En el artículo anterior analizábamos el marco de riesgos globales que cabía definir para el corto (2 años) y largo plazo (10 años) según el informe de Riesgos Globales 2026 (GR2026)[1] elaborado para las reuniones del Foro de Davos de enero de este año, en un momento en el que la polarización alcanza cotas de gran magnitud y donde la presidencia de Donald Trump, unida a los intereses imperialistas de EEUU y del actual Gobierno de Israel, están marcando un seísmo en muchas de las variables que condicionan la dinámica global del planeta; y, en particular, en el negocio y control de los mercados energéticos y de las materias primas, en el armamentístico y en su utilización asesina y genocida en Oriente Medio, a gusto de los imperios que marginan cualquier tipo de derecho internacional o el correspondiente papel de Naciones Unidas en las relaciones interestatales y en la paz.

Como vimos en el artículo anterior, en el citado GR2026 el riesgo de guerras (State-Based Armed Conflict) se situaba como uno de los principales riesgos globales para el corto plazo (el segundo riesgo más probable de desencadenar una crisis global en 2026 para el 14% de los expertos encuestados) cuyas principales consecuencias esperadas se situaban en la generación de Fragilidad estatal e inestabilidad geopolítica, Daños a infraestructuras críticas, Crisis humanitarias y desplazamiento de población, Interrupción de cadenas de suministro globales, Volatilidad económica internacional y Deterioro de la cooperación internacional.

Consecuencias que necesariamente iban a incidir sobre el conjunto del planeta pero que, en función del cuándo y del donde, sus efectos podrían tener consecuencias más o menos diferenciales sobre las distintas zonas de este, interesándonos, en particular, sus consecuencias sobre España, donde el señalado GR2026 destacaba, para el corto plazo, los problemas, en parte contradictorios, de Polarización social, Escasez de mano de obra y falta de cualificación de esta, Insuficientes servicios públicos y prestaciones sociales, Deuda pública y privada y Desempleo y falta de oportunidades económicas.

Incidiendo en los efectos de los State Based Conflicts, en la página 28 del GR2026 se recoge el grafo de interconexiones e influencias de estos conflictos armados con el conjunto de riesgos considerados en el Informe, donde se destacan las interrelaciones y consecuencias previsibles antes señaladas.

De estos riesgos nos interesa profundizar en aquellos que están incidiendo o pueden incidir de forma más significativa sobre los que eran los cuatro efectos potenciales más negativos reflejados en la Figura anterior: Desigualdades, Recesión económica, Polarización social y Caída de la salud y bienestar ciudadano. Para ello vamos a considerar los efectos más inmediatos que está teniendo la agresión militarista a una de las muchas teocracias existentes en el mundo en desarrollo -y particularmente en Oriente Medio y Asia, con el caso extremo de Afganistán- como es Irán, para después centrarnos en cómo puede evolucionar el conflicto y sus consecuencias en el medio-largo plazo.

Efectos inmediatos globales

Una síntesis rápida de los efectos generados, que no difieren mucho de los esperados que tanto Israel como EEUU tenían conscientemente preparados y asumidos en el global de Escenarios y pautas de intervención que la IAg de Claude los había preparado han sido:

Cierre de la producción y envío de petróleo y gas en países relevantes de Oriente Medio además del cierre práctico del estrecho de Ormuz, con consecuencias que se extienden más allá del mercado energético (petróleo y gas), pero que, para la política de Trump tienen sentido en su intención de ir socavando las fuentes de obtención de recursos energéticos y de acceso de materiales críticos para la actual dinámica tecnológica-productiva de China. En efecto, los sectores del aluminio, níquel, productos químicos y la fabricación de semiconductores empiezan a sentir los efectos derivados de los problemas de acceso a la energía y a materias primas hacia y desde Oriente Medio, que representan del orden del 20% de los recursos energéticos mundiales, además del orden del 15% del suministro mundial de aluminio, teniendo en cuenta que los productores de aluminio de Oriente Medio representan casi el 10% de la producción mundial total y necesitan la importación de bauxita para mantener en funcionamiento las plantas de producción de aluminio en la región. Todo lo cual utiliza el estrecho de Ormuz y ha llevado a la parada provisional de la producción (cuya reanudación no puede ser siempre inmediata y puede retrasarse meses) y a la suspensión de entregas de los productores a sus clientes. El resultado ha sido el incremento muy sustancial del precio de petróleo, gas y aluminio en los mercados

Efectos que se incrementarán muy sensiblemente en el conjunto del planeta, y principalmente en Asia, que es un importante destino para los envíos de energía y materias primas procedentes de Oriente Medio, si la interrupción se alarga en el tiempo y se van consumiendo las reservas de gas, petróleo y materias primas afectadas, particularmente de azufre, cuya cuarta parte del suministro mundial depende de Oriente Medio. Lo que afectaría de forma destacada a la industria de semiconductores de Corea del Sur dependiente de materiales cruciales como el helio de la región. A Indonesia, dependiente de la importación del orden del 75 % de su suministro de azufre de la zona para el procesamiento del níquel y cuya industria produce alrededor de la mitad del suministro mundial de níquel. China dependiente de más de la mitad de las importaciones chinas de azufre para la producción de fertilizantes. Los productores de cobre en África que dependen de las importaciones de azufre de Oriente Medio. O la producción de los sectores químico y automovilístico de países como India, Pakistán, Japón o Vietnam.

Desde los inicios de la actual agresión ilegal de Israel y EEUU a Irán los precios aproximados en los mercados internacionales se han incrementado muy sensiblemente en estos productos:

Considerando la referencia histórica de crisis asociadas al incremento de los precios de estos productos es oportuno referirse a la fuertísima crisis (estanflación: estancamiento más inflación) que caracterizó a 1973 con incremento en los precios del petróleo que llegaron a casi cuadriplicarse, todavía muy lejos de lo que se espera pueda ocurrir en la actualidad, aunque la incertidumbre es muy elevada. Su influencia en el incremento de la inflación y en el estancamiento económico fue clara y, por ejemplo, represento una caída del 48% en el S&P500 que tardó 20 meses en recuperar sus valores pre-inicio de la crisis.

La siguiente referencia imprescindible es la derivada de la invasión de Ucrania, en 2022, y las sanciones establecidas a Rusia en el mercado energético y de materias primas que, fundamentalmente disparó el precio del gas (el precio  del gas en el mercado neerlandés más que se duplicó desde la invasión, mientras que el precio de los fertilizantes alcanzaban un récord histórico, al igual que el aluminio -3.525 $/t- ahora ya superado), lo que tuvo una elevadísima incidencia negativa sobre la Unión Europea, aunque benefició, al igual que está sucediendo en la actualidad, a la industria del gas (fracking) y petrolera de EEUU. Lo que explica en parte el carácter también ligado a las políticas MAGA (Make America Grat Again) y al apoyo total de Trump a las energías fósiles americanas, de la guerra de Israel apoyada por EEUU. Pero EEUU no puede mantenerse al margen de los efectos negativos de la crisis y el incremento de los precios del petróleo, gas, aluminio y fertilizantes, junto al aumento inevitable de fletes y seguros de transporte marítimo están incidiendo en su coste de la vida y en la oposición a la guerra entre muchos ciudadanos estadounidenses.

Porque es evidente que este proceso va a tener efectos significativos sobre la inflación y el estancamiento/recesión económica en una economía global que había conseguido doblegar en gran parte la dinámica inflacionaria derivada de 2022, pero donde todavía persisten riesgos desiguales para el crecimiento del PIB global por la carga de la deuda pública y los fuertes niveles de endeudamiento que pueden generar impagos y crisis financieras en el mundo en desarrollo, y en el que el sector financiero informal gana posiciones de poder.

De hecho, las expectativas del FMI son que una subida sostenida del petróleo en el entorno de los 100-120 $/barril, tendría un impacto acumulado del orden de 0,5 a 0,8 puntos en la inflación mundial y restaría entre 0,4 y 0,6 puntos al PIB global, con diferencias muy sustanciales de unos países a otros. En particular, la UE se vería más afectada por su dependencia de la energía y una industria intensiva en energía, con una inflación que podría incrementarse entre 0,7 y 1,2 puntos y una caída en el PIB de entre medio y un punto.

Lo que empeoraría su situación respecto a EEUU, claramente beneficiado por el aumento de sus exportaciones (en particular a la UE) y mayores precios energéticos para sus elevadas producciones de gas y petróleo. Además, la incidencia sobre su inflación esperada sería menor, ya que se situaría entre 0,3 y 0,6 puntos y el PIB se podría reducir entre 0,2 y 0,5 puntos en un marco de fuerte revalorización del dólar frente al euro. Dólar que, desde su máximo en enero de 2025, había perdido una décima parte de su valor frente al conjunto de divisas, con lo que, en términos de euros, las acciones estadounidenses apenas habían subido durante el último año. Sin embargo, desde el inicio de la guerra hasta el 13 de marzo, el dólar se ha revalorizado un 2%, cambiando la dinámica registrada en todo el período anterior, lo que indica un incremento de la confianza relativa en los activos en dólares frente a los denominados en euros, y un mayor encarecimiento de las importaciones de petróleo y gas norteamericanos para los europeos.

Sin embargo, por ahora las bolsas sienten que las posibles consecuencias de la guerra no van a ser especialmente graves. El índice bursátil S&P500 ha bajado un 1,5% en la primera mitad de marzo; las acciones europeas han bajado entre un 5% y un 6% en el mes y solo en Asia el efecto ha sido más significativo con las acciones japonesas bajando un 7,3% y las surcoreanas, más de un 10%.

En todo caso, hay unanimidad en las estimaciones de que un cierre prolongado del estrecho de Ormuz que empujara al precio del petróleo por encima de los 130$/barril y eliminara de forma muy significativa las aportaciones del gas natural licuado de los países del Golfo, tendría efectos que podrían duplicarse y acercarse a las consecuencias más negativas simultáneas de la crisis de 1973 y 2022. Aunque con fuertes diferencias en sus efectos, que serían peores en los países de Oriente Medio y en Asia, de menor magnitud, pero malas e importantes, en la UE y relativamente menos significativas en EEUU. Los países más pobres sufrirían las peores consecuencias y la inestabilidad global se incrementaría muy significativamente, afectando gravemente, como se recogía en la Figura 1 a las desigualdades, a la pérdida de bienestar y salud y al incremento de la polarización y manipulación social en redes.

Como sucede con todos los conflictos militares o sociales, la utilización interesada como instrumento de guerra de la Desinformación y manipulación informativa se está incrementando, con un crecimiento de la difusión de información falsa o manipulada que se ha convertido, desde 2024, en un riesgo estructural. Lo que está llevando a un debilitamiento de la confianza pública, la polarización política, el incremento de inestabilidad social y una utilización creciente en el sesgo electoral y en la toma de decisiones políticas. En particular, la Polarización social lleva a sociedades que están cada vez más divididas ideológicamente, sesgadas cultural y políticamente, y favorecedoras y permisivas ante el incremento de la desigualdad socioeconómica, dificultando la gobernabilidad y aumentando el riesgo de conflictos internos.

Si veníamos de una época en la que sucesivos “cisnes negros” habían abocado a considerar un futuro próximo caracterizado por altos niveles de incertidumbre, fragilidad y volatilidad, la guerra promovida por Israel y apoyada y potenciada por Trump, está devastando el Oriente Medio y generando inseguridad en países del Golfo que no son precisamente ejemplares desde el punto de vista político-social, pero que son aceptados occidentalmente por los petrodólares que generan, por su integración en la dinámica financiero-especulativa global y por su docilidad ante EEUU e Israel. En todo caso, van a ver fuertemente afectadas sus dinámicas de transformación “occidentalizada en las formas” y se va a continuar generando nuevas víctimas entre una población a la que se está empujando fuera de la región.

¿Qué puede esperarse de la evolución de la situación en Oriente Medio a corto-medio plazo?

La acción de la administración de Trump en America y en Venezuela no se comprende del todo si se ignora la confrontación buscada con China, cuya presencia era creciente en América Latina, al menos en términos económicos, tecnológicos y petroleros: China era el primer comprador de crudo venezolano y de otros elementos estratégicos como las llamadas tierras raras, abundantes en Venezuela. Igualmente, la guerra en Oriente Medio golpea a muchas de las fuentes de importación de recursos de China y de su entorno asiático, algunos de cuyos países son, sin embargo, fuertes aliados de EEUU en su confrontación con China. El Golfo suministra entre el 40% y el 80% del crudo transportado por mar que compran China, India, Japón y Corea del Sur, junto con una gran parte de su gas. En 2025, Asia absorbió aproximadamente el 87% del crudo y el 86% del GNL que transitaba por el Estrecho de Ormuz. Más del 80% del consumo de petróleo de Japón y más del 60% del de Corea del Sur, más un 20% del consumo de este país de gas natural licuado están en cuestión si la guerra se prolonga.

Y para entender la naturaleza de la actual agresión a Irán es preciso considerar la historia de las acciones militares desarrolladas en la región desde la fundación y consolidación violenta e impuesta del estado de Israel sobre una población nativa desplazada y expropiada con ayuda de los británicos y de EEUU. Así, en el último año Israel, con el visto bueno y apoyo de EEUU, ha atacado seis Estados en defensa de sus “intereses”: Palestina, Líbano, Siria, Iraq, Yemen e Irán, generando un genocidio en Gaza; expulsando a miles de personas de sus hogares en Cisjordania y autorizando nuevos asentamientos judíos sustitutorios; ocupando el sur del Líbano; bombardeando Siria en defensa de sus aliados y ocupando parte de su territorio; atacando una teocracia injusta como Irán bajo distintos supuestos falsos de posesión de armamento nuclear o de represión (cierta) de la población por la teocracia dominante.

Israel necesita para su seguridad debilitar a los países árabes limítrofes o con capacidades de intervención que puedan afectar a su posición de dominio en Oriente Medio. Pero su política imperialista y sionista parece buscar recrear la nación judía del Pentateuco, lo que le obliga a un expansionismo sobre sus áreas limítrofes, con continuas agresiones a palestinos y resto de residentes, junto al establecimiento de un estado militar y policial que prevenga a su población de la única vía que les queda a los asesinados y excluidos de sus casas y trabajos: el terrorismo. Terrorismo que se ha visto expandido y se expandirá en mayor medida por el resto del mundo incidiendo en la generalización de otra de las capacidades más queridas de los estados autoritarios como es la vigilancia, control y represión ciudadana en estados que la inteligencia artificial generativa está permitiendo convertir en el Gran Hermano previsto por Orwell.

Israel no podría mantener esta política ni sus consecuencias mundiales sin la ayuda de EEUU, imprescindible para el control y apaciguamiento de países árabes limítrofes, y sin el visto bueno de las principales naciones occidentales; o sin el apoyo del capital ligado a los agentes de inversión y fondos especulativos que dominan el capitalismo global. Su inteligente política de creación de organizaciones y apoyos internacionales como el American Israel Public Affairs Committee le han permitido generar entornos que limiten la condena internacional a sus acciones (pese a las denuncias y condena por genocidio a su presidente y miembros de su gobierno por el Tribunal Penal Internacional y las reprobaciones del Tribunal Internacional de Justicia). Y evitar lo que hubiera sido la solución de los dos estados, con la aceptación de un Estado Palestino y un reparto territorial con un acuerdo global de convivencia respaldado internacionalmente. Solución absolutamente impensable bajo el Gobierno de un Netanyahu arropado por el sionismo más extremo que lleva más de dieciocho años en el poder.

La actual solución militarista y de generación de inestabilidad mundial ligada a la expansión territorial del estado de Israel y al debilitamiento máximo de sus vecinos, produce graves efectos negativos en el estatus quo mundial. Efectos que tienden a ser crecientes en EEUU, en el mundo occidental y para los intereses del capital, que puede empezar a estar interesado en frenar esta dinámica. No va a suceder mientras Trump tenga las mayorías que detenta en el legislativo estadounidense, pero las elecciones de mitad de mandato, si no maniobra para evitarlas o para manipular sus resultados, si no le refuerzan, pueden ser un punto de inflexión. Si no se produce, la tensión en Oriente Medio será crónica y los riesgos de una nueva expansión por todo el mundo del terrorismo será creciente. A la vez que la vigilancia, control y manipulación de estados que responderán con medidas autoritarias y policiales que alcanzarán a toda la población.

Escenarios para España en el corto y medio plazo

En un mundo cada vez más fragmentado, con una expansión y escalada de los conflictos geopolíticos y militares, una multitud de fenómenos meteorológicos extremos amplificados por el cambio climático, una polarización social y política generalizada y avances tecnológicos continuos que aceleran la difusión de información falsa o engañosa, la situación de España es frágil. Aunque en menor medida que en la mayoría de los países de nuestro entorno gracias a las actuaciones que se han ido materializando en el campo de las energías renovables, y en respuesta a la crisis derivada de la invasión de Ucrania en 2022, que impactó con graves problemas logísticos y de aprovisionamiento, fuertes caídas en las expectativas de crecimiento del PIB, la generación de fuertes tensiones inflacionistas, la aparición de tensiones monetarias y las afecciones de estos procesos al bienestar de los ciudadanos, con el incremento de las desigualdades y de las agresiones a la democracia.

Tras un 2023 donde las tensiones geopolíticas y militares, los récords en el calentamiento global y sus efectos, la irrupción exponencial de la inteligencia artificial generativa y la incertidumbre socioeconómica presidieron una dinámica compleja, en 2024 se recuperaba un cierto nivel de optimismo sobre las posibilidades de mejora a corto plazo. Pero, en 2025, la dinámica impulsada desde la presidencia de Donald Trump llevaba a un mundo cada vez más fragmentado por la arbitrariedad de sus decisiones, el abandono de los marcos normativos internacionales, una expansión y escalada de los conflictos (Ucrania, Palestina, Sudán, …), a lo que se superponía una multitud de fenómenos meteorológicos extremos amplificados por el cambio climático, una polarización social y política generalizada y unos avances tecnológicos continuos que aceleraban la difusión de información falsa o engañosa. El resultado era una de las situaciones más enfrentadas desde la Guerra Fría, revelando un panorama sombrío, mejor que el de 2023, pero peor que la correspondiente a 2024. En 2026, los nuevos ataques de Israel y EEUU a Irán y la respuesta de este han vuelto a situar en cotas muy elevadas los niveles de riesgo para todo el planeta, a los que no escapa la situación previsible para España.

En suma, cabe anticipar un repunte acusado de la inflación en marzo, que podría situarse entre el 3,5 y el 3,6%, según distintas estimaciones, y que podría llegar al 4 o 4,5% para antes del verano, según cómo evolucione el conflicto en el estrecho de Ormuz y su repercusión en los precios de los inputs antes señalados. Lo que implica un incremento destacado sobre la situación de febrero de 2026 (IPC del 2,3%) pero muy por debajo de lo que significaron las medidas adoptadas por la UE y EEUU ante la invasión de Ucrania, tal y como apreciamos en la Figura siguiente.

En todo caso, el precio del gas va a incidir inevitablemente sobre el precio de una electricidad, ya inflado por las medidas adoptadas por Red Eléctrica Española como reacción al apagón (estimadas en un 58% de incremento sobre la situación previa al incremento de los precios del gas) y sobre las que las resoluciones pendientes de la CNMC deberían acelerarse para reducir la correspondiente presión sobre los precios de ésta.

El fuerte incremento del precio del gasoil debería compensarse con políticas compensatorias en lo que atañe a su incidencia sobre el excesivo y no corregido papel del transporte de mercancías por carretera, en el que las políticas desarrolladas para potenciar la alternativa ferroviaria o la progresiva utilización de energías renovables que redujeran la dependencia del diésel dejan mucho que desear.

También es de esperar una fuerte incidencia en la agricultura y en el sector agroalimentario, en su conjunto, ya con fuertes tendencias inflacionistas antes de la crisis (por encima del 6% en los alimentos frescos), sobre las que el encarecimiento del gasoil y de los fertilizantes, de los que España es casi totalmente dependiente de mercados exteriores, pueden tener fuertes efectos inflacionarios. Y mayores ante un incremento de la demanda turística previsible como consecuencia de las tensiones en los países del Mediterráneo, este y sur, y del Oriente Medio que, previsiblemente, derivaran su demanda hacia España.

En este marco, España sigue presentando fuertes retos y oportunidades. En el sector energético, que es uno de los ámbitos de entrada de las tensiones exteriores, hay que valorar las medias puestas en marcha en el sector energético recogidas en el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) 2021-2030 y su posterior actualización al vigente PNIEC 2023-2030 aprobado, con 110 Medidas específicas, si bien la dinámica hasta 2025 de los objetivos de este último no recoge la senda necesaria para alcanzar los previstos para 2030 en muchos de los capítulos considerados en el mismo que nos deberían llevar hacia una creciente descarbonización (se pretendía para 2030 un 32% de reducción de emisiones de gases efecto invernadero con respecto a niveles de 1990) e independencia de las importaciones energéticas (se pretendía una reducción de la dependencia energética hasta el 51%) entre otros aspectos fundamentales de transformación estructural de la sociedad y economía española.

Hasta qué punto se ha logrado avanzar en esa transformación estructural, mejora de la sociedad e independencia energética, y cuáles son los retos a corto plazo ante la creciente incertidumbre global, será objeto de consideración en el próximo artículo.


[1] https://www.weforum.org/publications/global-risks-report-2026/