Elon Musk es un auténtico malvado de película de superhéroes hecho carne real. Su billetera está repleta de cuerpos exhaustos. En ella caben 3.800 millones de personas explotadas. Si se rapa la cabeza es igualito que Lex Luthor en la última de Supermán, ese plutócrata moderno y tecnológico que encarna el mal y es una amenaza para la estabilidad y la vida en el planeta. Musk es igual de déspota, igual de racista, igual de manipulador, igual de clasista, igual de machista, igual de engreído y megalómano, igual de descarnado explotador de recursos y personas; en definitiva, igual de fascista que el infame personaje hollywoodiense.
En los bolsillos de Musk rebosa más riqueza de la que puede sumar el 46 % más pobre de la población mundial de forma conjunta. Este señor blanco está a un paso de convertirse en la primera persona con una fortuna superior al billón de dólares. Según las conclusiones de un informe de Intermón Oxfam, su fortuna creció a un ritmo de un millón de dólares por minuto durante el último año. En la misma medida que crece su fortuna, se empobrece la mitad de la humanidad, merma la democracia y aumenta de forma exponencial la pobreza y la desigualdad.
Los guionistas de la última de Supermán estaban acertados cuando alertaban del peligro que suponen los Lex Luthor de turno. El periodista Pedro Vallín describe a este tipo de personajes de película en su ensayo ¡Me cago en Godard! (Ed. Arpa, 2019) como «empresarios con máscara de filántropos y pusilánimes políticos corruptos que hallan escasos obstáculos en las normas democráticas para sus desvaríos plutocráticos», que se atreven a jugar con destinos de personas y países como con «un juguete del infierno». Su denominador común es que son personalidades desatadas, poderosas, carentes de empatía y sin ningún límite.
Lo dramático es que la era Trump está poniendo de manifiesto que, en estos momentos, la realidad supera la ficción. En el mundo existen ahora un puñado de hombres absolutos que compiten entre ellos por ver cuál es peor persona para los intereses de la mayoría. Y son seres de carne y hueso, reales, con nombres y apellidos.
Son hombres extremos, que se saltan las normas más elementales de la convivencia. Insultan, amenazan, gritan, denigran, despotrican y humillan en público. Da igual que haya o no cámaras de televisión o que estén en un foro nacional o internacional. Hacen el saludo nazi si les viene en gana ante millones de personas, que los ven en directo, in situ o por televisión. Y no pasa nada.
Exportan su maldad y extienden su odio como un manto de lodo sobre la gente común, convirtiéndose en ejemplo a imitar por lo peor de cada casa. Y no estamos viendo una película de Supermán o de Batman, contemplamos la vida real. Lex Luthor, Max Shreck o el Joker han saltado desde la pantalla del cine y se han hecho carne.
Han conseguido acaparar tanto poder, tanto dinero y tantos recursos que lo mismo violan mujeres sin que les caiga el peso de la justicia interna de su nación que violan países sin que el derecho internacional se interponga para frenarlos. Así están las cosas en la era Trump.
Elon Musk es uno de ellos. Uno de los que está en lo más alto del palmarés. Nunca antes en la historia de la humanidad una persona se ha hecho tan inmensamente rica como para poder permitirse gastar un millón de dólares al día durante 2.740 años. ¿Para qué quiere una persona esa astronómica cantidad que no podrá gastar ni en cien mil vidas?
Semejante acumulación de poder en unas manos particulares conlleva un enorme riesgo para el resto de la humanidad. Es necesario ponerle coto. Intermón afirma en su análisis que, simplemente, con «un impuesto del 10 % sobre la fortuna de Musk de un billón de dólares se recaudaría lo suficiente para acabar con la pobreza extrema mundial durante un año, sacando a más de 800 millones de personas de la pobreza extrema».
Con solo un impuesto del 10 % sobre esta fortuna particular comerían 800 millones de personas. Imaginemos si ese impuesto se extendiera a toda la comunidad de ultrarricos. Sería un gran paso para poder poner freno real al hambre y la pobreza y estrechar la brecha de la desigualdad.
La inmensa acumulación de dinero en tan pocas manos, sean las de Musk, Thiel, Bezos, las del propio Trump o las de cualquier otro miembro del club de los poderosos, es indicativa de la perversión de las reglas que rigen el sistema económico. Unas reglas coordinadas para el beneficio de los ultrarricos, con consecuencias desoladoras para la democracia y la equidad.
A los ultrarricos les estorban las normas y las legislaciones vigentes. Les sobra cualquier legislación. Quieren libertad absoluta de movimientos. Para ejercer «su» libertad están dispuestos a lo que sea, ya se trate de interferir en la justicia de los países aliados con grabaciones ilegales a expresidentes, como ha sucedido con José Luis Rodríguez Zapatero (ojo, que esto es una perversa amenaza, porque espían y graban a todo el mundo; solo tienen que ponerse a rebuscar), con la finalidad última de intentar tumbar un Gobierno contestón, o de invadir países y declarar guerras ilegales —poniendo en riesgo a todo el planeta— para hacerse con los recursos naturales que ambicionan.
O ponemos freno a la acumulación de riqueza de los Lex Luthor de turno o se comerán la democracia —y a cuantos la defienden—, y ya llevan varios pedazos engullidos.
