Desde hace tiempo sabemos que las encuestas preelectorales son entendidas por algunos como armas primordiales de la competencia polĂtica.
El hecho de que estĂŠ aumentando el nĂşmero de ciudadanos indecisos, que no saben a quiĂŠn votar y que no lo deciden hasta los Ăşltimos momentos, ha reforzado la capacidad de influencia de las encuestas, sobre todo para delimitar cuĂĄles son los partidos que tienen mĂĄs oportunidades de concitar apoyos. Y, por lo tanto, para influir en el âvoto Ăştilâ.
TambiĂŠn sabemos desde hace tiempo que los poderes polĂticos y comunicacionales tienden a hacer esfuerzos importantes para influir en el curso de la vida polĂtica, y que, lamentablemente, es bastante habitual que en los medios se mezcle informaciĂłn con opiniĂłn. Por lo tanto, las informaciones polĂticas cotidianas cada vez tienen un mayor componente de editorializaciĂłn y se orientan no tanto a informar objetivamente a los ciudadanos sobre lo que estĂĄ ocurriendo y lo que propone cada cual, sino, sobre todo, intentan influir a los electores abiertamente âcasi propagandĂsticamenteâ sobre lo que tienen quĂŠ pensar y lo que tienen quĂŠ hacer en polĂtica. Lo cual supone no solo un fraude informativo, sino tambiĂŠn transitar por un camino de cierta infantilizaciĂłn de la polĂtica y de la informaciĂłn.
Sin embargo, lo que se estĂĄ haciendo Ăşltimamente con la presentaciĂłn de determinadas encuestas estĂĄ desbordando las tendencias anteriores, implicando un paso mĂĄs en la direcciĂłn de convertir determinados medios de comunicaciĂłn en instrumentos electorales, al servicio de parte. Es decir, supone tambiĂŠn trocar lo que pretende ser una ciencia social, como es la SociologĂa electoral, en un recurso mĂĄs para arrimar el ascua a la sardina de cada cual.
A travĂŠs de este camino no solo se devalĂşa la credibilidad y la independencia informativa de determinados medios, sino que se produce un daĂąo objetivo a la credibilidad de la SociologĂa, como disciplina en sĂ y como instrumento adecuado para poder obtener y divulgar informaciones Ăştiles y veraces entre los ciudadanos. Y, especialmente, entre los sectores mĂĄs implicados en la actividad polĂtica.
El intento de manipular y tergiversar las encuestas no es nuevo. Incluso durante los primeros aĂąos del ciclo de la TransiciĂłn DemocrĂĄtica hubo periĂłdicos, aparentemente serios, que inventaron empresas demoscĂłpicas y encuestas que nunca se hicieron para presentar la imagen de unos y otros partidos como receptores de mĂĄs o menos apoyos de la opiniĂłn pĂşblica. Es decir, para intentar condicionar el voto Ăştil.
En el contexto actual, en mi condiciĂłn de sociĂłlogo y profesor de esta disciplina que durante mĂĄs de 45 aĂąos he intentando imbuir a mis alumnos/as de un espĂritu de rigor, seriedad y precisiĂłn en los anĂĄlisis sociolĂłgicos, he de confesar que me produce una enorme frustraciĂłn comprobar cĂłmo tienden a difundirse prĂĄcticas sociolĂłgicas que jamĂĄs pensĂŠ que podrĂan estar presentes en periĂłdicos y medios de comunicaciĂłn con un alto nivel de seriedad. De hecho, a mĂ me resulta inconcebible que medios internacionales de prestigio que han sido referencias en la comunicaciĂłn, como Le Monde, The Guardian, o La Repubblica, puedan llegar a publicar informaciones sociolĂłgicas tan sesgadas, presentadas poco menos que como editoriales.
Por citar solo algunos ejemplos o rasgos que, a mi modo de ver, limitan mucho la validez cientĂfica y la credibilidad de determinadas encuestas recientes, me gustarĂa resaltar que cada vez es mĂĄs difĂcil garantizar criterios estadĂsticos muestrales rigurosos en las encuestas telefĂłnicas. MĂĄxime cuando en algunos casos se prescinde totalmente de los hogares y personas que solo tienen telĂŠfonos fijos, y cuando las encuetas se realizan a partir de marcaciones aleatorias de telĂŠfonos de nueve cifras, empezando por 6. Al proceder de esta manera se elimina de las supuestas âmuestrasâ a las personas de mĂĄs edad, que no tienen telĂŠfonos mĂłviles y que constituyen una proporciĂłn no despreciable de los jubilados y personas mayores. Personas que tienen una dilatada trayectoria del voto al PSOE, por ejemplo.
A su vez, resulta bastante peculiar metodolĂłgicamente realizar un nĂşmero mĂĄs alto de encuestas (casi podrĂamos a decir âa voleoâ) y luego eliminar aquellas que no se ajustan a los estĂĄndares fijados de cuotas por edad, sexo y residencia que podrĂan esperarse en una muestra mĂnimamente seria. Cuando en alguno de estos casos se llega a prescindir de cerca de setecientas encuestas (que representan un total del 35% de las inicialmente realizadas en la supuesta âmuestraâ inicial) es inevitable que surjan dudas sobre cĂłmo se hace esta âpurgaâ interna, y si aquellos que son eliminados tienen o no tienen unas orientaciones de voto determinadas.
Por estas y otras razones es inevitable que las encuestas publicadas en determinados medios de comunicaciĂłn luego sean contrastadas y negadas en los procesos electorales, sin que pase absolutamente nada y sin que ni siquiera se aminore o se relativice esta prĂĄctica comunicativa desmedida.
En este sentido, me gustarĂa recordar que los Ăşltimos sondeos publicados por El PaĂs antes de las elecciones de junio de 2016 âalgunos solo unos pocos dĂas antesâ daban al PP una estimaciĂłn de voto que luego resultĂł 4 puntos inferior a la real (es decir, un 14% de desviaciĂłn), o que en el caso de Podemos se le atribuyeran casi 4 puntos mĂĄs que los votos que obtuvo (con una desviaciĂłn del 17,6%). Y en el caso del PSOE, tambiĂŠn solo unos dĂas antes, se pronosticaban dos puntos menos de los que finalmente obtuvo.
Sin embargo, en aquel caso la mayor desviaciĂłn se produjo con respecto a Ciudadanos, partido por el que El PaĂs tiene una especial predilecciĂłn desde hace tiempo. Lo cual es algo que entra dentro de la lĂłgica polĂtica y a lo que tienen perfecto derecho. Pero, sin embargo, atribuirles muy pocos dĂas antes en las encuestas una intenciĂłn de voto del 16% âque se quedĂł despuĂŠs en un 13,1% en las urnasâ, revela un sesgo apreciable y amplificado en los editoriales, que viene a revelar lo que antes indicaba como una prĂĄctica criticable. Es decir, presentar lo que es una predilecciĂłn especĂfica de los editores como un dato sustentado por una disciplina caracterizada por su afĂĄn de cumplir con unos mĂnimos criterios y exigencias cientĂficas y de rigor. Lo cual implica, o bien que se estĂĄ haciendo de la SociologĂa una especie de parasociologĂa al gusto de los jefes, o bien significa intentar convertir lo que es simple preferencia en una cuestiĂłn de apariencia cientĂfica.
ÂżProducen efectos prĂĄcticos todas estas maneras de proceder? En CataluĂąa algunos sostienen que tal estrategia electoral y comunicacional fue bastante Ăştil en los comicios de Diciembre. Y que el hecho de âpresentarâ reiteradamente a Ciudadanos como el partido que podrĂa obtener mĂĄs votos no secesionistas influyĂł en la decisiĂłn final de muchos electores que querĂan atribuir al voto que emitĂan en las urnas un valor resolutivo. Es decir, que pensaron en tĂŠrminos de voto Ăştil. Y a partir de esta experiencia tan parcial y tan acotada, parece que ahora se quiere convertir dicho hecho especĂfico en un paradigma de comportamiento sistemĂĄtico.
Por lo tanto, habrĂĄ que irse acostumbrando a titulares magnificados que nos intentarĂĄn presentar a ciertos lĂderes y partidos no solo como representantes genuinos del bien comĂşn, sino como ganadores indiscutibles de unas elecciones que no se han celebrado aĂşn y que ni siquiera se sabe cuĂĄndo se celebrarĂĄn.
ÂżY en este contexto alguien se va a detener a informar sobre las propuestas especĂficas que hacen âo van a hacerâ los grandes partidos para solucionar las cuestiones que mĂĄs preocupan a los espaĂąoles?
En cualquier caso, lo mĂĄs probable es que algunos se dejen bastantes pelos en esta gatera y que, en la medida que dejan de ser periĂłdicos o medios de referencia general, para convertirse en portavoces interesados de opciones polĂticas concretas, se vean sometidos tambiĂŠn no solo a la lĂłgica pĂŠrdida de credibilidad, sino tambiĂŠn a las crĂticas cruzadas propias de la competencia polĂtica. Y lo cierto es que no sĂŠ si todos sabrĂĄn muy bien lo que estĂĄn haciendo, ni para quĂŠ.
