No tengo duda alguna sobre que lo verdaderamente importante en nuestras vidas está en lo intangible: en los afectos, en tener la oportunidad de contemplar un hermoso atardecer, en compartir una amena conversación con amigos, en disponer de la sensibilidad para disfrutar de una armoniosa melodía o en percibir los olores y colores del campo en primavera. En definitiva, en captar lo sutil, lo exquisito que nos regala la Naturaleza: la nuestra propia reconfigurada culturalmente y la que nos rodea en bruto, con su esplendor e incluso crueldad en momentos como los actuales en donde se revela ante las agresiones de las que lleva siendo objeto desde hace tiempo.

Desde los años setenta del pasado siglo, los países más avanzados que, como sucedió con España, pasaron a formar parte del club de los más ricos y poderosos, se convirtieron en sociedades hiperconsumistas, en las que lo valioso se asimiló al alto coste económico. En este mundo paradójico, a diversas velocidades en el que nos desenvolvemos, donde la mayor parte de la población sufre penalidades y el hambre se ha disparado en cifras que superan los 800 millones de personas, los que habitamos en las sociedades de la opulencia (salvo los más desfavorecidos), consumimos objetos variados, generalmente superfluos, que nos procuran satisfacción por la mera posesión.

La diferencia respecto al pasado, apuntado por Jean Baudrillard hace cuatro décadas, es que: “Hoy somos nosotros quienes los vemos nacer, cumplir su función y morir, mientras que, en todas las civilizaciones anteriores, eran los objetos, instrumentos o monumentos perennes, los que sobrevivían a las generaciones de hombres”.

Su valor se ha desvinculado de sus usos. Ya no cumplen la función de satisfacer las necesidades de sus propietarios, han adquirido una nueva significación social, que otorga estatus y afilia socialmente a los individuos en grupos diversos.

Gilles Lipovetsky define el contexto anterior en términos de sociedad de hiperconsumo, como una fase histórica en donde a través de las compras se busca coronar emociones, placer y bienestar personal. Generando una felicidad paradójica marcada por la ansiedad que conlleva la convulsiva adquisición de artículos variados, que trasciende la mera acción y se instala en una especie de mercado del alma.

La actualidad de estas ideas es constatable, basta para ello visitar algunos de los espacios destinados a las compras en un país mediterráneo como el nuestro tan propenso, por razones culturales, a los mercadillos en barrios y, desde hace varias décadas, a las tiendas factory. Dos modelos de consumo, compatibles entre sí, que segmentan a la población en función de su nivel adquisitivo.

Los mercadillos suelen ser lugares populares, aunque algunos sean de alto copete; en tan particulares escenarios es posible comprar cualquier objeto o bien de primera necesidad a precios accesibles. Desde hace varios años acudo algunos sábados a un mercadillo de un pequeño pueblo de Madrid. El ambiente es en sí mismo un espectáculo y los mercaderes son personas singulares que, a voz en cuello, atraen la atención de los compradores ofreciendo desde frutas a embutidos, panes artesanales, encurtidos, ropajes… Son la versión posmoderna de los mercados medievales, por cierto, tan de moda en España en cualquier fiesta patronal que se precie.

Además de estos mercadillos, colmados de vida, hay en algunas grandes ciudades españolas rastros, como el famoso sito en el Madrid castizo, en donde se encuentran todo tipo de cosas. No lo duden: busquen lo que busquen, allí lo encontrarán. El bullicio y la alegría son notorios y los que allí acuden, autóctonos y extranjeros, observan y compran a demanda embriagados por el ambiente y los buenos precios. Son espacios de vida, de ilusiones, de cosuchas de propietarios desconocidos que se desprendieron de sus “tesoros” por el azar de la vida o por su propio fin. Les recomiendo que dediquen una mañana de domingo a observar y dejarse imbuir por quienes allí se encuentran y las miles de historias que quieran suponer que hay detrás de cada pequeña adquisición que realicen.

Los que acuden a todos estos lugares de venta tienen como denominador común buscar la ganga, el mejor precio. Unos lo hacen con la intención de no menguar sus exiguos recursos económicos, comprando buena parte de sus artículos de primera necesidad. Además, los asiduos de los mercadillos, fundamentalmente amas de casa, se sienten integradas entre los allí presentes, cumpliendo estos espacios de encuentro una función social cohesionadora.

Otra cara del consumo de masas se presenta en las llamadas tiendas factory que, desde hace un cuarto de siglo, ofrecen al público de las “apariencias” y con posibles, ropa y complementos de marcas en espacios simulados de lujo, en los que se sienten realizados por llevar el sello visible de lo que de otra manera les resultaría inaccesible por sus importes desbocados.

Los que acuden a estos establecimientos no tienen como objetivo adquirir bienes de primera necesidad, sino presentarse ante los demás en su versión “premium”. Son lugares espaciosos, iluminados con luces frías, que denotan seriedad, percibiéndose un gran hermetismo entre el público que allí acude (español y extranjero). Nadie conoce a nadie y, a diferencia de las microsociedades que representan los mercadillos, los compradores de estas tiendas compiten por el botín de la prenda más “pintona” y de ocasión, que les permita mostrarse ante los demás con el estatus que desearían tener.

Por último, cuando no tenemos tiempo para las compras, la opción más eficiente es entrar en el planeta internet en soledad y con total anonimato, sin bullicio ni personas de carne y hueso con las que departir, y adquirir a demanda desde caprichos sinsentido hasta las más útiles mercancías para nuestro día a día. De este tema y sus implicaciones nos ocuparemos en otro artículo de este foro; vaya por delante la idea del comprador solitario satisfecho versus insatisfecho.

Difícil sustraerse de esta corriente consumista que todo lo arrastra, incluso voluntades, aunque me quedo con la belleza de una puesta de sol reflejándose, en todo su esplendor, en el Mediterráneo. ¿Y ustedes?