Ser demócrata es una tarea realmente difícil. Un hábito que hay que practicar desde la convicción más profunda y, en innumerables ocasiones, es más fácil dejarse llevar por los cánticos de sirenas que resistir lo simplón y la glotonería de los discursos populistas.

Pero ser presidente de una nación también es complicado. Mucho, ahora podemos darnos cuenta de qué complejo es conciliar intereses en un mundo global teniendo como prioridad el bienestar de la ciudadanía.

Hasta para ser un dictador se requieren cualidades. No basta solo con la ambición de poder porque si se junta con la estupidez absoluta entonces es un verdadero caos, como un elefante en cacharrería o un chimpancé (perdón a nuestros primos hermanos) al frente de los mandos.

Esto es justamente lo que ocurre con Donald Trump. Ni sabe ser demócrata ni lo pretende; ni sabe ser presidente aunque se lo crea; ni es un dictador inteligente. Digamos tan solo que es un estúpido dictador.

El mundo global está pasando por distintas etapas de consternación. Desde la más absoluta incredulidad de que la primera potencia del mundo tuviera al frente a alguien mentiroso y mafioso como Trump, a la preocupación profunda de que el tablero mundial saltaba por los aires, al estupor por ver cómo se está cargando la economía estadounidense.

Gobernar no es cambiar el nombre geográfico a un Golfo, que el resto del mundo seguirá llamando “Golfo de México”; no es decir un día que pones aranceles y el otro los quitas; ni provocar una constante inseguridad jurídica y legal al comportarse como el bravucón de la clase.

De momento, su amigo Elon Musk ha perdido la friolera cantidad de 150.000 millones de dólares. Esto es lo que hay, amigos. Y las tecnológicas que apoyaron a Trump en su toma de posesión están en caída libre. ¿Seguirá esto así? ¿Hasta dónde soportará Musk perder dinero porque su amigo Trump está como un cencerro que no tiene ni idea de economía? ¿Qué piensa el partido republicano de esta mala imagen de EEUU y de la pérdida del libre mercado, una de sus señas de identidad?

No es tan fácil como decir “no compren ustedes a los chinos que lo vamos a hacer todo nosotros” ni tampoco “pongamos aranceles porque así pagarán más dinero los de fuera”. Me temo que Trump entiende de economía algo menos que yo. Y su gobierno tampoco.

Como se ha dedicado a despedir a quienes estaban al frente del imperio americano, ahora solo le queda el chimpancé.

¿Puede eso generarnos alguna tranquilidad? En absoluto. El mundo es hoy mucho más peligroso que antes de las elecciones norteamericanas. Sin duda alguna. Es más inestable, con mayor incertidumbre, con más riesgos económicos y sociales, y con la inestabilidad internacional.

Ahora bien, ¿quién tiene más boletos en esta ruleta para que las cosas le vayan mal? Todos nos resentiremos, pero EEUU saldrá peor parado. Porque no serán solo las consecuencias internas provocadas por las medidas generadas por Trump, sino también porque el mundo fuera de EEUU se está reconfigurando. EEUU puede dejar de ser la primera potencia mundial para convertirse en el socio más antipático e incómodo. ¿O piensa Trump que solo él pondrá aranceles?

La respuesta de la UE no se ha hecho esperar: “Mientras EE.UU. aplica aranceles por valor de 28.000 millones de dólares, nosotros respondemos con contramedidas por valor de 26.000 millones de euros. Esto coincide con el alcance económico de los aranceles estadounidenses”, ha explicado la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. “Empezarán el 1 de abril y entrarán plenamente en vigor el 13 de abril”.

No solamente es una guerra comercial de aranceles, sino que también es una reorganización económica-política en busca de nuevos aliados. China está muy bien posicionada por varias razones: una, es la segunda potencia mundial; dos, ha ido creando alianzas con los olvidados países del Sur, aquel G-77 que reúne a más de 133 países, y que China los lidera; tres, porque su potencial tecnológico y su prudencia diplomática pueden ser un buen socio alternativo a EEUU.

Mientras tanto, en Europa nos debatimos en una serie de contradicciones que rompen nuestros principios fundacionales:

  • ¿Necesitamos rearmarnos militarmente? Ese es el objetivo prioritario ahora mismo. Parece irresponsable quedarse desarmados frente a un mundo en conflictos. Ahora mismo, no podemos depender de un EEUU sin criterio, peligroso y cuyo armamento resulta inservible para nuestra propia defensa. Por otra parte, tampoco podemos cargarnos militarmente de forma tan excesiva que solo provoque una espiral de guerra. Un dilema que no se resuelve fácilmente.
  • La inmigración es la excusa para el auge de la ultraderecha. La UE parece dispuesta a combatirla incluso saltándose los derechos de asilo y protección. Un complejo problema del que no se habla seriamente porque cuesta votos y porque la gente solo lo ve como amenaza. Afecta a personas, con sus vidas y sus familias, pero no es fácil solucionarlo en un mundo globalizado cada vez más desigual e injusto.
  • Y, la propia democracia. Cuando caigamos en brazos de China como socio económico, ¿nos plantearemos su concepto sobre la democracia? Es evidente que la democracia como Europa la concibe solo la ejercitamos menos de un 8% en el mundo. Y ahora mismo diríamos que menos, considerando que EEUU está en franco retroceso: ninguna de las medidas firmadas por Trump resiste la limpieza democrática.

No me atrevo hoy a decir qué hay que hacer, pero sí sé que la UE tiene la oportunidad de equilibrar el desequilibro, quizás no sea fácil arreglar los estropicios ni se pueda hacer de una sola vez.

Decía Albert Einstein que la crisis es necesaria para que la humanidad avance. Lo que necesitamos es prudencia, unión en Europa, política y convicción democrática. ¿Optimismo? No, solo estoy agarrada a una tabla de salvación.

Ojalá no lleguemos a naufragar.