El inicio del aĂąo 2016 ha coincidido con dos acontecimientos polĂ­ticos de extraordinaria importancia como la sesiĂłn constitutiva de la nueva legislatura y la elecciĂłn del Presidente de la Generalidad de CataluĂąa tras las ya olvidadas elecciones septiembre de 2014. Ambos hechos coinciden en el tiempo sin estar en principio conectados pero al final, como veremos mĂĄs abajo, van a estar mĂĄs relacionados de lo que cabĂ­a esperar.

Empecemos por la elección del nuevo Presidente de la Comunidad Autónoma de Cataluña, Carles Puigdemont. Al comentar el largo camino recorrido hasta llegar a la elección precipitada pero in extremis, la prensa no independentista de toda España ha utilizado frecuentemente la expresión esperpento, pero la prensa se ha quedado corta porque lo que ha ocurrido en Cataluña no ha sido un esperpento sino un aquelarre, donde la mayoría de los participantes parecían estar en trance tras ingerir diversas drogas. Sólo si lo comparamos con un aquelarre, con brujas y alucinados “colocados” por alcohol y drogas, podemos entender una extenuante negociación entre Junts pel Si y la CUP que ha conducido a un acuerdo (publicado en La Vanguardia de 10 de enero) en donde los primeros han acabado sacrificando a un cadáver político como Mas, pero la CUP se ha quedado en una situación ancilar respecto a los Junts pel Si, renunciando a su autonomía como partido y como Grupo Parlamentario e incluso sacrificando a los diputados más díscolos. Lo peor es que ese acuerdo (que sólo lo firmarían quienes quieren destruir o debilitar a la propia CUP) ha venido precedido por un conjunto de concesiones de Artur Mas y de su coalición (incluyendo una declaración de independencia declarada, naturalmente, inconstitucional), una asamblea de la CUP cuya votación fue convenientemente maquillada, para que diera empate y una falsa dimisión del diputado Baños, que era el más proclive a pactar con la corrupta oligarquía pujolista.

Todo ello huele a chamusquina. Es cierto que ha debido haber una rebelión soterrada en Convergència, pues sabían que unas nuevas elecciones laminarían a este partido y probablemente cortarían por mucho tiempo el lento golpe de Estado que denominan procès y que esta última posibilidad tambiÊn habrå hecho que presionen a Mas los independentistas de toda laya como la ANC o el Omnium Cultural. Porque todos sabían que el empecinamiento de Mas produciría el final de la rebelión independentista. Pero, presiones aparte, el asunto se presenta con rasgos tan chuscos que invita a recordar una fecha y una Comunidad Autónoma: 2003 en Madrid. ¿Alguien pondría la mano en el fuego para negar que no hayan circulado tamayos y tamayitos?

El resultado es que el Parlamento catalĂĄn ha elegido a Carles Puigdemont, un independentista de siempre, no un converso como Mas. Este seĂąor ya ha dado los esperables primeros pasos con un discurso de toma de posesiĂłn tan llorĂłn como son todos los de los independentistas catalanes (se suele decir que los nacionalistas catalanes son victimistas pero son algo mĂĄs, son llorones). Y, naturalmente, ha formulado un juramento que bordea la ilegalidad.

Cabe temer que las provocaciones verbales y pseudo-jurídicas de los independentistas se incrementen, especialmente mientras haya Gobierno en funciones, pero nada impide al Gobierno en funciones actuar frente a las iniciativas independentistas, incluyendo acudir al Senado para que éste le autorice a adoptar medidas en aplicación del artículo 155 de la Constitución. De la misma manera de que, si las Cortes Generales quedaran disueltas tras dos meses de un fracasada votación de investidura, nada impediría que la Diputación Permanente del Senado, asumiendo las facultades de esta Cámara, adoptara esas medidas (sobre este tema, Javier García Fernández: “Artículo 155: instrucciones de empleo”, El País, 5 de noviembre de 2015). El problema es que mientras no haya un Gobierno dotado de confianza parlamentaría es muy difícil tomar iniciativas políticas (que por otra parte, siempre van a ser a medio plazo) y ese Gobierno no parece fácil.

Porque la consecuencia no deseada de la investidura de un Presidente golpista (no nos andemos con eufemismos) es que se recrudecerĂĄn las presiones sobre el PSOE y sobre su Secretario General, Pedro SĂĄnchez, para que pacte en malas condiciones con Rajoy. Naturalmente que es preferible que no se repitan las elecciones, porque no tendrĂ­amos un Gobierno hasta bien entrada la primavera (si no en el propio verano). Naturalmente que es preferible un entendimiento bien con la derecha bien con la izquierda. Pero el entendimiento con la derecha mientras Rajoy presida el PP es muy difĂ­cil, porque Rajoy ha sido el peor Presidente de la democracia y el que mĂĄs daĂąo ha hecho a los espaĂąoles. Y con la izquierda es muy difĂ­cil mientras Podemos estĂŠ dominado con puĂąo de hierro por un histriĂłn sin seso ni medida como Iglesias TurriĂłn, que es un Beppe Grillo todavĂ­a con menos gracia. A lo mejor podrĂ­a haber cierto entendimiento si el PP prescindiera de Rajoy y Podemos de Iglesias TurriĂłn. Pero lo que debe estar claro es que el PSOE no puede desacreditarse votando a Mariano Rajoy o absteniĂŠndose, lo que no quiere decir que sin Rajoy no se pudiera llegar a pactos o a Gobiernos de coaliciĂłn.

El problema del independentismo catalĂĄn es que contamina todo y lleva a todos los titulares de los Ăłrganos constitucionales a realizar conductas cuando menos discutibles. Un ejemplo es la negativa del Rey Felipe a recibir a la Presidenta del Parlamento catalĂĄn, que es un error de libro, pues no se debe dejar de recibir a una persona que, por muy independentista y republicana que sea, acude al Monarca acatando su posiciĂłn constitucional y su papel representativo. Sobre este desdichado incidente hay que preguntarse, ante todo, si la negativa regia tenĂ­a refrendo (aunque fuera presunto) del Gobierno. SerĂ­a interesante saberlo, porque asĂ­ podrĂ­amos exonerar al Rey de una crĂ­tica polĂ­tica y aunque El Mundo del 13 de enero publica unas pequeĂąas declaraciones del Ministro de Justicia donde se muestra su acuerdo, el tono es ambiguo y mĂĄs bien parece una justificaciĂłn a posteriori. Pero si el Gobierno no dio su refrendo presunto y se enterĂł a posteriori, el tema es grave por dos motivos:

  1. Porque el Rey no tiene derecho a expresar sus sentimientos políticos. Se ha escrito (por ejemplo, Marc Carrillo: “La libertad de expresión de los Reyes”, El Cronista del Estado Social y Democrático de Derecho, número 2, febrero 2009, págs. 16-25) que la neutralidad política exige que el Rey en una Monarquía parlamentaria no exprese sus opiniones políticas y la ruptura de una práctica constitucional por parte del Rey por motivos políticos, por desacuerdo con una Presidenta soberanista, pone a ese Rey a la altura de esos soberanistas. Y si le resultaba desagradable recibir a quien vitoreó pueril y provocadoramente la República catalana, habrá que decir que el aguante está en el sueldo de Jefe del Estado;
  2. En tĂŠrminos jurĂ­dicos, el Rey sĂłlo puede actuar en virtud de criterios igualmente jurĂ­dicos, sin margen a actuaciones regladas ni a criterios de oportunidad (menos aĂşn de gustos). Si la elecciĂłn de Puigdemont se efectuĂł conforme al ordenamiento y si la funciĂłn de la Presidenta del Parlamento catalĂĄn es una funciĂłn jurĂ­dicamente regular, incardinada en el ordenamiento, el Rey no debe romper una costumbre constitucional (cierto que de poca densidad jurĂ­dica y que debe haber afectado sĂłlo al PaĂ­s Vasco y a CataluĂąa) porque con la elecciĂłn de Puigdemont y con la audiencia de la Presidenta Forcadell no se producĂ­a ninguna ruptura del ordenamiento, que es el hilo conductor de un Rey parlamentario.

Por eso, vuelvo a decirlo, serĂ­a interesante saber si la descortesĂ­a constitucional del Rey tenĂ­a o no refrendo presunto del Gobierno.