En Ceuta vivimos una crisis que no es solo migratoria, y que va más allá del conflicto diplomático o de la amenaza a nuestra integridad territorial.

En Ceuta nos jugamos el alma, porque con nuestras respuestas a lo que allí sucede decidimos sino somos la España del abrazo de Luna Reyes, o somos la España del odio de Santiago Abascal.

Hay varias perspectivas desde las que analizar el grave episodio de la entrada irregular de miles de personas a través de la frontera ceutí.

Quizás la perspectiva más importante sea la que tiene en cuenta que aquella es la frontera más desigual del mundo. No hay parangón en todo el planeta para un desequilibrio mayor de rentas, de desarrollo, de oportunidades a un lado y otro de la línea.

Cabe preguntarse, por tanto, ¿qué desesperación empuja a miles de personas a arriesgar sus vidas y la de sus familias para cruzar esa línea? Y las respuestas pueden versar sobre la altura de los muros a levantar o sobre el desarrollo compartido con los menos favorecidos.

Y hay que definir la política migratoria que corresponde a un país que presume de valores democráticos y de principios morales avanzados. Sin ingenuidades, pero sin vender el alma al pragmatismo desnudo.

Sin la ensoñación de las puertas abiertas, pero sin la bajeza moral de ignorar el sufrimiento y la necesidad ajena. Seguridad en las fronteras y respeto a los derechos humanos. Migración legal, ordenada, segura.

Este análisis no puede obviar la naturaleza delicada de nuestras relaciones con Marruecos. El uso que ha hecho del anhelo de libertad de su propia población es muy lamentable. Arriesgar la vida de menores para presionar políticamente a un país vecino es una conducta reprobable.

La respuesta debe ser la firmeza, sin abandonar el diálogo imprescindible y la recuperación pronta y más que necesaria de la buena vecindad. Pero han de saber que no vamos a olvidar esto, y que España y Europa actuarán con el rigor preciso en defensa de la seguridad y tranquilidad de nuestros compatriotas en Ceuta y Melilla.

La actitud del principal partido de la oposición ha sido penosa, una vez más. Casado ha demostrado que no hay límites para la oposición en su afán de dañar al Gobierno. Ni tan siquiera ante una agresión extranjera son capaces de sobreponer el interés común al ansia de poder.

Casado llegó a culpar al Gobierno de España de la crisis provocada por las autoridades marroquíes, mediante el absurdo argumento de que el gobierno vecino actuó impelido por las palabras de una desconocida activista pro saharaui.

Un vértice más de este prisma tiene que ver con el comportamiento de las instituciones europeas, que en esta ocasión sí se han mostrado activas y ágiles en apoyo al gobierno español.

Hasta que el conjunto de Europa no se muestre consciente y solidario de que las fronteras españolas, italianas y griegas son fronteras de todos, y que a todos afectan, no contaremos con una política exterior y de seguridad común, creíble y eficaz.

En todo caso, respecto a lo ocurrido en Ceuta, la batalla más importante a dar no es ni diplomática, ni política, ni jurídica. Es moral, y dos imágenes representan a sus contendientes mejor que cualquier discurso.

O somos la España de esa voluntaria de Cruz Roja que abrazaba a un semejante exhausto y desconsolado. O somos la España que odia a ese semejante por invasor y que insulta a aquella voluntaria por alentar el “efecto llamada”.

Aunque parezca mentira, está siendo una batalla reñida. Pero hay que ganarla. Porque es la batalla más importante de todas.