Nada es lo que parece. ¿La objetividad?
Si existe, quiero que me la presenten
ahora mismo
José Saramago
Lección inaugural en UAM (2001)
El Presidente del Gobierno (PG), Pedro Sánchez (PS), durante su visita al CSIC en el fin del curso pasado, ha realizado la propuesta de crear puestos de asesores científicos para el Gobierno. Una decisión que, en primera lectura, resultaría de un gran interés su desarrollo.
Desde luego resulta una propuesta novedosa en España, pero no en otros países que ya lo poseen, por lo que supone un paso de modernización y poder superar el tópico “que investiguen ellos” de Miguel de Unamuno. Va a resultar fundamental los criterios de selección de esos asesores científicos y la determinación de sus perfiles científico-técnicos, pero que no se despeguen de que es una asesoría al gobierno, con lo que ello comporta, no solo en lo científico-técnico, sino también en lo político-ideológico. Se debe considerar que los tiempos de la ciencia y los tiempos de la política son muy diferentes y distantes, Berhane Asfaw (2001) nos señalaba que “las investigaciones científicas deben ser largas y minuciosas. La consistencia y la seguridad son esenciales en ciencia. La integración de nueva información es ciencia. Lo contrario es religión”, y se completa con la formulación que realizó, hace un par de siglos, La Rochefoucault al apuntar que los espíritus mediocres suelen condenar todo aquello que está fuera del alcance de ellos.
La propuesta realizada, en principio, es positiva y encierra un gran interés, suponiendo un paso adelante, tanto para el reconocimiento del papel social de la ciencia, como para el impacto argumental positivo para algunas decisiones del propio gobierno. Pero ¿realmente es así?…
Pertinencia de la propuesta: La pandemia por covid-19 puso en evidencia la escasa conexión existente entre los conocimientos y la evidencia científica y la realidad de muchas tomas de decisión política; de forma complementaria se confirmó que muchas instituciones del Estado tomaban decisiones al margen de la evidencia científica en el tema (por ejemplo la Comunidad de Madrid o muchas instancias judiciales) y se confirmaba con un incremento en la capacidad de difusión de las posturas “negacionistas”, incluso en el propio hemiciclo parlamentario, por parte de algún grupo político. Un ejemplo muy evidente consiste en algunas sentencias emitidas por diversos tribunales, de todos los niveles del sistema judicial, en que esas sentencias eran dispares y no contemplaban y no respondían a criterios científico-técnicos de la epidemiología y salud pública o, lo que es más preocupante, ni siquiera admitían la posibilidad del propio desconocimiento en esa materia y emitían sentencias con verdadero “creacionismo” científico de lo más variopinto. No hay que olvidar lo que nos señala Ph. Grifingt (2000): “por mucho que nos empeñemos, nunca podremos acercarnos a conseguir reducir y comprender la totalidad del comportamiento humano en términos matemáticos”, es decir, que con la ciencia se abre la puerta de la reflexión y, por lo tanto, de la validación de esos datos obtenidos más allá de lo meramente descriptivo.
Lo referido con anterioridad es una última evidencia consistente de la necesidad de argumentar, con criterio científico, algunas decisiones político-administrativas que incumben al conjunto de la población. Vicente Verdú (Maestros quemados, 2000) dice al respecto “la ciencia ha sustituido su idea de las certezas mayúsculas por la de la probabilidad y sus bases más firmes por principios de incertidumbre”. Integrar la incertidumbre y saberla explicar con las evidencias científicas, se comprende con el sentido que nos expone Jorge Wagensberg (Ideas sobre la complejidad del mundo, 2003, pág. 71) “el indeterminismo es la actitud científica compatible con el progreso del conocimiento (o el determinismo es la actitud científica compatible con la descripción del mundo)”, Karl Popper e Ylia Prigogine son sus fuentes de reflexión desde la teoría y la filosofía generales de la ciencia.
No se puede negar la complejidad creciente de los avances científicos y, por ende, en la toma de decisiones del ejecutivo que condicionará la labor del legislativo y, por lo tanto, incumbe al conjunto de la población. Como ejemplo podemos citar los avances de todas las ramas de la tecnología y sus consecuencias, así como lo relacionado con las nuevas tecnologías (Inteligencia Artificial, uso de tecnología en la educación, en la infancia y la adolescencia), o las nuevas aportaciones de la genética, tanto en el estudio de la etiología de algunos procesos de enfermar, como en las bases que se abren con la inmunoterapia, los tratamientos genéticos y la personalización de los tratamientos (por ejemplo del cáncer, pero que incluye la ELA y otros graves procesos); también influyen en estos temas las nuevas orientaciones informáticas y/o industriales y sus repercusiones sociales. Ya tenemos desarrollos legales (la UE realiza una aproximación legal a la Inteligencia artificial, la eutanasia, los tratamientos personalizados en el cáncer, la congelación de óvulos y esperma, el acceso a internet por parte de la infancia y la adolescencia…) y algunos presentan un gran debate con la pertinencia social y con los contenidos éticos y científicos.
Muñoz Molina (No saber nada, 2001) nos explica algo muy adecuado para evaluar el estado actual de la pertinencia de esta propuesta: “Para algunos, el desconocimiento es requisito de felicidad. Las tonterías se difunden con mayor eficacia y rapidez que las ideas sensatas, quizá el cerebro humano no sea tan buen conductor de la inteligencia”, en otras palabras, abordar el desconocimiento o los pseudorazonamientos o pseudonoticias, constituye la única base clara y rotunda para combatir las fake news y las desinformaciones, tema que es fundamental abordarlo de forma decidida en la actualidad. Puede existir la tentación de buscar, para combatirlo, un exceso de datos y más datos que justifiquen lo que se pretende desarrollar, pero en una de las más importantes revistas científicas a nivel internacional, como es Nature, Nancy Rothwell (Nature, 2000) nos pone sobre aviso diciendo que “el apetito de los humanos por la ciencia no debe ser despertado con una dieta de sólo hechos”, es decir que incluye, sutilmente como suelen hacer los científicos, la necesidad de analizar y reflexionar sobre los datos y hechos científicos, basarse en los datos, pero no solo ceñirse en ellos.
Una vez que se ha expuesto la pertinencia de la propuesta, habría que profundizar en la pertenencia de los asesores científicos para el gobierno, para ello se abrió una especie de convocatoria por parte del CSIC, pero la decisión última parece ser que será del Gobierno, quizá de la misma Moncloa. Por una parte, tiene una lógica para tener confianza en quien asesora, pero es necesario tener una consistencia científico-técnica suficiente. Ahora bien, la mera supuesta consistencia científico-técnica, en este caso, resultará insuficiente si no existiera un compromiso social y político con el propio gobierno. Buscar el equilibrio de estas dos posiciones resulta absolutamente necesario y entraña la gran dificultad de esta selección. En otras palabras, no existe un baremo objetivo de evaluación, tal como lo explicó Saramago en la UAM.
Steven Berkoff ya lo avisaba al decir que “el establishment básicamente se dedica a perpetuar lo de siempre, nunca llega a emocionar tanto y a menudo es realmente malo. O penetras ese ambiente podrido o te marchas”. Por ello, exigir los requisitos de haber realizado la Tesis doctoral, y la experiencia académica son aspectos puntuables y constatables, pero solo representa unos criterios superficiales y orientativos, por sí mismos no presuponen ni aseguran nada, al fin y al cabo, pertenece al discurso académico, no político. Este razonamiento lo explicaba Carlos Paris, en el año 2009, cuando decía que “Las miniespecializaciones encierran la mente en un estrecho recinto y priman las habilidades sobre el conocimiento”. El mundo académico se encuentra parasitado y, a veces, dominado por las miniespecializaciones.
La ciencia no puede ser reducida a la mera repetición de procedimientos, aunque los incluya, sino que “el verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos pasajes sino en mirar con nuevos ojos”, como escribió Antoine de Saint-Exupéry en “Le Petit Prince” o Mario Benedetti que nos sugiere “de eso se trata, de coincidir con gente que te haga ver cosas que tú no ves. Que te enseñen a mirar con otros ojos”. Al fin y a la postre son formas literarias de decir lo que el Premio Nobel Albert Szent-Gyorgyi expresaba en los siguientes términos: “El secreto del éxito en la investigación es ver lo que todos han visto y pensar lo que nadie había pensado”. Para hacerlo de forma consistente y permanente es más fácil hacerlo en grupo, aquí cobra sentido el necesario trabajo en equipo de la investigación, tanto más en el marco de las denominadas ciencias sociales, con sus métodos cualitativos de investigación.
Hacer una nueva orientación en la ciencia precisa aceptar la dialéctica, desde Heráclito a Marx y Engels, e incluirla en la metodología científica, aceptando que la ciencia avanza porque consigue que cada uno de sus resultados no cierran dialécticamente los temas investigados, sino que despliegan nuevas premisas para investigar. Así nos lo han enseñado Karl Popper y lo especifica Jorge Wagenssberg cuando asegura: “todas las verdades científicas son mentira. El trabajo diario del científico consiste en equivocarse intentando cambiar la verdad. La verdad científica es la única que tiene una vigencia limitada”. Así lo demuestra la propia historia de los avances científicos en todos los campos de la ciencia, hasta en muchas ocasiones acontece lo que avisaba Tom Huxley “Las nuevas verdades frecuentemente empiezan como herejías, pero muy a menudo acaban como supersticiones”.
Mi maestra, la Dra. Flora Prieto, repetía que no se puede perder la posición crítica ante cualquier avance científico que se formule, esa posición también la han defendido otros muchos autores de campos muy diversos de la ciencia y del pensamiento, como Joaquín Ruiz Jiménez (“mi suerte ha ido no quedarme nunca satisfecho”), Wernher von Braum (“es mi trabajo no estar nunca satisfecho”), Honoré de Balzac (“la resignación es un suicidio colectivo”), Jorge Wagensberg (“un buen esquema conceptual no cambia las respuestas, sino que cambia las preguntas”), Ángel Gabilondo (“Hay que ser crítico, disentir e impugnar, pero no llenarlo todo de quejas paralizadoras infecundas“) y André Gide (“cree en los que buscan la verdad, desconfía de los que la han encontrado”).
Por lo tanto, el perfil de estos asesores científicos es complejo, es cierto que precisan una acreditación adecuada de tipo formal en la investigación y, por lo tanto, haber realizado la tesis doctoral es un paso fundamental, pero no debiera ser el único requisito. Es de interés tener experiencia en dos campos claves: el ejercicio profesional y laboral en el campo de expertise requerido y el desarrollo de investigaciones de forma continuada, lo primero le acerca a la realidad y lo segundo asegura la adquisición y ejercicio de la reflexión con metodología científica de forma aplicada. Otro aspecto muy importante del perfil de estos asesores, consiste en la capacidad docente y expositiva por parte del candidato a asesor, lo que asegura la interiorización de la ciencia y el saber compartir esos contenidos científicos, con oratoria adecuada y rigurosa, pero comprensible. El perfil ideológico es fundamental, defender los métodos dialécticos de investigación es clave, integrar los resultados de investigaciones con sus posibles aplicaciones prácticas es básico. No se pueden crear falsas expectativas ni dar aliento al creacionismo. Resulta capital saber tener una visión de conjunto e histórica de ese campo de la investigación en la expertise requerida. Todos estos contenidos, deseables en el perfil de los asesores, parece señalar a que deben tener una edad razonable y no presuponer límites etáreos con peligro de ser edadistas (Chomsky con 95 años sigue teniendo actividad docente en Harvard; Erik Kandel continúa con sus investigaciones en Columbia superando los 80 años; Sir Michel Rutter con más de 85 años sigue con su labor investigadora y docente en USA y UK), pero huyendo de fuegos fatuos o fugaces deslumbrones, ya nos lo señalaba Diógenes: “la sabiduría sirve de freno a la juventud, de consuelo a los viejos, de riqueza a los pobres y de ornato a los ricos”.
Así que hay que alegrarse de esta propuesta del PG de incluir la lectura científico-técnica de algunas decisiones político-administrativas, porque sabemos que, en la actualidad, tenemos mucha información, pero se precisa crear conocimiento, tal y como formula Inder Verma (2002).
Se debe incluir, por ejemplo, que en sanidad en general, y salud mental, en particular, el reto es pasar de los resultados de una investigación a la práctica clínica, esta dificultad se debiera desarrollar en la línea de una excelente monografía del Prof. Sir Michael Rutter publicada por la Fundación Castilla del Pino (1996), que se sintetiza en que “lo que interesa a los investigadores no es a menudo lo que interesa a médicos y pacientes” (Richard Smith, 2002), a lo que se debe añadir los trayectos de la financiación de las investigaciones, en este sentido, ya Kuhne nos ponía sobre aviso al decir que toda investigación necesita financiación que proviene de entidades públicas y privadas, pero que en ambos casos se encuentra condicionada a los intereses concretos de la clase dominante en un momento dado.
Es deseable que esta propuesta ponga en primera plana que “la ciencia tiene sus propios valores, llamados epistémicos: precisión, rigor, coherencia, fecundidad, utilidad, generalidad” (Javier Echeverría, Ciencia y valores, 2001) y hacerlo porque, como dice el Prof. Federico Mayor Zaragoza, “me preocupa el silencio de la ciencia. Los científicos deben ser los portavoces de los sin voz”.
Recuperemos esa voz y esos valores. Dicho queda.
