“La paz es como una rosa en primavera/ es como la luna llena/ es como la brisa del mar/es como la armonía/ es como una fiesta/ es como mi corazón cuando está feliz/ es como una mariposa con sus colores alegres/ la paz para mí es tranquilidad, alegría y felicidad”… la paz, la paz, siempre la paz. Estas breves líneas las escribió mi hija en su colegio poco después de los atentados del 11 de marzo de 2004, en los que murieron 192 personas y alrededor de 2000 fueron heridas. Cuando escribió esto tenía 6 años y conciencia suficiente para apreciar el valor de la paz. Una paz vulnerada y puesta en riesgo, una paz agredida, que tuvo un eco real, bronco y cruel, también en su pequeño mundo. Una de las compañeras de clase de mi hija padeció de cerca el dolor de ver a su prima preferida gravemente herida en uno de los convoyes, una joven de 18 años que perdió un ojo y su rostro y su cuerpo quedaron gravemente afectados, con secuelas para el resto de su vida. En el aula de al lado, otra familia sufrió la pérdida de un ser querido. En la ciudad de Madrid era frecuente conocer a alguien tocado por la mano del infortunio en aquel brutal atentado. En las aulas se trabajó mucho aquello con los escolares, porque la herida fue honda y afectó al cuerpo social de los comunes, que es quien padece las consecuencias atroces de las guerras. En los trenes de Atocha se desangró la esperanza de muchas familias y sus vidas se vistieron para siempre con el traje gris de la tristeza. Han pasado 22 años. No olvidamos.

La tragedia de aquellos atentados fue consecuencia directa de una guerra ilegal de agresión de Estados Unidos sobre Irak. Una guerra que el Gobierno de entonces, con una mayoría absoluta del Partido Popular y con Aznar como presidente, decidió apoyar desoyendo a la mayoría social de la población española, que salía a las calles a decir No a la guerra un día sí y otro también. La imagen de Aznar, cómodamente sentado junto a Bush y Blair, con los pies encima de la una mesa y riendo ante la declaración de una guerra ilegal, ha pasado a la historia visual de España, como lo que es: la escenificación del grotesco ejercicio de sumisión de un lacayo invitado al salón del emperador para aplaudir actos asesinos.

Lo grave de todo aquello es que la derecha española no ha aprendido nada. Ayer mismo, 11 de marzo de 2026, Jaime Mayor Oreja resucitó el bulo del 11M arropado por Aznar y Ayuso, que le acompañaban en la presentación de su libro. Un Aznar que continua sin pedir perdón por haber metido a España en aquella guerra ilegal a la que se fue con la premisa de una falsedad y que la sociedad española pagó tan cara.

Conciencia común de la humanidad

Hoy el Gobierno de coalición progresista, con su presidente Pedro Sánchez a la cabeza, está representando “la conciencia común de la humanidad”, tal como afirmó una presentadora turca de un canal de noticias de TV. El No a la guerra que mantiene España sitúa a nuestro país en el lado correcto de la historia, enarbolando la bandera de la Paz como un valor de resistencia frente a una manera de ver las relaciones humanas y entre los países regidas por la ley del más fuerte. No se puede permitir que la humanidad regrese a las cavernas de los palos y las piedras. Hay que oponer todas las resistencias posibles. Y España lo está haciendo.

Este Gobierno no se resigna, ni se arruga frente a las amenazas de Trump y de la ultraderecha española pepevoxiana, que lo secunda. Este Gobierno no comulga con vanas políticas de apaciguamiento seguidas por algunos líderes europeos (que en otros momentos de la historia ya se mostraron inútiles contra el fascismo), ni asume vergonzosas declaraciones de asunción de no sé qué realpolitik a lo von der Leyen y continúa levantando la voz en favor del respeto al derecho internacional y a las normas de la democracia.

Mi país sigue pidiendo con orgullo la paz y la palabra, sirviendo así de faro positivo de esperanza.