El 20 de mayo, el Presidente del Gobierno presentó el proyecto España 2050 ante los medios de comunicación y numerosos representantes de la sociedad civil. Se trata de un estudio de prospectiva, que trata de imaginar cómo será la sociedad española dentro de treinta años y de identificar cuáles deberían ser los objetivos más relevantes a perseguir desde ahora para llegar a esa fecha en las mejores condiciones posibles.

El estudio ha sido propiciado y dirigido desde instituciones gubernamentales, pero su elaboración ha estado a cargo de un centenar de expertos de las más diversas disciplinas y en él han participado otras instituciones independientes tales como la AIREF, el Banco de España, y el Joint Research Centre de la Comisión Europea.

La coyuntura elegida para realizar un estudio como este no puede ser más oportuna: estamos saliendo del largo túnel de la pandemia, durante el cual se han detectado numerosas carencias que se hace necesario corregir; tenemos por delante un enorme esfuerzo de recuperación económica; y estamos a punto de recibir cuantiosos fondos de la UE, no solo para favorecer nuestra pronta recuperación, sino también para realizar profundas reformas que nos hagan más fuertes frente a futuras crisis. Parece, por tanto, un buen momento para pararse a pensar qué queremos ser como país y cuáles deberían ser nuestros principales retos.

El estudio abarca numerosas áreas, empezando por la evolución demográfica, para la que se prevé un envejecimiento progresivo de la población, que no llega a ser compensado con el aumento de la natalidad ni con la previsible inmigración, y un aumento de la esperanza de vida en tres años. Plantea subir progresivamente la edad de jubilación y favorecer actividades productivas complementarias más allá de esta.

Una gran parte de los 50 objetivos que aparecen en el informe podrían resumirse en uno solo: converger con la media europea. Tenemos la oportunidad de dejar de ser una excepción como país en tasas de abandono escolar, de recaudación fiscal, de inversión educativa y sanitaria, de inversión en I+D+i, en tasa de desempleo, en volumen de economía sumergida y en tantos otros apartados en los que España sigue estando en 2021 en el furgón de cola de los 27.

Otros objetivos son más de voluntad política, como los de apostar por un desarrollo territorial equilibrado, por la digitalización de la economía o por alcanzar la neutralidad en emisiones de carbono. En conjunto, se dibuja una foto panorámica muy completa de cómo somos en 2021 y de cómo deberíamos ser en 2050.

Cualquiera que viva como propias las carencias de nuestro país debería sentirse concernido por un estudio así y debería estar dispuesto a participar en el diálogo que ha ofrecido el Gobierno, con el fin de llegar a un consenso sobre cuáles deberían ser los objetivos básicos compartidos por todas las fuerzas políticas, de forma que todas deberían perseguirlos si llegaran al gobierno.

Cualquiera, menos el Partido Popular del señor Casado. Sin apenas tiempo para haberlo estudiado, ya ha salido al estrado para calificar el estudio de humo y de constituir una ofensa para los españoles actualmente en paro. No se entiende muy bien el argumento: precisamente porque la situación actual es bastante mejorable, sería muy pertinente pensar en cómo salir de ella y en cómo encaminarnos a un futuro mejor, ¿no?

Lo cual nos lleva a preguntarnos ¿para qué quieren el poder el señor Casado y su partido? En el tiempo que lleva a su frente no le hemos escuchado una sola idea constructiva o de futuro. Su discurso ha consistido básicamente en una letanía del NO, que muy bien podríamos haber encargado a un programa informático por lo previsible: la pandemia ha sido, en su opinión, mal gestionada por el gobierno; los últimos decretos de alarma merecieron su voto negativo; tampoco aprobaron su levantamiento; la crisis económica actual es culpa del gobierno; el reciente desafío marroquí en Ceuta y Melilla es fruto de su incompetencia; etc. Está bastante claro: lo que haga el Gobierno estará siempre mal por definición, pero, aparte de esto, ¿tienen alguna otra idea?

Si recorremos la historia de nuestra democracia, veremos que el Partido Popular nunca ha llegado al gobierno gracias a sus propuestas innovadoras o a sus proyectos de futuro. Más bien lo ha hecho a causa de las deficiencias o del agotamiento de los proyectos del PSOE. Así sucedió con Aznar en 1996, tras catorce años de gobiernos de Felipe González y también con Rajoy en 2011, tras la inmensa crisis que comenzó en 2008 y que se llevó por delante al gobierno de Rodríguez Zapatero.

Una vez en el poder, tampoco emprenden proyectos transformadores, aunque estos sean, en ocasiones, imprescindibles. Por ejemplo, el retraso que llevamos actualmente en emisiones de carbono se debe a la inacción de los gobiernos de Rajoy durante siete años. También fue mérito suyo el parón a las energías renovables, que nos ha supuesto la pérdida de liderazgo en el sector. Da la impresión de que los conservadores solo quieren el poder para “conservar” lo que hay —de ahí, tal vez, su nombre— pero nunca para cambiarlo o mejorarlo. Incluso cabe la sospecha de que lo quieren para que otros no lo tengan y les dé por transformar lo que hay.

Pero la historia es cambio por definición. Si no se analizan las deficiencias, se evalúan los desafíos, y se emprenden transformaciones para hacerles frente, la historia te deja atrás, como tantas veces nos ha sucedido en el pasado.

La España de 2021 tiene muchas deficiencias y muchos desafíos que atender. Necesitamos salir de la bronca diaria y cortoplacista que solo aspira a derribar al gobierno actual aprovechando cualquier coyuntura adversa. Si el señor Casado y la actual cúpula popular no están a la altura de los desafíos, alguien debería ir pensando en su relevo.