La pandemia ha cambiado muchas cosas en los modos de vida, en las relaciones sociales, en las formas de trabajar, en la percepciĂłn de lo pĂşblico… La polĂtica tambiĂŠn debe cambiar.
El virus nos ha arrojado a un agujero profundo de salud deteriorada, de economĂa hundida, de empleos perdidos, de precarizaciĂłn social… Y la primera condiciĂłn para salir del agujero es recuperar la confianza.
Necesitamos recuperar la confianza en nosotros mismos, como sociedad fuerte y desarrollada, como economĂa sĂłlida y resiliente, como democracia asentada y de calidad. Sin confianza no hay esperanza, ni recuperaciĂłn, ni salida del tĂşnel.
Pero recuperar la confianza es misiĂłn de todos. No solo de quienes gobiernan. La confianza es incompatible con los discursos catastrofistas, pesimistas, desesperanzadores.
Los representantes polĂticos de la sociedad espaĂąola tenemos el derecho y el deber de plantear alternativas, de disentir, de practicar el control riguroso, de criticar…
Pero no tenemos derecho a dibujar cada dĂa un horizonte negro en beneficio propio. No hay derecho a negar la confianza y la esperanza a la sociedad espaĂąola.
La polĂtica y el partidismo no son lo mismo. Lo hemos dicho muchas veces. La distinciĂłn tiene ahora mĂĄs sentido que nunca. La polĂtica busca el interĂŠs general desde perspectivas distintas. El partidismo solo busca el interĂŠs propio.
Siempre hubo un espacio y un tiempo para la polĂtica y para el partidismo legĂtimo. Hasta ahora primĂł lo segundo sobre lo primero. Es hora de invertir las proporciones. MĂĄs polĂtica, menos partidismo. Es lo que toca.
Algunos temas centrales para recuperar la confianza deben quedar al margen de la controversia partidista. Es necesario.
El refuerzo de los sistemas pĂşblicos de salud y los planes de vacunaciĂłn deben compartirse, sin recelos, sin diatribas, sin conflictos. Es preciso que toda la poblaciĂłn confĂe en el comienzo del fin de la pesadilla.
La distribuciĂłn de fondos europeos para reconstruir la economĂa, para modernizar nuestro aparato productivo, para crear buenos empleos, para proteger a los mĂĄs vulnerables, tienen que ser mĂĄs objeto de consenso que de disenso.
El funcionamiento de nuestras instituciones, las reglas del juego de nuestra democracia, han de situarse fuera del cuadrilĂĄtero diario. La legitimidad del Gobierno legĂtimo, la renovaciĂłn de las instituciones caducadas, el papel simbĂłlico y unificador de la Jefatura del Estado, no pueden ser objeto permanente de cuestionamiento.
Al Gobierno se le controla y se le critica. Las instituciones se renuevan con criterios exigentes de transparencia, mĂŠrito y autonomĂa. Al rey emĂŠrito se le investiga y se le juzga con todas las de la ley. Desde luego. Pero sin legitimidad en las instituciones de nuestra democracia no hay confianza, y sin confianza no salimos de ĂŠsta.
La polĂtica exterior requiere de posiciones de Estado. No hay una polĂtica socialista y una polĂtica popular para la defensa de los intereses de EspaĂąa en Europa y en el mundo. Las divergencias internas en polĂtica exterior son garantĂa de fracaso en negociaciones en las que nos jugamos mucho.
MĂĄs cosas. Las Administraciones gestionan y colaboran. Los partidos debaten y confrontan cuando es necesario. No cabe utilizar las Administraciones para la confrontaciĂłn polĂtica. Es ineficiente. Y es desleal.
En la polĂtica espaĂąola los desacuerdos son la regla y los acuerdos son la excepciĂłn. Es lo mĂĄs fĂĄcil. Excitar a la parroquia propia, afianzarse en las ideas vĂrgenes de uno, y negarse siquiera a contaminarse en el diĂĄlogo con el otro. Esto tambiĂŠn debe cambiar.
La democracia es compleja. Las responsabilidades de los polĂticos son importantes, y hay que abandonar las zonas de confort. Remangarse, hablar, convencer, ser convencidos, entenderse y acordar.
ÂżTiene coste? SĂ. Pero no hacerlo tiene un coste colectivo mucho mayor.
Y hay que bajar el diapasĂłn de la discusiĂłn polĂtica. ApuntĂŠmoslo todos. Yo tambiĂŠn.
Abusamos mucho de la exageraciĂłn, de la demagogia, del zasca, del golpe fĂĄcil, para buscar el aplauso de la clack, en nuestro tendido parlamentario o en las redes sociales.
Reprimamos esas tentaciones. La confianza exige un mĂnimo de empatĂa, de reconocimiento del otro, de respeto, de cortesĂa si se quiere.
ÂżPropĂłsitos buenos y volĂĄtiles para el aĂąo nuevo? Esta vez no. Muchos tememos que nos va la supervivencia en ello.
