Claudio Feijoo González. Editorial Tecnos, 2025
Después del imprescindible El gran sueño de China Tecno-socialismo y capitalismo de Estado, en el que Claudio F. González explica el empeño del Partido Comunista Chino por hacer de la tecnología la clave para que el país vuelva a recuperar la posición central que tuvo en el mundo hasta el siglo XIX, Shanghai, la ciudad antes del mar, el segundo libro de la trilogía, es un texto más intimista, dedicado a la ciudad que considera más extraordinaria de la historia.
El autor se deja llevar por la magia de un entorno único, viaja en el tiempo y se sumerge en las calles y edificios de la concesión francesa y de la internacional que convirtieron un insignificante puerto en la desembocadura del Yangtsé en el oscuro objeto deseo de banqueros, traficantes, arquitectos, embaucadores y aventureros que soñaban con cambiar su suerte y ricos y pobres que buscaban fortuna. Le mueve la curiosidad por averiguar cómo se produce la transformación y, cómo quienes la hicieron, sucumbieron a su embrujo.
Mucho más que un ensayo sobre la sociedad china, un libro de viajes o un relato personal de los seis años que el autor codirigió el campus chino-español en la shanghainesa Universidad de Tongji, la obra encierra una investigación exhaustiva de la ciudad y de sus moradores. Desde su nacimiento “antes del mar” a su eclosión en el siglo XXI como símbolo de la China capaz de reinventarse para volver a reinar.
Lector ávido, el autor sigue los pasos de héroes y heroínas de muchos libros cuya trama se desarrolla en la urbe que fue el gran crisol de Oriente y Occidente. Disfruta continuando las pesquisas de grandes investigadores, como Tintín en El loto azul y el comisario Chen en La muerte de una heroína roja, recorriendo las dos orillas del Huangpu con El embrujo de Shanghai de Juan Marsé bajo el brazo y descubriendo, como Jim, el protagonista de El imperio del sol, la novela de J.G. Ballard que con tanto éxito llevó al cine Steven Spielberg, el lado oscuro del París asiático invadido por los japoneses.
Las descripciones del mosaico del Shanghai de entreguerras son apasionantes. Era, según F. González, un lugar único “donde el dinero y los negocios se podían casi tocar con las manos”. Esa efervescencia económica fue precisamente el imán que atrapó a millones de chinos llegados de las provincias más pobres del país, empresarios de todo Occidente, rusos blancos que huían de la revolución bolchevique, españoles que crecieron en unas Filipinas que se americanizaban a marchas forzadas y judíos que escapaban del creciente poderío nazi. Unos y otros moldeaban el corazón de la ciudad, que latía en las concesiones, y trataban de abrirse camino en sus calles, en la emergente zona industrial al norte del río Suzhou y en los extensos arrabales.
Llegado al Imperio del Centro en 2014, cuando ya China era la segunda potencia económica del mundo, el autor se rodea de chinas con las que patea la ciudad, conversa, le cuentan historias y busca entender el enigma de Shanghai, su proyección y su enorme influencia en la vida política, económica, social y cultural del país. Visitan parques y templos, pero también restaurantes en los que disfrutar de una de sus esencias culturales: la gastronomía shanghainesa, una de las cuatro grandes cocinas de China.
Casi se podría decir que el autor está atrapado en la misión que le confía su antecesora en el cargo: aprehender el espíritu de Shanghai. Ella, Carmen, le deja un primer manual iniciático: El diablo blanco, novela de Luis de Oteyza publicada en 1928. En uno de sus pocos encuentros, Carmen le asegura que “China, más incluso que otros países está gobernada por los genes de los hombres”. Tal vez por ello, F. González prefiere que sean mujeres quienes le enseñen la capital capitalista del gigante comunista, otra de las muchas contradicciones de esta alucinante ciudad, cuya exploración abre las puertas al entendimiento de la sociedad china.
La fascinación por Shanghai se respira en cada una de las líneas del libro, escrito con sencillez, con la humildad de quien se declara un observador, que se sienta con frecuencia a contemplar cómo evoluciona esa megaurbe llena de rascacielos, que se reinventa cada día y hoy es un centro tecnológico puntero del planeta. Sin duda, colgado del reto que supone plasmar en negro sobre blando su grandeza y su miseria, concluye la obra con un reconocimiento: “Siempre seremos ciudadanos de Shanghai”.
