Hay asignaturas que envejecen con dignidad y otras que, sencillamente, se ven obligadas a reinventarse cada curso. La historia del tiempo presente pertenece a esta segunda categoría. En apenas 365 días, el mundo no solo cambia: se reconfigura. Si ha habido épocas en las que la historia avanzaba con paso firme, casi previsible, la época actual es justo lo contrario: irrumpe con fuerza y nos obliga a repensarlo todo. Este año, el foco inevitable de la geopolítica actual es Europa y su posición en un orden internacional que ya no puede describirse con las categorías del pasado.
Una nueva era que se caracteriza por la influencia de la extrema derecha en las grandes potencias y que amenaza tanto la identidad como la propia existencia de la Unión Europea como federación ilustrada de países. Este nuevo orden global no se parece al que Europa ayudó a construir tras 1945. Las grandes potencias ya no compiten solo por influencia, sino por redefinir las reglas del juego. Y lo hacen desde posiciones que mezclan autocracia, autoritarismo y una ultraderecha sin complejos.
En Estados Unidos, el fenómeno político encarnado por Trump no es una anomalía pasajera, sino el síntoma de una mutación más profunda: una democracia que coquetea con sus propios límites. En Rusia, Putin ha perfeccionado un modelo en el que el poder no se alterna, se consolida. China, desde otra lógica, avanza hacia un control cada vez más centralizado, donde el poder político y el tecnológico se funden en una misma arquitectura. Y en medio, como una pieza incómoda en el tablero, aparece Israel: potencia regional, actor expansionista y epicentro de una dinámica constante de agresión y disputa por el territorio, los recursos y, en la actualidad, también por el ámbito virtual.
La Unión Europea se encuentra atrapada en una transición incómoda: de un mundo que creía gobernado por normas a otro en el que una internacional coordinada busca desmantelar el orden liberal democrático. Un choque que no puede ignorar porque afecta a lo más profundo de su esencia.
Impacta nuestro modelo, un sistema internacional de derecho y de reglas que nunca ha estado tan suspendido. También el orden económico, por nuestra dependencia tanto de China como de Estados Unidos. En el orden interno, nos enfrenta a amenazas territoriales propias de épocas imperiales, que en nuestro caso se concentran en dos focos: Ucrania y Groenlandia. Y, por último, afecta al orden moral, como evidencian el genocidio en Gaza y la preocupante evolución de la operación en el sur del Líbano, porque nos obliga a decidir hasta dónde somos capaces de tolerar la perpetración de un genocidio.
A estas presiones externas se suma un desafío interno decisivo: el ascenso de la extrema derecha en varios países europeos, con casos como Hungría o Italia, que reflejan una tendencia preocupante, aunque todavía reversible. Y es que el mayor riesgo sistémico para la Unión es que la democracia cristiana haya cambiado el cordón sanitario por el pacto reaccionario. Al estilo de von Papen y von Hindenburg, han asumido que pueden ceder el poder a la extrema derecha para controlarla posteriormente, a pesar de que la experiencia histórica haya demostrado que se trata de una ilusión peligrosa.
Pero existen alternativas. Mientras se destruyen y debilitan las normas medioambientales del Pacto Verde Europeo, España mantiene una apuesta clara por las energías renovables. Mientras las fuerzas conservadoras europeas pactan políticas migratorias que nos acercan al modelo de Trump y del ICE, España opta por estrategias de regularización e integración de la población migrante. Mientras los líderes europeos asumen como una disciplina impuesta la necesidad de elevar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB, España defiende un enfoque distinto, orientado a reforzar capacidades comunes y avanzar hacia la idea de un ejército europeo. Y mientras algunas potencias europeas muestran ambigüedad o divisiones a la hora de posicionarse ante los conflictos internacionales, España mantiene una posición clara en defensa del multilateralismo y los derechos humanos.
Entre Washington, Moscú y Pekín, entre algoritmos y misiles, entre aranceles y guerras, Europa sigue ocupando un espacio singular. No es el más poderoso, pero quizá sí el más necesario. Somos el principal bastión de resistencia frente a los intentos de erosión del orden liberal democrático, que contrapone los sistemas basados en libertades a los regímenes autoritarios carentes de derechos y, en consecuencia, de igualdad y seguridad.
Un espacio donde la historia aún no está del todo escrita y donde todavía podemos decidir si defendemos el orden basado en reglas o si sucumbimos a los nuevos actores imperiales. Y eso, en los tiempos que corren, no es una debilidad, sino una oportunidad. España y su presidente son un buen ejemplo de ello.

