Lo ocurrido este miércoles en el parlamento con la intervención de Gabriel Rufián es una más de las que este personaje nos tiene acostumbrados. Se ha convertido en una caricatura del parlamentarismo, en una caricatura de sí mismo (porque mucho peor sería pensar que es así), y flaco favor le hace a ERC su actitud, aunque él pueda argumentar lo contrario y su gente aplaudirle.

Pero, ¿de verdad ERC necesita un parlamentario que busca permanentemente la bronca más zafia? ¿es necesario para demostrar “valentía dialéctica” proceder a insultos, uno tras otro, rayando lo indecente?

Rufián sabe que, probablemente, sus intervenciones caerían en el vacío, faltas de argumentaciones políticas. Y quiere un titular. Busca un titular. Y, para ello, utiliza la escenografía, el teatro, la dramatización, lo que sería muy digno siempre y cuando sus palabras, sus razones, sus argumentos estuvieran a la altura. El insulto no es la voz política.

Lamentablemente todos nos hemos acostumbrado a que Rufián “es así”. Y los medios de comunicación le hacen eco porque eleva el nivel parlamentario a niveles intolerables. ¿De verdad es admisible lo ocurrido hoy? No se trata tan solo de que diga que Borrell es el ministro “más indigno” de la democracia (algo que es realmente intolerable), cuando en la prisión hay sentados ministros por haber robado, estafado, o malversado. El problema es que Rufián no tiene límite.

Y permitirán que pueda comparar lo que insulta Rufián, con esa mala educación, con la inteligencia parlamentaria de Borrell. “Ha echado una vez más serrín y estiércol”, una calificación sobre la actitud, no sobre la persona.

También me parece acertada la actuación de la Presidenta de la Mesa. Hay que llamar al orden por la utilización trivial de palabras como “fascista” y “golpista”. No sé si resulta conveniente retirarlas, pero es cierto que hay que recuperar la profundidad de los términos. Se utilizan calificativos como si entraran en la normalidad, y el “fascismo” o “el golpe de estado” no son temas menores para que los políticos los utilicen en un sistema democrático sin saber sus consecuencias. La memoria se construye también sabiendo qué cosas se dicen.

Tardá no es Rufián. Y todos lo sabemos. La comparecencia de rueda de prensa que hoy realiza Tardá tiene dos significados: por una parte, cierra filas en defensa de su grupo porque no le queda más remedio que dar la cara mediáticamente, porque seguramente también está harto de ser el objeto de ataques de PP y Ciudadanos; por otra parte, esa posición de que “no responde nadie más que yo” significa también un golpe de autoridad a su grupo político que está caminando a la deriva. ¿O comparte Tardá los espectáculos de su portavoz Rufián?

Seguramente muchos pensarán que está muy bien que Rufián sea un deslenguado y un descarado para “contar las verdades”. ¿Por qué tener miramientos lingüísticos? ¿Para qué mantener el decoro? ¿Acaso las palabras dañan más que las tropelías que han cometido parlamentarios encausados hoy por la justicia? ¿Qué es más grave: los insultos de Rufián o los whatsapps de Cosido (este es un tema que merece una nueva reflexión sobre la hipocresía del grupo parlamentario del PP y sus continuas artimañas)?

El tema es que no se DEBE comparar una acción u otra. Lo que ennoblece la labor parlamentaria no es “el estiércol”, como bien señalaba Borrell, sino las varas de medir. Y, personalmente, prefiero que el nivel de la decencia no deba rebajarse para que todo quepa en el Parlamento Español.

No es la primera vez que Rufián se salta las líneas rojas, ni que hay que soportar sus numeritos, ni que ridiculiza la labor de la política con sus payasadas. Ni es la primera vez ni será la última. Todo esto no beneficia a nadie más que al extremismo más odioso. ¿Lo sabe Rufián?

A no ser que sea su propio grupo o, en este caso, Joan Tardá quien imponga condiciones. Rufián no beneficia a la causa de ERC, aunque él crea lo contrario, o a lo mejor, ni siquiera le preocupa.