La política y la retórica, en origen griego, eran prácticamente sinónimos. Un político sin retórica era como un peine desdentado. Claramente en Aristóteles, críticamente en Platón atacando a los sofistas, la retórica y la política se intercambian de tal modo que, siendo el hombre un animal político, era también un “homo rhetoricus”.

Esa coincidencia entre política y retórica refería, al menos en términos ideales, a la habilidad trasformadora del diálogo, ya sea mediante su capacidad performativa (sofistas) o heurística (Socrates). En los asuntos públicos, el político es “capaz de persuadir por medio de la palabra a los jueces en los tribunales, a los consejeros en el consejo, a los asambleístas en la asamblea y en cualquier otra reunión que sea de carácter político” (Platón, Gorgias 452e1-4). Sin embargo, la política solo puede ser el arte de la negociación, del diálogo, en la medida que exista un mínimo umbral para el convencimiento.

Esta idea permanecería en el tiempo, asumiendo que la política debe mostrar la capacidad para armonizar la confrontación entre intereses públicos (y privados). Acuerdos en los que cada parte pierde y gana (parcialmente) buscando el equilibrio del ganar-ganar. Para que la retórica sea útil en política son requisitos necesarios que la actuación se mantenga en la arena del diálogo y que los referentes empleados sean temáticos, trasversales (“issues”) negociables.

En España, y lamentablemente en muchas democracias liberales, la política se ha desvanecido. Son democracias apolíticas, en las que la negociación se reduce al “si no queda otra y aún así”. Se prefiere la confrontación posicional e ideológica (generalmente reduciendo los contenidos temáticos a significantes ideológicos, vacíos de contenido o propuestas reales) en juegos de suma cero. Queda el nombre formal de democracia, pero su contenido material ha desaparecido al desaparecer la retórica de la negociación y con ella el ser político.

Precisamente, un indicador evidente de estas nuevas democracias apolíticas es la desaparición de la retórica. A menos que expresiones como “burro de Troya” o “comunista pirómano” perpetradas por cualquier “homo rhetoricus” meritorio sean consideradas como una de las bellas artes. Ese era el título alternativo de este texto: “Del insulto considerado como una de las bellas artes”. La modestia y el fantasma de Thomas de Quincey mirándome sarcástico desde la balda más alta de la librería lo impidió. No hay talla para alcanzar el más allá.

La primera en desaparecer (cortesía aparte) fue la ironía. La ironía, para existir, exige de un marco de referencia bien definido. Como dice la Wiki: “En general el emisor (el creador del mensaje con contenido irónico) espera que el receptor perciba el valor irónico del mensaje sin necesidad de indicaciones explícitas porque cuenta con que éste detecte la oposición entre el mensaje aparente y el que se pretende transmitir por compartir implícitamente una serie de valores o conocimientos”. La ironía exige complicidad. En el momento que debes decir “esto es dicho con ironía”, estas afirmando que no te reconocen unos valores que puedan entrar en contradicción con lo que se dice irónicamente. En otras palabras, que se puede afirmar como real y propio del que habla lo que dice. Cualquier disparate.

Tomemos como ejemplo a Swift y su modesta proposición. Una modesta proposición (1729) es una sátira, y por lo tanto trufada de ironía, que se anticipó a lo que fue años más tarde la trampa maltusiana (Malthus, 1798): un exceso de población en crecimiento geométrico, y el subsiguiente agotamiento de recursos que crecían aritméticamente, condenaban a la raza humana al hambre y la extinción. Swift propuso algo simple: en el problema está la solución. Basta con una ley que permita el canibalismo, los ricos se comen a los hijos de los campesinos pobres y problema solucionado. El exceso de población se convierte en recurso y no en carga. Nadie consideró que Swift fuese en serio con su propuesta, a lo más, criticaron su “mal gusto”.

La ironía, hoy en día, es imposible. Imagino los titulares: “Swift dice ahora que nos comamos los unos a los otros”, “Swift y su comunismo comeniños”, “Los partidos constitucionalistas preparan una denuncia contra Swift por incitación a la violencia”, “La patronal advierte: si se comen a los niños harán falta trabajadores en un futuro próximo”, “Swift se contradice otra vez: la imposibilidad de defender el aborto y comer niños”, “Swift miente. El coste de criar un niño no compensa las proteínas que aporta, dice experto M. Harris”, “Swift aprovecha la propuesta de comer niños como excusa para fomentar la inmigración”, “Varias asociaciones de jueces advierten que comer niños puede ser constitucionalmente indigesto” “UNICEF alerta que la propuesta de comer niños puede ir contra los derechos de la infancia”, “Según los sindicatos, la propuesta de Swift terminaría con el proletariado”. Y así, seguro, cinco días de traca de petardos de opinión. Lo interesante es que la estructura de los titulares anteriores reproduce la fórmula de varios originales de medios imaginarios como Abeces, Ermundo, Sinrazón, Kkodiario, Infidencial, Apañol, Jope

En fin, Joyce en el Ulises definía un fantasma como aquella persona que se ha desvanecido hasta hacerse impalpable por muerte, ausencia o cambio de costumbres. Añadiría a la definición la contribución de Forrest Gump: fantasma es el que hace fantasmadas. La democracia apolítica es aquella titulada por políticos fantasmas que han abandonado la palabra para manifestarse mediante ruidos, golpes, gruñidos… y otras fantasmadas (Gump dixit).

 

Fotografía: Carmen Barrios