Se está escribiendo mucho sobre las consecuencias económicas de la guerra auspiciada por Israel y Estados Unidos, con impacto sobre todo el planeta. La iniciativa bélica era perseguida por Israel desde hacía tiempo, y ha encontrado un contexto presidido por la incoherencia de Estados Unidos –su presidente se presentó anunciando que no participaría en guerra alguna– y por la observación callada pero no inactiva de otras dos potencias: China y Rusia. Israel ha encontrado su momento, con un presidente en la Casa Blanca que actúa de manera más impulsiva que reflexiva, sin más estrategia que la ley de la fuerza y el ninguneo a la diplomacia. Por otro lado, se ha dicho que la intervención militar del ejército estadounidense obedece a la tesis de debilitar los flujos energéticos hacia China, que tiene en Irán a uno de sus grandes proveedores de petróleo. Se asevera que se cerraría una pinza que se inició con Venezuela. Pero en este punto la disparidad de los analistas es grande con, no obstante, un punto en común: el silencio chino es atronador, y observa con un interés muy presente pero alejado de forma directa del escenario bélico, el desangre de Estados Unidos, tanto exterior como, sobre todo, interior. El descontento de la población estadounidense es elevado hacia Trump –con índices de aprobación bajos–, y esto se está agravando con la clara oposición ciudadana a la guerra. Los resultados macroeconómicos de Estados Unidos, en especial los referentes a la creación de puestos de trabajo, empiezan a tambalearse. Una guerra prolongada –el gran temor de Trump, algo que no contemplaba– agravaría mucho la situación. Pekín debe recordar, sonriendo ante lo que se está viendo, aquel viejo axioma de Sun Tzu: el supremo arte de la guerra es someter al enemigo sin luchar.
En economía, la tranquilidad y las rutinas son piezas esenciales para el buen funcionamiento de los negocios, en un marco de estabilidad y de paz. Pero ahora, con los desequilibrios existentes en la economía mundial, donde una Administración en Washington trabaja dando tumbos y con la vulneración reiterada del derecho internacional, resulta poco convincente que no se prodiguen más declaraciones a favor de la paz. Hemos conocido situaciones parecidas en el pasado. Desde las guerras del Golfo, pasando por intifadas y desórdenes diversos en el norte de África y Turquía, muchas alarmas se encendieron en su momento advirtiendo de los impactos de esos conflictos sobre las economías occidentales. Ahora –y por el momento– las consecuencias son limitadas, pero se irán haciendo más evidentes si la trayectoria bélica se consolida en el tiempo. Porque esta guerra, de prolongarse, va a suponer: incrementos en los precios de la energía, en el transporte, en la inflación, el retroceso de las relaciones comerciales, subidas en los tipos de interés y, en definitiva, un enorme desafío económico, a pesar de la capacidad de resiliencia de las economías occidentales.
Se ha escrito últimamente: Irán no es Venezuela. Y no lo es por su ubicación geográfica –epicentro de un avispero– y por su extensión: suma varios países europeos juntos y tiene 90 millones de habitantes, en una orografía muy complicada si se pretende, como dice Trump, una rendición incondicional tras una posible invasión terrestre del país. La garantía de una revuelta interior es, quizás, la baza que mejor convendría a los intereses de Israel y Estados Unidos; pero está por ver si eso cuaja. La capacidad de bloqueo económico en combustibles fósiles por parte de Irán es relevante. Y esta es una herramienta esencial en el conflicto. El cálculo de la Administración republicana de Estados Unidos –si es que existió, si atendemos a la catadura moral y política de Trump y de quienes le rodean– se está revelando como errática y errónea: resolver una guerra en Oriente en poco tiempo, frente a un adversario como Irán, es actuar con una prepotencia ciega, solo espoleada por el empuje hebreo en aniquilar a su enemigo principal.
En este contexto, ha emergido con fuerza la posición española, destacada positivamente por buena parte de la opinión internacional y por muchos países –Francia, Reino Unido, Italia– que hace pocos días estaban todavía en un mar de dudas. El núcleo central de la tesis del gobierno de España es tan simple como contundente e imbatible: el respeto al derecho internacional, al cumplimiento de las normas establecidas. Y la apuesta por ese “no a la guerra” y por la filosofía crucial de la paz. El factor tiempo va a ser la clave. La duración de la guerra. Que se detenga y se abran vías diplomáticas es la mejor senda. España, en tal aspecto, marca el camino.
