La desigualdad social es una problemática que en mayor o menor grado ha existido siempre en las sociedades humanas. Si bien su persistencia, incluso acrecentada en la tercera década del siglo XXI, hace que la misma se convierta en una de las cuestiones sociales de mayor calado y en uno de los principales desafíos de nuestro momento actual y a futuro.

Así lo estima el Banco Mundial que, en una de sus apreciaciones manifiesta cuanto sigue: “Aunque la desigualdad se utiliza en una gran variedad de contextos, las mediciones más comunes se refieren a la distribución del ingreso al interior de la población de un país. Esta es una dimensión importante del bienestar, ya que toma en consideración las diferencias en el ingreso al interior de toda la población, a diferencia de otros indicadores de bienestar que solo se enfocan en un grupo particular” (Banco Mundial).

Según se desprende de informes del citado organismo, el panorama sobre la desigualdad en todo el mundo es heterogéneo, si bien se cuenta con un dato relativamente alentador: el nivel de vida del 40% más pobre de la población ha mejorado en términos generales. El promedio de propiedad compartida mundial (esto es, el crecimiento de los ingresos del 40% más pobre) ascendió al 2,3% entre los años 2012 y 2017. Sin embargo, la diferencia en las tasas de crecimiento entre el 40% más pobre y el promedio de la población general, resultan más bajas en las economías de ingreso bajo y más frágiles que en las de ingreso mediano.

La pandemia de la COVID-19 afectó en mayor grado a las personas más pobres del planeta, incrementando las desigualdades dentro de los países y entre los países.

En el año 2021, el ingreso medio de las personas situadas por debajo del 40% de la distribución mundial del ingreso fue un 6,7% más bajo que la situación previa a la pandemia; a diferencia de los que se situaban por debajo del 40% de la distribución mundial del ingreso, que se redujo en un 2,8%. Lo anterior dio lugar a que la desigualdad entre los países se elevara por primera vez en el transcurso de toda una generación. En el mismo año 2021 se constató que los hogares más pobres perdieron en mayor medida ingresos y empleos, que los más ricos; agravándose así la pobreza y la desigualdad.

Estos datos no dejan lugar a dudas. Según Oxfam Intermom, el 1% más rico del mundo, posee tanta riqueza como el 99% restante.

Tras esta notoria desigualdad en términos de renta, se ocultan desigualdades en el acceso a servicios sociales básicos, a recursos productivos… Todo ello entre etnias, hombre, mujeres, zonas geográficas…

Emulando el título de un libro del sociólogo Göran Therborn, “La desigualdad mata”; y de ello pocas dudas caben; por resultar multidimensional e impedir el desarrollo pleno de la persona, hasta el punto de negar una necesidad básica como la alimentación, a millones de personas.

Naciones Unidas calcula, que en el año 2022 unos 783 millones de seres humanos padecían hambre crónica; 2.400 millones inseguridad alimentaria, y de ellos, unos 900 millones se hallaban en estado de extrema necesidad[1].

El Programa Mundial de Alimentos estima que, en los 79 países donde está implantado y se dispone de datos, más de 345 millones de personas presentaron en el pasado año 2023 niveles extremos de inseguridad alimentaria. Hasta tal punto que, realizada una comida, no sabían si podrían o no efectuar la siguiente. Lo que afecta en la actualidad a unos 200 millones de personas más, en relación con la situación prepandémica de la COVID- 19[2].

A la par de todo esto, la desigualdad entre los más ricos y los más pobres se ha incrementado, habiéndose convertido en una problemática sistémica y estructural que ha impedido e impide abordar efectivamente la lucha contra la pobreza y la exclusión social. Fijémonos tan solo en el dato de que en el pasado año 2023 aumentaron la mayor parte de las 20 mayores fortunas del mundo, a resultas de las empresas tecnológicas y de la subida de las bolsas internacionales de comercio.

Según Oxfam Intermom la riqueza de los cinco hombres más adinerados se ha más que duplicado desde 2020 a 2023 (de 405 mil millones de dólares a 869 mil millones), contrastando con la riqueza acumulada del 60% más pobre (5 mil millones de personas), que ha disminuido notablemente. Además, la realidad económica revela que el valor de mercado de 7 de las 10 empresas más grandes del mundo asciende a 10.2 billones de dólares (superando el PIB combinado del conjunto de los países de África y América Latina). De tal modo que, de proseguir esta situación, en una década el mundo tendrá su primer billonario, si bien según Oxfam Intermom, hasta dentro de 229 años más no se erradicará la pobreza.

Por lo que a España se refiere, coincidiendo con la crisis económica del año 2009, el índice Gini pasó del 0,330 en 2009 al 0,342 en 2012, al 0,346 en 2025, al 0,332 en 2018, al 0,330 en el año 2021 (consecuencia de la pandemia) con una bajada al 0,315 en el pasado año 2023, como fruto de la recuperación económica de nuestro país.

El análisis comparativo del caso de España, con la zona euro, constata que nuestro nivel de desigualdad ha sido superior en los años de referencia (tratándose de una tónica histórica).

Sólo la pandemia de la COVID-19 nos igualó en igual en su año más duro (2020); observándose de nuevo en 2021 (últimos datos disponibles) un distanciamiento respecto al resto de los países. Obedeciendo esto a la desigual distribución de los ingresos procedentes del mercado, y a la debilidad de la redistribución fiscal y de las prestaciones sociales.

Dos son las principales conclusiones sobre la desigualdad en nuestro país: 1ª. Se ha producido un crecimiento de la renta media, situándonos en valores previos a las recientes crisis. 2ª. El índice Gini alcanza el nivel más bajo desde 2008, habiéndose también reducido la relación S80 S20; que indica que el 20% de la población más rica ingresa 5,5 veces más que el 20% de la parte más pobre (el punto álgido se alcanzó entre los años 2015-2017).

¿Qué hacer, pues, ante esta significativa desigualdad a nivel planetario?

Entre otras medidas, desde Naciones Unidas y otros organismos internacionales se plantea la necesidad en todo el mundo, de un cambio profundo con el objetivo de dar fin a la pobreza extrema y al hambre, así como para invertir con sentido de justicia en salud, educación, protección social y trabajo decente; particularmente entre los jóvenes, los migrantes y otros sectores vulnerables.

Dentro de los propios países ha de apostarse también por un crecimiento económico y social inclusivo, garantizando la igualdad de oportunidades y reduciendo la desigualdad de ingresos.

De aquí que compartamos las palabras de Confucio:

“Mejor que el hombre que sabe lo que es justo, es el hombre que ama lo justo”.

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[1] Véase, https://www.fao.org/publications/home/fao-flagship-publications/the-state-of-food-security-and-nutrition-in-the-world/es

[2] Véase, https://es.wfp.org/crisis-alimentaria-mundial