El pasado fin de semana Madrid ha acogido una reunión de la Internacional neofascista-populista, con la hijuela de la provocación del Presidente argentino al Gobierno de España. Esta reunión provoca varias reflexiones, empezando por la propia existencia de estos partidos de extrema derecha, siguiendo por el clima de tolerancia de España (pues en otros países no hubiera sido posible reunir a los enemigos de un régimen) y finalizando por la agresión del Presidente Milei y su repercusión en la política española.
Es habitual repetir que la democracia no es un modelo político consolidado y que siempre está en peligro de degradarse o de desaparecer. La reunión del fin de semana en Madrid lo corrobora. Que exista de facto una Internacional de partidos neofascistas y de populistas de extrema derecha y que exista además con cierta pujanza es para preocupar a todos los demócratas. Más aún cuando el partido neofascista francés de Le Pen puede ser el primer partido en las próximas elecciones europeas y lo mismo se puede decir de la extrema derecha alemana, que puede alcanzar un veinte por ciento. No sólo en Francia y en Alemania, también en Italia (donde ostenta la Presidencia del Consejo de Ministros), en Hungría, en Finlandia, en Eslovaquia y pronto en los Países Bajos. Además, en Suecia el Gobierno está apoyado por la extrema derecha y tiene relevancia en Portugal y en España, donde gobierna en coalición en varias Comunidades Autónomas y en muchos Ayuntamientos. El mismo problema en América con Presidentes como Milei o de una derecha muy similar como el de Ecuador, Noboa.
El problema que más debe preocupar es que los partidos neofascistas y populistas de extrema derecha tienen arraigo entre los electores. Milei no ha llegado a la Casa Rosada por un golpe de Estado, sino por unas elecciones libres, igual que Trump y Bolsonaro. Lo mismo puede decirse de la gran fuerza electoral de Marine Le Pen, de Georgia Meloni o del holandés Geert Wilders. Hay una realidad y es que un porcentaje elevado de los ciudadanos en los países democráticos, mucho de ellos de clase social nada acomodada, votan a la extrema derecha a sabiendas de que con ello se ponen en riesgos los avances del Estado social y los propios fundamentos de la democracia. Por eso, hay motivos de preocupación por una democracia frágil que, a veces, son los mismos ciudadanos los que la ponen en riesgo. Es cierto que todo voto es respetable porque refleja el sentir íntimo del elector, pero también es cierto que, por razones de especial complejidad sociológica y psicológica, existe el fenómeno de los enterradores de la democracia, donde los que van a ser enterrados aportan su paletada de arena a la tumba.
El problema se agrava ante las próximas elecciones al Parlamento europeo, donde el Partido Popular Europeo parece inclinado a aliarse, si lo necesita, con las derechas extremas y a liquidar lo que podía quedar de cordón sanitario con el neofascismo. ¿Veremos en las próximas semanas un Comisario europeo de extrema derecha? No es para desdeñar esta posibilidad.
Y España no está libre del problema porque el Partido Popular ha dado entrada a Vox en Comunidades Autónomas y en Ayuntamientos, con los efectos que estamos viendo para las libertades, especialmente de expresión, y para los servicios sociales.
Gusta al Partido Popular y a Vox pregonar que tenemos una democracia imperfecta (en lo que coinciden con algunos independentistas catalanes), pero la reunión neofascista de Madrid, que fue, en definitiva, una reunión contra la democracia, es un ejemplo de la fortaleza democrática de España, que aguanta con firmeza ataques de este tipo porque tiene el máximo respeto por los derechos de reunión y por la libertad de expresión. Al neofascismo se le combate políticamente, mostrando ante los ciudadanos sus riesgos y su naturaleza opuesta a la democracia.
Por eso no ha supuesto ningún riesgo para la democracia la agresión del Presidente Milei al Presidente Sánchez y a su esposa. Milei, sin embargo, ha ofendido, en primer lugar, al Estado anfitrión que le ha acogido y le ha dado el trato propio de un Jefe del Estado. En segundo lugar, ha ofendido a quien encabeza el Gobierno de España. Y, en tercer lugar, ha ofendido a los electores que votaron al partido del Presidente del Gobierno. Por eso, no se entiende las reticencias del Partido Popular en condenar con rotundidad, sin reservas, una agresión contra el Estado democrático. Vive el Partido Popular con la sombra y el aliento de Vox en la espalda que no se atreve a distanciarse radicalmente del partido neofascista español. Algunos pensarán que se trata de un caso de prudencia de Núñez Feijóo, pero otros considerarán que más bien es cobardía y pusilanimidad.
Que el Partido Popular reaccione con tibieza ante una agresión contra el Estado español tampoco debe extrañar. A lo largo de toda la legislatura del Parlamento europeo que acaba de concluir la eurodiputada popular española Dolors Montserrat se ha dedicado a desprestigiar a España con el fin de desprestigiar al Gobierno del Presidente Sánchez. El daño que ha hecho la eurodiputada Montserrat es muy elevado y no ha merecido la necesaria crítica en España. Por eso, no ha de extraña la tibieza del Partido Popular que se envuelve en la bandera bicolor para acentuar su supuesto nacionalismo, pero en realidad no le importa el desprestigio de España.
Todo ello justicia la decisión del Gobierno de desplegar una respuesta diplomática firme, máxime cuando antes de la llegada de Milei a España el Ejecutivo argentino especuló con implicar al Rey. Menudo papel el del Rey si llega a recibir, aunque fuera en privado, a Milei.
Con una visión democrática de las relaciones internacionales, la injerencia de Milei en la política interna española provoca rechazo y condena. Pero, en realidad, los neofascismos y los populismos de extrema derecha no tienen respeto por el Derecho y la practica internacional, como se ha visto recientemente en Ecuador con el asalto a la Embajada mejicana. La extrema derecha, todas las extremas derechas, no respetan ni la democracia ni el Derecho internacional y por eso no es de extrañar que Milei venga a otro país y provoque como lo haría en su país con los partidos de la oposición. Forma parte de los comportamientos de los fascismos, antiguos y modernos.
