La muerte del Papa Francisco, que ha concitado un gran interés político y mediático muy propio de los tiempos que corren, sugiere una reflexión sobre el porvenir inmediato del gobierno de la Iglesia católica que sigue siendo una de las religiones más importantes del mundo, engrandecida con la añadidura de las demás confesiones cristianas, lo que supone una rememorización actualizada del viejo concepto de cristiandad imperante en Occidente. Y es eso, entre otras cosas, lo que hace interesante todo aquello que pueda ocurrir en Roma en términos de doctrina y de políticas temporales a las que ninguna organización importante puede sustraerse para ir sobreviviendo en un mundo cada vez más cambiante. La Iglesia católica en sus más de dos mil años de existencia es el ejemplo más citado de esa adaptación y/o anticipación a los tiempos, sin perjuicio de haber mantenido prácticamente inalterados sus principios doctrinales y sus dogmas. Por eso, conviene echar una mirada atrás, concretamente a la última parte del siglo XIX, cuando la Iglesia perdió su poder temporal con la desaparición de los estados vaticanos como consecuencia de la unificación de Italia en 1870. Desde entonces, esa adaptación o anticipación a los tiempos resulta fácil de constatar. Me limitaré a señalar algunos papados como botón de muestra no exhaustiva  de dichas circunstancias.

El primer Papa que se enfrentó a la nueva realidad de la desaparición del poder temporal fue León XIII, justo en los años finales del siglo XIX en los que se manifestaban las consecuencias del maquinismo y de la revolución industrial en el mundo obrero. Los balbuceos doctrinales y organizativos del socialismo, acompañados del anarquismo, requerían respuestas positivas y constructivas para ordenar el nuevo tiempo que se alumbraba especialmente en los países europeos. Y fue León XIII quien en 1891 publicó su encíclica De Rerum Novarum abordando los problemas sociales y proponiendo acciones para tratarlos con justicia y reconocimiento de los derechos de los trabajadores. Por ser la primera vez, recibió numerosas críticas de diferentes sectores sociales y políticos, especialmente de los más retardatarios y de aquellos otros que rechazaban la intervención de la Iglesia Católica en esas materias; pero en contraste con tales críticas dicha encíclica puso las bases doctrinales de los movimientos social cristianos que empezaron a crecer en los principios del siglo XX y que terminaron convirtiéndose en partidos políticos importantes, sobre todo en países como Alemania, Austria e Italia después de la Primera Guerra Mundial.

En esos años de la segunda década del siglo XX surgió un nuevo actor en el orden europeo, el bolchevismo, que estimuló la primera gran crisis del liberalismo económico y político, provocando reacciones diversas en el seno de las democracias burguesas de la Europa de la época en las que convivían los partidos conservadores, algunos de raíz cristiana, con el socialismo. Y la reacción política y social más destacable fue el fascismo que, precisamente, obtuvo el poder en Italia en 1922, aprovechando el descontento creciente de amplias capas de la población. Un movimiento político que se fue extendiendo en toda Europa como alternativa de las burguesías al bolchevismo, consiguiendo el poder en Alemania en 1933.

Y fue el Papa Pio XI el que en un claro ejercicio de anticipación publicó dos encíclicas, Non abbiamo bisogno, 1931, y Mit brennender sorge, 1937, condenando el fascismo y el nazismo, en una época en que eran movimientos rampantes en términos de poder e influencia. Es verdad que los efectos de dichas manifestaciones no fueron inmediatos ni significativos, pero sí dicen mucho del instinto de conservación de la Iglesia, que consiguió su indemnidad de los males futuros.

Los papados subsiguientes afrontaron la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias en Europa con una adaptación clara a las diferentes políticas, primero de resistencia y luego de reconstrucción, con la comodidad de contar con el entendimiento entre los partidos democristianos y socialdemócratas en el seno de las grandes democracias del continente. Y ese modelo perduró hasta finales de los años 70 del siglo pasado: en 1979 llegó al poder en Inglaterra Margaret Thatcher y en 1981 obtuvo la presidencia de Estados Unidos Ronald Reagan; y en el Vaticano se proclamó Papa a Juan Pablo II en 1978. Un cardenal polaco conocedor de la situación en el bloque soviético, que estaba exhausto económicamente y duramente criticado en algunos países satélites, Polonia entre ellos.

Fue el comienzo de la llamada revolución neocapitalista, capitaneada por los dos líderes anglosajones con el apoyo expreso del Vaticano, sobre todo para horadar la crisis ya evidente de la Unión Soviética. El final de esa experiencia conjunta fue la disolución del bloque soviético en el principio de los años 90, lo que permitió a Juan Pablo II dedicar grandes esfuerzos a la política internacional del Vaticano y al reforzamiento interno de las estructuras de la Iglesia para vivir cómodamente en ese nuevo mundo político y económico hasta que los primeros años del siglo XXI alumbraron con crudeza los primero frutos de ese modelo neocapitalista devenido en puro capitalismo financiero.

El Papa Francisco se encontró a su llegada en marzo de 2013 con un mundo muy diferente al que vivió su predecesor y parecía casi obligado que la Iglesia debía adaptarse a las nuevas circunstancias de degradación social, rupturismo con las políticas imperantes y decadencia de las democracias. Y el nuevo Papa optó por lo más cercano a su experiencia, venía de Argentina un país azotado por una crisis social perenne, y se erigió en el gran defensor de las periferias sociales en las que, a su juicio, debía situarse el principal interés de la Iglesia, manteniendo inalterados, como era lógico, los principios doctrinales y dogmas de la misma. Y ese ha sido el devenir de su papado, ni más ni menos.

Su desaparición coincide con otro momento de cambio que recuerda al de finales de los años 70, que tiene en común con aquel una nueva reacción del capitalismo, esta vez no unitaria, a los problemas derivados de la globalización un tanto desordenada y a la emergencia de grandes potencias más allá de las fronteras de Occidente. Y digo reacción no unitaria, porque, al contrario que en los años 78/80, la nueva Administración Republicana de los Estados Unidos pretende abrogar con rapidez determinadas políticas que han definido el modelo capitalista de los últimos 25 años y en cambio la Unión Europea, también aquejada de problemas internos, ha adoptado, de momento, una actitud más conservadora y defensiva.

Veremos cómo afronta el nuevo papado esa ola de cambio en el mundo en la que un Occidente, aparentemente dividido, carece de vigor suficiente para ordenar muchos de los estragos sociales existentes y asimilar el papel significativo de las nuevas potencias. En cualquier caso, más allá de dogmas y doctrinas, lo que apunte la Iglesia, que es Universal, será de mucho interés para todos.