Según el INE, desde enero de 2019 hasta comienzos de este año se han perdido alrededor de 930.000 personas nacidas en España en edad de trabajar entre los 20 y 64 años El reemplazo de esa pérdida ha sido posible por la llegada de personas nacidas en el extranjero, que crecieron en ese mismo periodo 2’1 millones. Obvia decir que sin ellos nuestra economía estaría bastante “gripada”. Esto ha hecho que el 88% del empleo creado el pasado año fuera de trabajadores extranjeros, de doble nacionalidad o comunitarios.

La Encuesta de Población Activa (EPA) recoge una pérdida en 2024 de 350.000 empleos de nacionalidad española entre los 25 y 54 años. El envejecimiento de la población como consecuencia de las bajas tasas de natalidad que venimos arrastrando desde hace treinta años es la clave del auge de la población inmigrante y de las vacantes sin cubrir, que tanto les preocupa a los empresarios. El envejecimiento es también una causa de la menor productividad y de una menor innovación y cualificación tecnológica. Lo primero, por los efectos que el envejecimiento laboral tiene sobre la sanidad en general, las enfermedades laborales, las bajas, las necesidades de prevención, la menor movilidad. Y lo segundo poque las edades avanzadas difícilmente pueden seguir el ritmo de las innovaciones que el mercado demanda, por eso es imprescindible aumentar la formación continua y la incorporación de jóvenes al mercado de trabajo.

No hay duda de que el fuerte incremento del PIB y del aumento de la población en nuestro país está relacionado con la aportación de los inmigrantes. El trabajo de estos es un factor determinante en el crecimiento de la economía. Las personas de origen extranjero han pasado de ser el 14’6% en 2016 al 20’9 % en la actualidad. En ocho años la media se ha incrementado un 6’3%. Si esto lo trasladamos a las comunidades autónomas, la disparidad de este crecimiento es enorme: en Madrid, los no nacidos en España entre los 24 y 35 años, suponen el 42% de la población trabajadora y entre los 35 años y los 44, el 37%. En Cataluña llegan al 44% en el primero caso y al 40% en el segundo. La media de España reduce los porcentajes al 31’9% y al 28’6% es esos tramos de edades.

Llevamos ya algunos años en los que los españoles son reacios a determinados trabajos, justo aquellos que realizan, de manera mayoritaria, los inmigrantes: hostelería, agricultura, servicios del hogar, cuidados de personas, transporte, construcción… Otra característica de ellos es la alta tasa de actividad, suelen trabajar toda la familia en edad de hacerlo, y por eso superan con creces la tasa de actividad del conjunto del país que acaba de situarse en el 68%.

Si bien es cierto que, ante un parón económico o una crisis financiera, como la pasada en 2008, la tendencia de estos sectores es la de volver a su país, o dejar de venir, lo cual es un riesgo para la reactivación económica, la mayor parte de los analistas económicos y sociales ven positivo su aportación al sistema a pesar de estas incógnitas y de las dificultades de integración que algunos grupos plantean.

Las propuestas xenófobas que buscan eliminar la inmigración o convertirlos en chivos expiatorios de la mayor parte de los males, es el caso de Vox aquí, la AfD en Alemania los lepenistas franceses, hermanos de Italia, o los grupos de extrema derecha en Austria, Hungría, Países Bajos y países nórdicos, no solo son moralmente insoportables, sino que además supondrían una catástrofe para la economía y para el crecimiento demográfico de esos países y de la UE.

Somos un territorio con una población envejecida, con una economía dependiente de la fuerza laboral inmigrante. Las políticas de expulsión masivas nos llevan a una crisis inimaginable porque esta población compensa actualmente el envejecimiento europeo y aporta trabajadores jóvenes que cotizan a las cajas de pensiones. Sin ellos se colapsaría el estado del bienestar, pero no solo eso, hoy ya hay en toda la UE numerosos profesionales extranjeros, en el sector sanitario, la universidad y las nuevas tecnologías, profesionales imprescindibles para continuar con nuestra forma de vida.