Caribe como dominios propios, y el objetivo de potenciar un nacional-industrialismo que implique mantener el poder económico y tecnológico como base de su política de seguridad, en paralelo a una protección radical de influencias culturales y raciales externas.
Estrategia cuyo encuadre en la conflictiva situación mundial ha llevado a que la reciente publicación anual en el Boletín de Científicos Atómicos del Reloj del Apocalipsis (Doomsday Clock)[3], recoja que el Comité de Ciencia y Seguridad haya situado este año 2026 a solo 85 segundos del apocalipsis. Cuatro segundos menos que el pasado año y más cerca que nunca del riesgo de apocalipsis, haciendo una llamada de atención a los efectos de la proliferación de armas nucleares, la crisis climática, las guerras y las amenazas biológicas, o el desarrollo tecnológico y de una inteligencia artificial desregulados y centrados en el beneficio económico individual. Y, en una situación en que el autoritarismo/fascismo, el nacionalismo xenófobo, el nuevo imperialismo y la manipulación/desinformación tienen un peso creciente, asemejando 2026 a las etapas previas a la Segunda Guerra Mundial.
Aportaciones en Davos a la crisis potencial
En este marco, es conveniente incorporar las consideraciones que se han derivado de la reunión de Davos, celebrada del 19 al 23 de enero, respecto a los riesgos presentes y a las alternativas viables para el capitalismo actual[4]. Sus planteamientos iniciales se centraban en las vías para lograr la cooperación en un mundo (capitalista, podemos añadir) cuya estructura y reglas están siendo cuestionadas, lo que llevaba a propugnar que en el Foro habría que desarrollar la forma de “reforzar los cimientos de nuestras economías y sociedades”. Su lema previo lo dejaba claro: “Un espíritu de diálogo” con la idea de abordar cinco desafíos críticos:
- Fortalecer la colaboración internacional en un mundo en disputa con un contexto de tensiones geopolíticas.
- La apertura de nuevas fuentes de crecimiento. Buscar motores económicos sostenibles frente al estancamiento y la incertidumbre.
- La inversión en el ser humano, priorizando empleo, educación, salud y cohesión social.
- El despliegue responsable de la innovación, regulando y orientando las tecnologías (inteligencia artificial incluida) para el bien común.
- La construcción de prosperidad dentro de los límites planetarios, de forma compatible con la crisis climática y la sostenibilidad.
De hecho, se tenía en cuenta los resultados del Barómetro de Cooperación Global 2026[5] que señalaban la necesidad de enfoques de cooperación más adaptables y pragmáticos en un panorama cada vez más incierto, en el que, aunque el nivel de cooperación general se mantuvo prácticamente sin cambios respecto a años anteriores, la composición de la cooperación está cambiando. El multilateralismo se debilita, pero los acuerdos de cooperación más flexibles y de menor envergadura han seguido creciendo. Así, mientras que la cooperación comercial y de capital se estancó, la cooperación en innovación y tecnología aumentó, incluso en medio de controles más estrictos, surgiendo nuevos formatos de cooperación, con ejemplos de cooperación en inteligencia artificial (IA), infraestructura 5G y otras tecnologías de vanguardia. También aumentó la cooperación en materia de clima y capital natural, facilitando el despliegue de tecnologías limpias. La cooperación en materia de salud y bienestar se mantuvo estable, aunque con una creciente fragilidad por la reducción de ayudas a los países de ingresos bajos y medios. Pero la mayor reducción se registra en la cooperación en materia de paz y seguridad por la intensificación de los conflictos, el aumento del gasto militar, que ha llevado a que, a finales de 2024, el número de personas desplazadas por la fuerza alcanzó la cifra récord de 123 millones a nivel mundial. La síntesis de la evolución se aprecia en la Figura siguiente.
Tras la clausura del Foro, concluyen que las cifras consideradas durante este reflejan grandes ambiciones y potencialidades, incluidas las perspectivas positivas sobre la cooperación global, que podrían inclinar la preocupante trayectoria del comercio global, resolver el problema enmarcado por una evidente carencia de agua potable, las potenciales pérdidas de empleo relacionadas con la IA, tanto actuales como proyectadas, o las tasas inquietantes de extinción de la biodiversidad; y sorprende la referencia al impacto económico positivo de los deportes, que concretan en la elevada huella económica esperable para la Copa del Mundo, prevista para julio en Norteamérica, que superaría los 2,3 billones de dólares.
No obstante, las intervenciones en el Foro han dejado claras las inquietudes que generan las tensiones geoestratégicas que agitan los mercados, o los riesgos de un desarrollo de la acumulación de datos (Big Data) para el entrenamiento de una inteligencia artificial generativa (IAg) cuyos enfoques cuestionan el poder de los estados y de sus regulaciones, centrándose en los intereses de las multinacionales tecnológicas cuya capitalización supera el PIB de una parte sustancial del planeta. Lo que está incidiendo en el incremento de las ya muy elevadas desigualdades sociales[6] y está potenciando la financiarización especulativa, con un poder desmesurado para los agentes de gestión de activos y para los fondos especulativos de posición creciente frente al sistema financiero regulado.
Las desmesuradas inversiones asociadas a la IAg y los apoyos públicos a la militarización y al conflicto armado están propiciando un sustancial incremento de la deuda pública acumulada, ya cerca del 100% del PIB mundial, lo que dificultaría repetir las políticas públicas de intervención en términos similares a los producidos en 2008 para salvar empresas financieras o productivas “demasiado grandes para caer”. En particular, las grandes multinacionales tecnológicas se han involucrado en procesos de inversión e interrelación desmesurados con la esperanza puesta en una mejora de la productividad y unas expectativas de beneficio de la IAg muy alejadas, por ahora, de la dinámica real registrada.
Y, adelantemos que, aunque será objeto de consideración específica del próximo artículo, como hacemos todos los años, el Global Risk 2026 presentado en el Foro plantea, ya para 2026, dos riesgos muy significativos potencialmente generadores de crisis muy graves: la confrontación geoeconómica y el riesgo de conflictos armados. Con menor nivel de probabilidad se señalan los eventos climáticos extremos, la polarización social, y la manipulación/desinformación.
Lucha por el poder y beneficios privados y de las multinacionales
Una de las características diferenciadoras de la evolución del capitalismo del siglo XXI, magnificada desde la llegada de Donald Trump al poder, es la primacía otorgada al enriquecimiento personal y a la acumulación de poder en empresarios afines al mandatario, solo condicionada por su propio enriquecimiento. Política que ha potenciado la capacidad de control de la plutocracia de las multinacionales tecnológicas que capitanean la capitalización mundial de sus valores y que apoyaron y apoyan al presidente estadounidense y al partido republicano en su financiación electoral. Desde la toma de posesión de Trump han apoyado (con mayor o menor convicción) la expansión de su ideología y políticas autoritarias y xenófobas, con restricción de derechos públicos, reducción del papel de la administración y de la desregulación de la defensa de los intereses generales (eliminar barreras regulatorias innecesarias), y de persecución a todo el que piensa diferente, ayudando a la expansión global de la derecha extrema y, en particular de la extrema derecha en una Unión Europea cuyo debilitamiento y adoctrinamiento se persigue como parte destacada de estas políticas.
Elon Musk es un buen ejemplo de esta interrelación entre ideología, capacidad de control (el modelo de inteligencia artificial de Musk, Grok, ha sido contratado por el Pentágono y varias agencias federales) y de negocio con clara influencia en el campo militar y de uso del espacio (SpaceX). Pero también Jeff Bezos, fundador de Amazon y propietario del Washington Post; Mark Zuckerberg, CEO de Meta y controlador de Facebook e Instagram; Tim Cook, CEO de Apple; Sam Altman, CEO de OpenAI; Sundar Pichai, CEO de Google; o incluso Shou Zi Chew, CEO de TikTok, plataforma elogiada por Trump por ayudarle a ganar las elecciones de 2024. Todos ellos han seguido, en algunos casos con vaivenes más o menos pronunciados, una trayectoria similar de dádivas personales y de apoyo incondicional a las políticas de Trump; han intercambiado nombramientos personales de sus empresas en la administración estadounidense y de afines a Trump en sus multinacionales; le han realizado promesas de inversión y han convenido “adecuaciones legislativas” a sus intereses respectivos; y han logrado elevados enriquecimientos personales y crecimientos muy significativos en la capitalización de sus multinacionales bajo el primer año del mandato de Trump.
Analizando la evolución de las multinacionales de mayor capitalización, entre el 31 de diciembre de 2020 y de 2025, queda clara la supremacía total de las tecnológicas estadounidenses (Big Tech) sustentadoras de las nuevas “élites”, en cuya mano ellos mismos consideran que está el futuro del planeta y de la humanidad, gracias a su apuesta y expansión de la IAg (inteligencia artificial generativa) hacia la IAG (inteligencia artificial general) y cómo esta política ha llevado a que la capitalización de sus multinacionales se haya incrementado radicalmente en el último lustro.
Adicionalmente, aunque pendientes de la presentación de sus resultados definitivos para 2025, los indicios disponibles señalan que las seis grandes multinacionales tecnológicas que encabezan la lista (Nvidia, Apple, Alphabet, Microsoft, Amazon y Meta) presentan beneficios con un incremento de dos dígitos sobre 2024, esperando que superen los 1,85 billones de euros en ingresos de forma conjunta y volúmenes récord de negocio que se están materializando en inversiones históricas en gran medida asociadas a la IAg. En el otro lado de la balanza, los resultados presentados por energéticas fósiles, a finales de enero de 2026 muestran para Chevron que sus beneficios de 2025 han sido un 30% inferiores a los de 2024 y los de Exxon han caído alrededor de un 14,5%.
Las grandes multinacionales tecnológicas están presentando estimaciones de inversión que llegarían a los ocho billones de dólares hasta 2030. De las cuales han comprometido inversiones de más de 350.000 millones durante el último año, dirigidas a centros de datos, plantas energéticas para alimentarlos y chips para procesar el lenguaje de la IA, lo que ha disparado la capitalización mostrada en el Cuadro 1, asociando buena parte del crecimiento económico de EEUU a esta inversión. A su vez, han llevado a máximos históricos a la Bolsa de este país, influyendo en el crecimiento de las del resto del mundo, en la mejora del empleo, con desempleo en mínimos para los países más desarrollados. Países que se han unido al Gobierno de Trump en la activación de grandes programas de inversión y ayudas en dichos sectores y en la militarización impuesta por Trump, pese a los altos niveles de deuda pública existentes en los mismos.
Volumen de inversiones que plantean dudas sobre si se está generando una burbuja similar a la de las punto.com[7] de principios de siglo, con inversiones muy por encima de su capacidad de materializarse en beneficios futuros significativos que las justifiquen. Hecho que pudiera llevar a una crisis que pondría nuevamente en duda la estabilidad financiera global, afectando de forma destacada a un EEUU cuyos colchones institucionales —el Tesoro y la Fed— no estarían en condiciones de dar una respuesta similar y suficiente a la dada en 2008 y cuya expansión global de la crisis, en un marco de deuda disparada, restringiría fuertemente el margen para amortiguar una crisis de grandes dimensiones[8].
La filosofía de las nuevas élites de las multinacionales tecnológicas tiende a despreciar el presente, apostando por un futuro radicalmente distinto que se supone pueden y van a controlar. La verdad es manipulable y ellos contribuyen, sin rubor, a esa manipulación, a través de internet, las redes sociales y de bots específicamente diseñados al respecto, si beneficia a su ideología o a sus intereses.
El creciente papel de los activos gestionados por fondos y agentes de gestión especulativa
Como apreciamos en el artículo anterior de esta Sección, la globalización de finales del siglo XX vino acompañada de la expansión del papel de la financiarización de la economía, favorecida por una desregulación y liberalización de los mercados financieros en todo el mundo capitalista. A medida que los sistemas financieros nacionales se fusionaban en un sistema financiero global cada vez más integrado, el capital financiero transnacional adquirió un dominio claro a escala global, acaparando un enorme poder social, incluida la capacidad de condicionar la gobernabilidad de los Estados a través de su capacidad de control de los circuitos de capital en todo el mundo. El resultado práctico fue una inversión de la relación histórica entre las finanzas globales y el capital industrial y una radical reestructuración de todo el sistema financiero global, dando lugar a una brecha creciente entre la economía productiva de bienes y servicios y el capital ficticio[9] generado a través de distintos y “creativos” instrumentos financieros.
La quiebra de Lehman Brothers, el 15 de septiembre de 2008, afectó a un sistema financiero global en el que la financiarización especulativa había llevado a la economía global a un entrelazamiento gigantesco, a través de seguros, derivados y créditos superpuestos a los préstamos hipotecarios estadounidenses, con apalancamientos en todos los derivados y cortos imaginables, lo que hizo que la crisis se expandiera inevitablemente al conjunto del sistema financiero mundial, marcando el inicio de una nueva reestructuración de las relaciones capitalistas en el planeta. Hoy, las interdependencias son mucho mayores.
Tras el colapso financiero de 2008, los gobiernos occidentales recurrieron a políticas de capitalización pública de riesgos y de “flexibilización cuantitativa” con unos bancos centrales generando liquidez e inyectando dinero en el sistema bancario en forma de crédito barato, incluso con tipos de interés negativos[10]. Lo que no pudo evitar el efecto desastroso sobre la economía, el empleo y la pérdida de bienestar, convirtiéndose esta crisis en un elemento adicional del fuerte incremento de las desigualdades sociales.
Aunque estuvo claro que la especulación financiera asociada a los gestores de activos fue una causa primordial de la extensión global de la crisis financiera, la interrelación e implicación del sistema bancario fue indudable, lo que hizo que, después de 2008 y sus desastrosos efectos, los reguladores bancarios elevaran los estándares de capital exigidos a los bancos e introdujeran mecanismos para evaluar la resistencia del sistema bancario ante nuevos shocks financieros. Ello obligó a que los bancos reestructuran sus activos y sus riesgos, lo que tuvo como contrapartida la potenciación del que podríamos denominar sistema financiero especulativo no regulado. De hecho, contradictoriamente con su responsabilidad en la crisis, los gestores de activos, las plataformas tecnológicas y las redes descentralizadas salen fuertemente reforzadas de la crisis, ocupando posiciones del crédito bancario, en la intermediación y en la garantía de liquidez de las empresas y de los especuladores, aprovechando su menor control para reducir costes financieros y ampliar el acceso a transacciones financieras globales, aunque generando mayor riesgo sistémico en la estructura de la intermediación financiera. Donde, adicionalmente, la introducción de los criptoactivos basados en la tecnología “blockchain”, permiten realizar y acordar transacciones sin la más mínima transparencia pública ni fiscal.
El auge de un sistema financiero desregulado, globalmente integrado y digitalizado permite al sistema transformar cualquier flujo actual previsible (dividendos, intereses, pagos de hipotecas, vencimientos de bonos estatales o privados, etc.) o de expectativas de ganancias, en nuevos activos monetarios especulativamente negociables (instrumentos financieros) en un segundo, o sucesivo tercero o más grados de instrumentos financieros negociables, aumentando la diferencia entre la valoración final de estos instrumentos financieros y la valoración corriente del activo implicado que teóricamente la soporta. Permitiendo, incluso, que operadores de derivados de alto riesgo puedan apostar tanto por futuras ganancias como por futuras pérdidas en la materialización final de esos derivados financieros.
Llegamos así a un inicio de 2026, donde el papel de los agentes de inversión y entidades/fondos gestores de activos han registrado un crecimiento espectacular, pasando de aproximadamente el 78% del PIB mundial, en 2008 (unos 50 billones de dólares americanos respecto a un PIB mundial de unos 64 billones de dólares americanos), al 102% en 2019 (superando el PIB mundial: 90, frente a 88) y al 113% en 2025 (unos 140 billones de dólares americanos respecto a un PIB mundial de unos 124 billones de dólares americanos). Es decir, los activos gestionados por fondos y agentes de inversión casi se han triplicado entre 2008 y2025 incrementando en cerca de un 50% su peso sobre el PIB mundial, produciéndose, en paralelo, una elevada concentración de la gestión en las grandes gestoras/fondos, como apreciamos en el Cuadro siguiente.
Por otra parte, el total de activos discrecionales bajo gestión de los 500 primeros gestores de activos clasificados alcanzó los 139,9 billones de dólares estadounidenses a finales de 2024, un 9,4 % más que a finales de 2023. Los gestores de América del Norte gestionan el 63,0% del total de activos entre los 500 principales administradores, con 88,2 billones de dólares a finales de 2024, siendo los que han experimentado el mayor crecimiento en el período (13,3%), pero los residenciados en el resto del mundo también registran un crecimiento del 7,7%. BlackRock se mantiene como el mayor gestor de activos desde 2009, seguido de Vanguard, que ocupa el segundo puesto desde 2013, y de Fidelity Investments, que se encuentra entre los tres primeros durante cinco años consecutivos.
En la actualidad son estos agentes y fondos de gestión de activos no bancarios -fondos mutuos de capital variable y los fondos cotizados en bolsa (ETF)- los que aportan una parte cada vez mayor de financiación global en base, en gran parte, a activos subyacentes que no siempre pueden venderse y que no disponen del seguro de depósitos ni de las reservas de capital obligadas al sistema bancario, como tampoco del acceso a los fondos de los bancos centrales en caso de necesidad.
Han conseguido acelerar los flujos financieros e incrementar muy sensiblemente estos de forma descentralizada, pero los estabilizadores del sistema financiero no se están adaptando con la misma velocidad, incrementando las dificultades para detectar posibles riesgos y actuar si estos se materializan. Como consecuencia, los riesgos financieros actuales son mucho mayores que los existentes en 2008; y sus consecuencias podrían ser mucho más graves cuando hasta presidentes libero-anarquistas de diversos países (incluido el de EEUU) utilizan criptoactivos para el negocio y el beneficio particular, haciendo de éste el soporte de muchas de sus decisiones.
Las grandes inversiones que en la actualidad se están generando relacionadas con la IAg y las nuevas tecnologías imbrican componentes fuertemente especulativas con la idea de que se conseguirán rendimientos futuros de su aplicación productiva que incrementarán la productividad y rentabilidad de las inversiones efectuadas. Sin embargo, las nuevas tecnologías siempre tardan en generar beneficios, en parte porque han de competir y desplazar a las tecnologías ya establecidas, y, en parte, porque exigen apalancamientos especulativos que incrementan fuertemente el diferencial entre los rendimientos financieros exigidos y las expectativas de beneficios futuros. Lo que lleva a que puedan generar burbujas que lleven a nuevas crisis financieras, que ahora incidirían en mayor medida sobre un sistema financiero-especulativo informal, de dimensiones crecientes, cuya incidencia sobre la estabilidad económica y financiera global puede ser desmesurada.
La tendencia actual de las entidades señaladas es la de que traten de ganar tamaño en el sector del capital riesgo, con acuerdos con aseguradoras (algunos fondos son ya propietarios de compañías de seguros que colocan parte de sus primas en los fondos que invierten en las mismas) o grandes grupos de gestión de activos, para cubrir esos altos volúmenes de inversión asociados a la IAg, o para invertir en una demanda creciente de crédito con riesgos que no quiere asumir el sistema bancario tradicional, así como en operaciones o adquisición de fondos especializados en operaciones secundarias. Se tiende a la compra de participaciones en fondos de capital riesgo ya existentes o, sobre todo, en fondos de continuación que alargan la vida de vehículos al llegar al final de su vida útil, optando prioritariamente por los que no tienen fecha de vencimiento, en lugar de los tradicionales 10 años de vida. Con ello, por una parte, se prescinde de nuevos inversores para nuevos fondos, ante una situación en la que muchos inversores no quieren aumentar su exposición a los mercados privados que canalizan estas entidades; y, por otra parte, la escasez de reventa de activos con las plusvalías esperadas impide la entrega de dividendos a los partícipes, por lo que éstos se resisten a realizar nuevas aportaciones hasta recibir los retornos de los fondos en los que ya están presentes[11].
Tampoco hay que olvidar que muchas multinacionales, y en particular las Big Tech, se han imbricado en la red de capital financiero global, convirtiéndose, ellas mismas, en parte del sistema financiero mundial. Existiendo además un nexo muy fuerte entre estas multinacionales y los agentes y fondos de gestión de activos, lo que refuerza el papel de la financiarización en la economía global. Muchos CEO de las firmas mundialmente conocidos poseen una parte insignificante de la propiedad de las empresas a las que representan. Son las entidades del Cuadro 2 anterior, junto al resto de los agentes gestores de activos los que concentran la mayor parte de la propiedad de esas empresas, a veces integrados en las Juntas de Gobierno de éstas o, a veces, externamente a las mismas[12]. BlackRock, por ejemplo, invierte en las principales empresas industriales y de servicios mundiales (incluidas, de forma destacada las Big Tech) y tiene inversiones cruzadas con conglomerados financieros de todo el mundo, gestiona inversiones de miles de personas individuales, colectivos o institucionales. Lo que permite que sus ingresos provengan, fundamentalmente, de los honorarios administrativos y de asesoramiento asociados a la gestión de inversiones y de préstamos de valores, así corno de los dividendos de las empresas en las que invierte. Y lo mismo cabe decir del Vanguard Group y del resto de entidades recogidas en el Cuadro 2.
Pero no hay que olvidar que las sociedades de gestión de activos tienen una dinámica fundamentalmente especulativa, de incremento del precio de reventa de sus activos. Su inversión en activos reales concretos suele estar acotada a un máximo de seis u ocho años, con inversiones fuertemente apalancadas que les aseguren rentabilidades de dos dígitos sobre los capitales propios implicados, lo que exige una revalorización significativa de los activos en el plazo previsto. Su gestión se centra en asegurar que esta revalorización, sumada a los ingresos por la prestación de dividendos o ingresos por los servicios corrientes de los activos, efectivamente se produce en los términos de rentabilidad establecida por los fondos de capital propio aportados.
La enorme concentración de poder y control en las entidades mundiales de gestión financiera recogidas en el Cuadro 2 junto con la creciente dependencia de las empresas no financieras de los ingresos procedentes de sus operaciones financieras y el elevado apalancamiento financiero de muchos de los gestores de activos, se traduce en poder concreto para la manipulación y apropiación de la economía real, incluidos bienes y servicios públicos, cada vez más privatizados u objeto de colaboración público-privada en la sociedad actual.
En definitiva, los mercados financieros concentran la riqueza, se apoderan de los sectores más rentables pero su dinámica fundamental es especulativa, basada en el aumento de las valoraciones de los activos en el mercado bursátil, o en los mercados inmobiliarios y de tierras, y en los derivados. De hecho, el espectacular crecimiento del crédito mundial supera el incremento necesario para el comercio o la inversión, ligándose a transacciones financieras especulativas auto expansivas desvinculadas de la actividad productiva.
Algunas reflexiones adicionales
En 2008 se inició una de las mayores crisis del capitalismo financiero-especulativo globalizado, cuyas consecuencias continúan estando presentes parcialmente en los inicios de 2026, complementadas por efectos residuales de la pandemia del coronavirus de 2020, los efectos de la guerra en Ucrania, desde 2022, y, desde su toma de posesión en 2025, por las políticas autoritarias, nacionalistas e imperialistas de Donald Trump, que han puesto en cuestión la regulación y normativa internacional en todos los campos, y que ha impuesto el uso de la fuerza y los intereses nacionales (Make America Great Again) con medidas de puro imperialismo en América (invasión de Venezuela el 3 de enero de 2026, y amenazas al resto de países americanos, adjudicándose el derecho al acceso exclusivo a los recursos naturales de estos países); y, junto con Israel, en el Oriente Medio y el cuerno de África.
Complementariamente, en las reuniones del Foro no han dejado de destacarse los efectos que podrían tener sobre la economía una crisis climática más grave de lo previsto, con incidencia desastrosa en el suministro de alimentos después de pérdidas generalizadas de cosechas, o la crisis y huida de los seguros de áreas sometidas a fenómenos climatológicos extremos cada vez más dañinos[13]. E igualmente se recogen con muy elevado riesgo potencial una crisis de deuda; la transformación de la fragmentación geopolítica en conflictos graves; o la corrección brusca en las valoraciones de la IA o de multinacionales sobrevaloradas especulativamente, en el marco de un sistema financiero con dominio de una financiación no reglada crecientemente compleja, especulativa y fuertemente incardinada con el sistema financiero regular y con la financiación asociada a las propias multinacionales.
De hecho, la especulación financiera actual apunta a transformaciones fundamentales en la economía política global. En los dos últimos años la innovación de productos de especulación financiera se aceleró. Se expande sobre los mercados de materias primas, valores, divisas y futuros, así como en apalancamientos, en todos los derivados y cortos imaginables, en criptomonedas y en adquisición de tierras e inmuebles, gestión de servicios básicos de salud, educación, transporte, alquiler de vivienda o abastecimiento y saneamiento de agua o energía entre otras muchas actividades especulativas de los agentes y fondos de gestión de inversiones que, de hecho, controlan, junto a las grandes multinacionales todas las actividades de la sociedad.
Los agentes y fondos especulativos de gestión de activos, las plataformas tecnológicas y las redes descentralizadas que utilizan sistemas fiscales opacos, o las nuevas criptomonedas (activos que usan el blockchain diseñados para proporcionar servicios de pagos no trasparentes), sean estables o no, controlan de forma creciente el sistema financiero: la liquidez, el crédito y los pagos, que han sido el núcleo central del sistema bancario regulado.
El crédito a empresas y particulares está siendo asignado de forma creciente por mecanismos automáticos basados en la IA y el big data utilizados por las plataformas fintech no bancarias, incrementando su peso y poder de intervención en el sistema. Utilizan las huellas digitales de los demandantes (ejemplos paradigmáticos son Alibaba o Amazon) como nuevas calificaciones crediticias de los mismos, integrando pagos, comercio electrónico y crédito. Pero estas plataformas se encuentran fuera de las redes de seguridad y de las normas sobre el capital, la liquidez y la resolución de conflictos bancarios tradicionales.
Por otro lado, también se han producido cambios radicales en la provisión de liquidez, siguiendo con la tendencia, impulsada por la crisis de 2008, de huir de los controles y limitaciones del sistema bancario regulado, y crear y generalizar el papel de los gestores de activos y de las criptomonedas en esa provisión de liquidez para el consumo y la inversión.
En particular, como apreciamos en la Figura siguiente, los fondos de gestión de activos no bancarios (Fondos y agentes de gestión de inversiones más los fondos cotizados en bolsa ETFs) son los que adquieren un papel creciente, en EEUU, pero también en el resto del mundo, respecto al sistema bancario regulado en la creación de liquidez en los mercados financieros. Con la peculiaridad de que el rescate, para obtener liquidez, de los fondos mutuos de capital variable y de los fondos cotizados en bolsa (ETF) está limitado por el hecho de que estos fondos contienen activos no líquidos, al igual que los bancos, pero sin seguro de depósitos, reservas de capital ni acceso al banco central.
Complementariamente, el mercado de las ventas de activos entre fondos de las mismas gestoras de capital privado está creciendo en un entorno en el que las desinversiones especulativas tradicionales se han vuelto más difíciles por el nivel de sobrevaloración especulativa alcanzado para los activos originales y por la propia expansión acumulativa de los agentes y fondos de gestión de inversiones. Lo que dificulta poder devolver el capital a los inversores, o pagar los rendimientos según las condiciones pactadas. Ante lo cual, hay un crecimiento extraordinario de los denominados “vehículos de continuación” (se estima cercano al 50% entre 2024 y 2025, superando en este último año los 105.000 millones de dólares) que permiten transferir activos desde fondos previos a nuevos fondos gestionados por la misma firma, y obtener la liquidez que permita devolver efectivo a los inversores que no quieran continuar con sus inversiones en los nuevos fondos. El gestor es a la vez vendedor y comprador, tendiendo a maximizar sus comisiones en el proceso de prolongar la vida del activo bajo su control, cuya valoración para su trasferencia al nuevo fondo puede ser cuestionable. La diferencia entre el valor real de los activos y su valoración por el agente de inversión puede generar dinámicas semejantes a las que se produjeron en el mercado de la vivienda en 2008.
Desde la crisis financiero especulativa mundial de 2008, el sistema bancario y financiero ha evolucionado radicalmente, cambiando quién proporciona liquidez a la inversión y al consumo, cómo se mueve el capital y como se globalizan y financiarizan los riesgos para la estabilidad socioeconómica, incrementando muy sensiblemente la probabilidad de que el sistema financiero no bancario genere una nueva crisis global, cuyas consecuencias podrían ser mucho peores que las de la crisis de 2008. De hecho, es preocupante que las plataformas, las criptomonedas, los agentes y fondos de inversión especulativa y los ETF carezcan de las garantías, niveles de trasparencia fiscal y legal, o de unas salvaguardas equiparables a las del sistema bancario regulado, como son el seguro de depósitos, las garantías de solvencia supervisada y el acceso directo al apoyo de los bancos centrales.
Los últimos meses se está registrando un aumento de las tensiones comerciales y geopolíticas, un aumento de la deuda pública y un crecimiento continuo de la actividad de los intermediarios financieros irregulares (no bancarios) y del uso de las criptomonedas, con un crecimiento muy significativo de las criptomonedas estables. En paralelo, se está produciendo una mayor interconexión entre el sistema financiero formal (bancos) y el no bancario, con lo que una inevitable crisis en el segundo (asociada a riesgos operativos, de liquidación, fallos técnicos o ataques cibernéticos) intensificará sus efectos sobre todo el sistema financiero. Pero pese a que los riesgos para la estabilidad financiera siguen creciendo, se están relajando y “simplificando” los controles financieros en aras de la competencia entre países.
El beneficio, la acumulación de capital y el incremento de la riqueza individual se han convertido en la guía suprema de intervención en una sociedad que de forma creciente olvida los derechos de la persona, el bien común y la justicia social, por no hablar de la solidaridad o la compasión. Y el problema es que Donald Trump, presidente de la nación más poderosa del planeta, se ha convertido en el paradigma e impulsor de esta tendencia que trata de imponer por todo el mundo. Y lo hace en un marco, y en colaboración, con unas tecnologías digitales controladas por las Big Tech que colaboran en la adecuación de la mente y del espíritu a esta tendencia, con desinformación, trastocando los valores sociales tradicionales y convirtiendo el delito en un acto loable y la mentira descarada en dogma.
La digitalización, internet o la IAg, son tecnologías de “propósito general”, lo que significa que se extienden por todas las ramas de la economía y la sociedad y se pueden incorporar a todo tipo de proceso. Quienes controlan el desarrollo y la aplicación de estas tecnologías adquieren un nuevo poder social y una clara y determinante influencia política. Y así está sucediendo con los propietarios y gestores de las multinacionales Big Tech y su asociación con el complejo militar, industrial y de seguridad, dando lugar a un nuevo nexo Silicon Valley – Wall Street – Pentágono que aparece en este momento en la cumbre del bloque de un poder global cuyo autoritarismo e imperialismo es uno de los factores básicos de desestabilización de la democracia.
En el próximo artículo entraremos en una consideración más detallada de los riesgos a corto, medio y largo plazo que se recogen, entre otras fuentes, en el Global Risk 2026 presentado al Foro de Davos.
[1] El propio Trump, en Davos, ha declarado que los aerogeneradores son un malvado invento europeo a erradicar.
[2] https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2025/12/2025-National-Security-Strategy.pdf
[3] https://thebulletin.org/doomsday-clock/timeline/
[4] https://es.weforum.org/stories/2026/01/davos-2026-en-en-numeros/
[5] https://es.weforum.org/publications/the-global-cooperation-barometer-2026/
[6] OXFAM (2026) Contra el Imperio de los más ricos. https://oi-files-d8-prod.s3.eu-west-2.amazonaws.com/s3fs-public/2026-01/ES%20-%20Resisting%20the%20Rule%20of%20the%20Rich_0.pdf?utm_source=chatgpt.com En el Informe presentado a Davos recoge que, desde que Donald Trump fue elegido en noviembre de 2024, los multimillonarios han visto crecer su riqueza tres veces más rápido que en los cinco años anteriores.
[7] Se estima que una corrección bursátil de la misma magnitud de la crisis puntocom reduciría en unos 20 billones de dólares la riqueza de los hogares estadounidenses (equivalente al 70% del PIB) y las pérdidas de los inversores extranjeros equivaldrían al 20% del PIB del resto del mundo.
[8] En los últimos 10 años, la deuda pública acumulada en los países avanzados ha llegado a su nivel más elevado de los últimos 150 años, previéndose que la deuda mundial supere, en breve, el 100% del PIB mundial, con países muy significativos en ese concierto mundial que ya han superado ese umbral: China, EEUU, Francia, Italia, Japón o el Reino Unido. EEUU, además, presenta un déficit presupuestario del 5,9% para este año y un gasto en intereses que ya supera su presupuesto en Defensa, que es el más elevado del planeta.
[9] Como ya señalamos, hablamos de “capital ficticio” porque una parte importante de los ingresos generados por la especulación financiera es ficticia. Existe sobre el papel ante el incremento de las valoraciones especulativas dadas a los instrumentos que los soportan; pero sin que exista una correspondencia con el valor de los bienes y servicios que sustentaban las valoraciones iniciales de los mismos.
[10] A través de su programa de flexibilización cuantitativa, la Reserva Federal de Estados Unidos comprometió del orden de 16 billones de dólares en rescates a bancos y corporaciones de todo el mundo tras el colapso de 2008. Y el FMI estimó que la cantidad total que los Estados y los bancos centrales de las economías avanzadas comprometieron para apoyar al sector financiero ascendió al 50,4% de todo el PIB global. Además, cuando en 2020 la economía global entró en fuerte recesión tras la pandemia de coronavirus, muchos gobiernos recurrieron a nuevos rescates masivos de capital. Solo en los dos primeros meses de la pandemia, los gobiernos de EEUU y la UE proporcionaron a las empresas privadas una ayuda de 8 billones de dólares, una cantidad equivalente aproximadamente a sus beneficios de los dos años anteriores. Por otra parte, la deuda de las familias, las empresas y los Estados alcanzó un máximo histórico de 281 billones de dólares en 2020, más del 355% del PIB mundial.
[11] Las transacciones secundarias han crecido un 41% entre 2024 y 2025 en un 451% de media anual desde 2015 a 2025. De estas transacciones una parte significativa corresponden a ventas de participaciones en fondos existentes por parte de inversores que buscan liquidez sin esperar a la devolución al final de la vida útil del fondo. Pero el resto de las transacciones (algo menos de la mitad) corresponden al lanzamiento de fondos de continuación por las propias gestoras que acogen las empresas sin vender. Transacciones que, de forma preocupante, han crecido más del 51% en el último año, lo que registra una dificultad creciente en el cumplimiento de los objetivos de rentabilidad de los entidades especulativas.
[12] Se estima que llegaron a poseer, después de la crisis de 2008, hasta el 70% del S&P 500. Y que Vanguard Group, BlackRock y State Street se convirtieron en los mayores accionistas de 438 de las 500 empresas del citado S&P 500.
[13] En todo EEUU los propietarios de viviendas se enfrentan a primas desorbitadas o a la imposibilidad de renovar su cobertura, ya que las aseguradoras se enfrentan a una oleada inabarcable de incendios forestales, tormentas y huracanes. Y esta dinámica empieza a generalizarse por muchos más países.




