La imagen que proyectan Trump y su entorno en cuanto a sus políticas suele definirse como de fuerza. Esa es la idea que quieren transmitir: intensidad e intransigencia. Control absoluto, fundamentado en bulos y mentiras. El matonismo discursivo de Trump, trufado de amenazas constantes y de comportamientos cesaristas, ha trasladado a la opinión pública la visión de un líder pétreo, sin escrúpulos. Sin la más mínima ética. Pero los problemas de la administración Trump tienen una base que es la que puede distorsionar por completo el proyecto imperial del magnate. Y esa base no es otra que la economía: los serios problemas de la economía estadounidense y la pérdida de su capacidad de liderazgo. Aportamos dos argumentos.

En un reciente artículo en The New York Times, Thomas L. Friedman remarcaba la enorme ignorancia de Trump sobre el funcionamiento de la economía. La posición del columnista entronca con el libro The Origin of Wealth (Harvard Business School, 2008) del economista de Oxford Erik Beinhocker. Para este experto, la creación de riqueza es producto de una fórmula evolutiva simple pero poderosa: diferenciar, seleccionar y amplificar. La economía es un sistema complejo en el que las tecnologías físicas, las sociales y los diseños comerciales interactúan continuamente para crear productos novedosos, nuevas ideas y una riqueza creciente. Beinhocker se fundamenta en la historia económica en el largo plazo y explora cómo la “economía de la complejidad” proporciona ideas provocativas sobre temas que van desde la creación de organizaciones adaptativas hasta el funcionamiento de los mercados de valores y nuevas perspectivas sobre las políticas gubernamentales. Y nos habla de “ecosistemas económicos”: del automóvil, de la microelectrónica, de la farmacología, de la fabricación de chips. Un planteamiento que descansa en la colaboración, en la confianza: una cooperación que anuda personas, productos, capitales e ideas de un país a otro. No ha lugar a severos aranceles, ni a segmentación radical de los mercados. La eliminación de esa confianza erosiona esos llamados ecosistemas: se avanza a una recesión. Y eso es una debilidad para la economía estadounidense, alimentada además por declaraciones estrambóticas de Trump: la proximidad de una Tercera Guerra Mundial.

Un segundo argumento se añade a esa debilidad: la evolución de la deuda de Estados Unidos. Federico Fubini, editorialista económico de Il Corriere della Sera, redunda en un aspecto sobre el que uno incide en las clases de historia económica: la dependencia de Estados Unidos de los tenedores extranjeros de su deuda. Datos: necesita tener compradores, cada año, para unos 2.000 billones de dólares; colocación de esa deuda en los mercados para no tener que aumentar los tipos de interés. Todo en un contexto de rebajas de impuestos, de caída de ingresos fiscales. Las amenazas arancelarias tratan de amedrentar sobre todo a Europa, para que ésta compre sus títulos de deuda –a cambio de una reducción de los aranceles, por ejemplo–. Relevante: el déficit público de Estados Unidos, según la Reserva Federal (véase: https://fred.stlouisfed.org/series/FYFSD) es de más del 6%, y la deuda de casi el 121% sobre PIB. Y, como siempre recordamos en las clases –y subraya Fubini–: China tiene un poder enorme sobre esa deuda, 800 mil millones de dólares. ¿Seguirá el capitalismo chino financiando una parte sustancial del déficit norteamericano, ante las amenazas de su presidente?

A estas dos debilidades cabe sumar la idea que tienen los asesores económicos de Trump: conseguir una devaluación del dólar para incrementar las exportaciones y reducir las importaciones (aunque por el momento se está produciendo el proceso contrario). El núcleo central de la espada de Damocles de la economía norteamericana está en su imperiosa necesidad de disponer del ahorro extranjero para mantener su elevado nivel de vida. Es decir, financiar sus déficits. Los movimientos amenazantes de Trump pueden significar, según Fubini, una prueba del declive de Estados Unidos en el ámbito de sus finanzas, dependientes en buena parte de tenedores externos –a parte de China, Japón tienen importantes paquetes de deuda estadounidense–. A corto plazo todo parece ir sobre ruedas al magnate. A medio y largo, no es descabellado que descarrile.